La deuda que se hereda en el desayuno
El martes a la mañana, en una cocina de Flores, un hombre de unos cincuenta años le da vueltas a un sachet de leche casi vacío. Quiere sacar hasta la última gota. Su hijo, de veintidós, mira la escena mientras desliza el dedo por la pantalla del teléfono. No discuten. Hay un silencio pactado, una tregua doméstica que es más elocuente que cualquier reproche. El padre piensa en la deuda que contrajo para pagar la facultad de ese mismo hijo que ahora busca trabajo en LinkedIn. El hijo piensa en la deuda que no contrajo, pero que siente como una losa: la de un país que le ofrece, como máximo horizonte, la fuga.
La clase media argentina aprendió a vivir en la paradoja. Cría hijos con educación universitaria para exportarlos, invierte en un relato de mérito y esfuerzo que el mercado local se encarga de desmentir todos los meses. La inflación no es solo un número, es un mecanismo de desmemoria. Borra los planes a seis meses, reduce la ambición a la próxima compra en el supermercado, convierte la dignidad en un cálculo de pesos y centavos. En ese paisaje, el trabajo perdió su épica. Ya no construye un futuro, apenas sostiene un presente que se hace más angosto.
El relato y la grieta en el living
Los medios, por supuesto, tienen su propio diagnóstico. Un canal habla de falta de inversión, otro de gasto descontrolado, un diario digital promete la receta infalible en diez puntos. Cada uno ofrece su verdad empaquetada, lista para consumir y repetir en la mesa familiar. La polarización no es solo política, es un hábito mental. Se elige un bando como se elige una marca de galletitas, por lealtad o por costumbre, aunque el sabor ya no convenza.
En medio del ruido, la familia intenta ser un bunker. Pero el bunker tiene goteras. La inseguridad no es solo la sombra en la esquina, es también la incertidumbre de que el esfuerzo de toda una vida pueda esfumarse en un mal turno de la economía. Entonces se habla de otras cosas. Del último capítulo de la serie, del partido, del algoritmo de Instagram que ayer mostró un viaje a Bariloche y hoy una noticia sobre un nuevo impuesto. Las redes sociales son ese espacio donde la soledad se disfraza de conexión, donde la identidad se construye con los retazos que deja el consumo.
La inteligencia artificial y la memoria humana
Mientras tanto, la tecnología avanza con una indiferencia elegante. Hablamos de inteligencia artificial como si fuera un dios lejano, pero la usamos para traducir un correo o generar un currículum que suene más convincente. Es una herramienta poderosa en manos de una sociedad exhausta. Nos promete eficiencia en un entorno que celebra la supervivencia. Y en esa carrera, la memoria se vuelve un lujo. ¿Para qué recordar las crisis anteriores si esta parece definitiva? El Estado, ese actor que alguna vez tuvo la potestad de organizar el relato colectivo, ahora es un fantasma que se aparece en una factura de servicios o en un formulario online incomprensible.
Los jóvenes, esos que heredaron la deuda y el WhatsApp lleno de cadenas apocalípticas, desarrollan un escepticismo precoz. No creen en la política, desconfían de los medios, ironizan sobre el mérito. Su moral no se forjó en la iglesia ni en el partido, sino en la observación cotidiana de cómo los principios se doblegan frente a la necesidad. Su cultura es un collage de referencias globales y frustraciones locales. Consumen series coreanas y sueñan con irse a España o a Australia, cualquier lugar donde el esfuerzo tenga una correlación con el resultado.
La manipulación ya no necesita ser burda. Se esconde en el algoritmo que prioriza la indignación, en el crédito que ofrece comprar hoy lo que el salario de mañana no podrá pagar, en el discurso que convierte al vecino en un enemigo ideológico. La verdad se volvió líquida, se adapta al recipiente que la contiene. En el grupo familiar de WhatsApp conviven, sin estallar, el meme anarquista y la foto de la nieta con un mensaje de fe.
Al final del día, en esa misma cocina de Flores, el padre guarda el sachet vacío en el cesto de reciclaje. Es un acto casi automático. El hijo cierra la laptop después de enviar otro currículum a una empresa de Berlín. No se dicen nada. No hace falta. Comparten el mismo aire, la misma deuda invisible, la misma pregunta que flota sobre la mesa limpia: qué queda cuando el futuro se posterga tanto que deja de ser una promesa para convertirse en una nostalgia por algo que nunca llegó. Allí, en ese espacio íntimo, se juega la geopolítica más concreta: la de un país que se despuebla de sueños, un hogar a la vez.
