El peso de lo que no se dice
La semana pasada, en una verdulería de Caballito, escuché a una mujer discutir con el dueño. No era por el precio del tomate, que ya duele, sino por la calidad. "Antes esto no pasaba", dijo ella, y el tipo, sin levantar la cabeza, respondió: "Antes no había 90 por ciento de inflación". La conversación terminó ahí. No hubo acuerdo ni desacuerdo, solo el ruido de la caja registradora y el silencio de los que esperaban. Ese silencio, pienso ahora, es el que define a la clase media argentina en este tiempo: un silencio que no es resignación, sino una pausa forzada, una cuenta que no cierra.
La crisis, claro, no es nueva. Pero hay algo distinto en este ciclo. No es solo que el dinero alcance menos, es que las palabras también parecen devaluarse. En las redes sociales, la polarización convierte cualquier discusión en una trinchera. En los medios, el relato se fragmenta en versiones que compiten por la atención, no por la verdad. Y en las casas, la familia se reúne alrededor de la mesa, pero cada uno mira su propio teléfono, como si la pantalla fuera un refugio de la incomodidad de tener que explicar por qué este mes no se puede pagar el colegio o el alquiler.
La educación, que alguna vez fue el ascensor social, ahora parece un lujo. Los padres hacen malabares para mantener a los hijos en una escuela privada, mientras el Estado, con promesas y parches, no logra tapar los agujeros de un sistema que se cae a pedazos. Y los jóvenes, atrapados entre la exigencia del mérito y la evidencia de que el esfuerzo no siempre rinde, miran el futuro con una mezcla de escepticismo y hastío. La inteligencia artificial, que prometía liberarlos del trabajo repetitivo, se convierte en una amenaza más: un algoritmo que decide quién merece un préstamo, un empleo, una oportunidad.
La inseguridad, mientras tanto, no es solo la del barrio, la del que camina con miedo a que le roben el celular. Es también la inseguridad de no saber si mañana el dólar va a subir, si el sueldo va a alcanzar, si el país va a seguir siendo el mismo. Esa incertidumbre corroe la identidad. Porque ser de clase media en Argentina ya no es un estatus, es una negociación diaria con la inflación, con la deuda, con uno mismo.
Hay una moral que se redefine en estos días. Antes, la dignidad se asociaba al trabajo estable, a la casa propia, al auto en la puerta. Ahora, la dignidad es no pedir, no deber, no tener que explicar por qué no se puede. Pero la deuda, esa deuda que no se ve, la que se acumula en las tarjetas de crédito, en los préstamos familiares, en los favores que nunca se devuelven, pesa tanto como la hipoteca. Y la soledad, la de la clase media que ya no cree en el Estado ni en el mercado ni en la política, se instala como un inquilino que no paga alquiler.
La memoria, por supuesto, también se ajusta. Recordamos un pasado que quizás no fue tan bueno, pero que ahora parece dorado en comparación. Y ese recuerdo selectivo, manipulado por los medios y por el relato oficial, se convierte en un consuelo frágil, una moneda que no alcanza para comprar el futuro.
Lo que queda, entonces, es el día a día. La observación concreta de lo que se pierde y lo que se gana. La mujer en la verdulería, el dueño que no discute, el silencio que los envuelve. Tal vez ahí, en ese intercambio mínimo, esté la clave de algo. No una solución, sino una verdad: que la Argentina de la clase media no se salva con grandes relatos ni con promesas vacías. Se salva, si es que se salva, en los gestos pequeños, en las conversaciones que aún se tienen cara a cara, en la decisión de no rendirse del todo. Eso, al menos, no lo ajusta la inflación.
