Artículo y ensayo

La educación que no se ve

Entre la inflación que no da tregua y las pantallas que todo lo explican, la clase media argentina descubre que la verdadera crisis educativa no está en las aulas sino en la forma en que dejamos de enseñarnos a pensar.

La educación que no se ve

La educación que no se ve

En la fila del supermercado una madre le explica a su hija por qué no puede comprar las galletitas que quiere. La nena tiene seis años y mira el paquete como si fuera una reliquia. La madre no dice inflación, no dice crisis, no dice deuda. Dice "no alcanza" y la nena asiente. Aprende. No es una lección de economía, es una clase de dignidad.

Argentina tiene un problema con la educación que no se mide en las pruebas PISA. No es el ausentismo docente ni los paros. Es otra cosa. Es la dificultad para explicar lo que pasa sin recurrir al relato, sin caer en la manipulación de los medios o en la polarización que todo lo simplifica. En las escuelas se enseña matemática, lengua, historia. Pero afuera, en la calle, en las redes sociales, en la mesa familiar, se aprende a desconfiar.

La clase media, ese animal mitológico que siempre estuvo en el medio de todo, ahora no sabe bien dónde pararse. La inflación le come el sueldo, la inseguridad le come la paciencia, la tecnología le come la atención. Y en ese vértigo, la educación formal queda como un lujo que no siempre se puede pagar. No hablo de las cuotas del colegio privado. Hablo de otra cosa. Del tiempo para sentarse con un hijo a leer un libro, de la energía para discutir una idea sin que termine en griterío, de la posibilidad de pensar antes de compartir un video que confirma lo que ya queríamos creer.

Hace unos días vi a un pibe de quince años explicarle a su abuelo cómo funciona la inteligencia artificial. El abuelo escuchaba con atención, como quien recibe una noticia de otro planeta. El pibe hablaba con la seguridad de quien cree que la tecnología lo va a salvar de todo. El abuelo, que vivió la dictadura, el hiperinflación, el corralito, sonreía con ironía. Sabía que ninguna inteligencia artificial puede explicar por qué un país se cae tantas veces sin terminar de romperse del todo.

Esa escena es la Argentina. Un país donde la memoria y la juventud se miran de reojo, sin entenderse del todo. Donde el mérito individual choca contra un Estado que promete pero no cumple. Donde la moral familiar se debate entre lo que se dice en la mesa y lo que se postea en las redes. Donde la soledad no es estar solo, sino estar conectado a todo sin poder hablar de nada.

Las redes sociales, ese monstruo que nos prometió conectarnos, nos entregaron la polarización como único idioma. No hay matices. No hay dudas. Todo es relato. La verdad se volvió un objeto de deseo inalcanzable, algo que se muestra pero no se toca. Y en ese ruido, la educación se reduce a un acto de resistencia: enseñar a dudar, a preguntar, a no tragarse cualquier cosa.

Pero la escuela no da abasto. No puede competir con el algoritmo. Un profesor explica la Guerra de Malvinas y los pibes ya vieron tres versiones distintas en TikTok. Una maestra habla de la Constitución y en la casa los padres discuten si existe o no la justicia. La educación formal se queda corta. No porque los docentes no se esfuercen, sino porque el mundo cambió más rápido que el sistema.

Hay una crisis de autoridad que no es política sino cultural. Los pibes ya no tienen referentes claros. Los padres trabajan hasta tarde, la tele ya no es la que educa, las redes sociales imponen sus propias reglas. Y en ese vacío, cualquiera puede ser influencer, cualquiera puede decir cualquier cosa, cualquiera puede vender un curso de cómo hacerse rico sin trabajar. El consumo se convierte en identidad. Lo que tenés define lo que sos. Y el mérito se confunde con la suerte, con la herencia, con la viveza criolla.

La familia, ese núcleo que alguna vez fue refugio, hoy es campo de batalla. No por falta de amor, sino por falta de tiempo. La inflación obliga a trabajar más, a estar menos. La tecnología invade la cena, el fin de semana, las vacaciones. La intimidad se negocia con el celular. Y en esa pelea cotidiana, la educación se vuelve un lujo que no siempre se puede pagar. No hablo de dinero. Hablo de atención.

El otro día escuché a una madre decir que no podía ayudar a su hijo con la tarea porque no entendía el nuevo método de matemática. No era un problema de capacidad. Era un problema de lenguaje. La escuela habla un idioma que los padres no manejan, y los padres hablan otro que los hijos no quieren escuchar. La brecha no es generacional, es cultural. Y en el medio, el pibe aprende que la educación es un trámite, algo que hay que pasar para llegar a otra cosa.

Pero la educación no es un trámite. Es lo único que puede romper el ciclo de la crisis. No la educación formal, esa que se mide en títulos y rankings, sino la otra. La que enseña a leer un diario sin creer todo lo que dice. La que enseña a discutir sin insultar. La que enseña que la dignidad no se compra ni se vende. La que enseña que la memoria no es un adorno.

En la Argentina de la inflación y las redes, de la polarización y el relato, la educación que no se ve es la única que puede salvarnos. Pero no es fácil. No es rápida. No tiene algoritmo. Se hace todos los días, en cada charla, en cada pregunta, en cada silencio. Se hace en la mesa, en el auto, en la cama antes de dormir. Se hace cuando un padre le dice a su hijo "no sé" en vez de inventar una respuesta. Se hace cuando un maestro se anima a decir "me equivoqué". Se hace cuando un pibe descubre que pensar duele, pero que no pensar duele más.

Esa educación no se ve en los números. No aparece en las estadísticas. No la mide nadie. Pero es la que define si un país tiene futuro o solo repite el pasado. Y en la Argentina, donde el pasado pesa como una losa, la educación invisible es la única esperanza que nos queda.

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