Artículo y ensayo

La clase media que ya no espera nada del Estado

En un país donde la inflación devora el sueldo y la deuda se acumula como un mueble viejo, la clase media argentina aprende a vivir sin pedirle nada a nadie. Entre la cocina y la pantalla, la política se vuelve ruido de fondo.

La clase media que ya no espera nada del Estado

La clase media que ya no espera nada del Estado

En un departamento de dos ambientes en Caballito, Mariana mira el recibo de la tarjeta de crédito como quien mira el parte médico de un familiar. No hay sorpresa. La deuda está ahí desde hace meses, como un mueble que nadie se anima a tirar. Afuera, el presidente habla de mérito y sacrificio. Adentro, ella calcula cuánto puede estirar el pollo para toda la semana.

La clase media argentina ya no espera nada del Estado. No es que haya dejado de creer, es que dejó de esperar. La política se volvió un espectáculo que se mira desde la vereda de enfrente, como un accidente del que uno prefiere alejarse. Las promesas de campaña duran menos que el pan de ayer. Y la moral del esfuerzo, ese viejo mito fundacional, se deshace en cada compra del supermercado.

La cocina como trinchera

La cocina es el último territorio donde el Estado todavía se siente. Pero no como presencia, sino como ausencia. El gas sube, la luz sube, el agua sube. Todo sube menos el sueldo, que se estira como un chicle. Ahí, entre la olla y la factura, la clase media renegocia su identidad todos los días. Ya no es lo que compra, sino lo que deja de comprar. No es lo que sueña, sino lo que resigna.

La familia, ese núcleo duro de la cultura argentina, se convierte en un equipo de supervivencia. Los padres trabajan más horas, los hijos estudian con pantallas que se rompen, y el tiempo juntos se mide en fragmentos. Las redes sociales llenan el vacío con una falsa intimidad. Se comparte la cena, pero no la angustia. Se sube una foto feliz, pero no la cuenta bancaria.

La educación que ya no es un ascensor

Antes, la escuela prometía un futuro mejor. Ahora, los chicos aprenden a programar antes que a leer un balance. La inteligencia artificial entra por las ventanas digitales mientras la educación pública se cae a pedazos. El mérito, esa palabra que repiten los discursos oficiales, suena a burla cuando el único mérito real es haber nacido en una casa con internet.

Los jóvenes argentinos crecen en un país donde la verdad se negocia a cada rato. Hay una verdad para la familia, otra para los amigos, otra para las redes. La manipulación no es un recurso del poder, es un hábito cotidiano. Se miente en el currículum, se miente en el precio de las cosas, se miente cuando alguien pregunta cómo estás. La honestidad se volvió un lujo que pocos pueden pagar.

La soledad de las pantallas

La polarización política no es un problema de ideas, es un problema de soledad. La gente se refugia en su bando como quien se refugia en una trinchera. No hay diálogo posible porque no hay confianza. El otro no es un adversario, es un enemigo. Y en esa guerra de comentarios, la clase media se queda sin voz. Prefiere callar antes que exponerse. Prefiere mirar Netflix antes que discutir en la cena.

Las redes sociales amplifican todo, la bronca, la alegría, el miedo. Pero también vacían. Se llena la pantalla de imágenes y se vacía la casa de palabras. La soledad se vuelve un dato más, como la inflación o el dólar. Se mide, se compara, pero no se resuelve.

El trabajo que ya no da dignidad

Trabajar ya no es sinónimo de dignidad. Es una obligación que no garantiza nada. Un empleado de comercio gana lo mismo que un profesional, y un profesional trabaja de lo que sea. La identidad laboral se desdibuja. Ya no se es lo que se hace, sino lo que se puede mostrar. Y se muestra poco, porque mostrar la fragilidad es peligroso en un país donde nadie te perdona la caída.

La cultura del consumo, que durante años fue el motor de la clase media, se convierte en una trampa. Se compra para sentirse vivo, para llenar un vacío que el consumo no tapa. La deuda es el precio de esa ficción. Y la inflación, el recordatorio de que la ficción dura poco.

La memoria que no alcanza

Los argentinos tenemos una relación extraña con la memoria. Recordamos todo, pero aprendemos poco. La historia se repite como un ciclo que nadie corta. Cada crisis es igual a la anterior, pero con otro nombre. Y la clase media, esa clase que siempre creyó que podía salvarse sola, descubre que la soledad no salva a nadie.

En el fondo, lo que queda es la pregunta sobre la identidad. ¿Quiénes somos si no tenemos un Estado que nos contenga? ¿Quiénes somos si el trabajo no nos define, si la educación no nos promete nada, si la familia se desarma en la rutina? La respuesta es incómoda. Somos lo que nos queda después de perder todo lo que creíamos seguro.

Y sin embargo, seguimos. La clase media argentina es experta en seguir. Se levanta, paga la deuda, cocina el pollo, mira el celular, discute con el vecino, apaga la tele. No espera nada, pero sigue. No cree en nada, pero se mueve. No confía en nadie, pero se cuida. Esa resistencia silenciosa, casi animal, es lo único que queda cuando el relato se rompe.

La política, los medios, la tecnología, todo es ruido. Lo real está en la cocina, en la cuenta bancaria, en el silencio de la noche. Allí, la clase media argentina se reencuentra consigo misma. Sin promesas, sin esperanzas, sin Estado. Solo el pulso de la vida que insiste en seguir.

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