La educación que ya no alcanza
Mi viejo repetía que el estudio era lo único que no te podían robar. Lo decía en serio, con esa convicción de los que habían conocido la pobreza de cerca. En su cabeza, un título era un escudo contra la intemperie. Cincuenta años después, esa idea suena a fábula de otro tiempo.
La clase media argentina crió a sus hijos con ese mandato. Esforzate, recibite, y vas a estar bien. Pero la economía se encargó de putear el libreto. Hoy un contador maneja un Uber, una profesora de inglés vende ropa por Instagram, un ingeniero hace changas con su camioneta. No es fracaso personal. Es que el contrato social que vinculaba estudio con progreso se rompió en algún momento, sin aviso, y nadie lo quiso reconocer.
Las estadísticas son frías. Siete de cada diez jóvenes trabajan en algo que no tiene relación con lo que estudiaron. La frase ya no duele, se repite como un dato más. Pero si uno se detiene un segundo, el vértigo aparece. ¿Para qué sirve entonces la educación? ¿Para formar ciudadanos críticos, como dicen los discursos escolares? ¿O para llenar currículums que nadie mira?
La máquina de producir ansiedad
Las redes sociales agitaron el cóctel. En TikTok, un pibe de veinte años explica cómo ganó miles de dólares vendiendo cursos de cripto. En Instagram, una influencer muestra su departamento en Palermo sin contar que lo alquila con plata de los padres. El mensaje es brutal: el mérito individual todo lo puede. Si no llegás, es porque no te esforzaste lo suficiente.
Esa moral del éxito rápido cala hondo en una generación que vio a sus padres hipotecar veinte años de vida para comprar un departamento que hoy vale la mitad. La juventud argentina no es vaga. Es hija de un país que le prometió un futuro y le entregó inflación, deuda y una grieta política que todo lo atraviesa, incluso la mesa familiar.
El mérito como bandera es una trampa perfecta. Porque borra de un plumazo las condiciones de partida. El que nació en un barrio sin internet, con una escuela que se cae a pedazos y una familia que apenas llega a fin de mes, no compite en la misma cancha que el hijo de un profesional de Nordelta. Pero el relato dominante insiste en que todos arrancan igual. Y el que no gana, pierde por vago.
La soledad de los que estudian
Hay una imagen que se repite en los colegios secundarios del conurbano. Pibes de quince años que saben que el título no les va a garantizar nada, pero igual se sientan a rendir. No es ignorancia. Es dignidad. Un gesto que ya no tiene que ver con la utilidad, sino con la promesa de sí mismos. Como si el acto de estudiar, a pesar de todo, conservara algo de esa fe que sus abuelos tenían.
La polarización política también metió la cola. Hoy discutir educación es discutir ideología. La escuela pública, la privada, la universidad, el financiamiento. Cada debate termina en una trinchera. Mientras tanto, los pibes siguen ahí, en el medio, tratando de aprender algo que tenga sentido en un mundo que cambia cada tres meses.
La inteligencia artificial agrega otra capa de incertidumbre. ¿Para qué estudiar cinco años una carrera si una máquina puede redactar un informe legal en dos segundos? La pregunta no es caprichosa. Ya hay empresas que prefieren un operador de ChatGPT a un analista junior. La educación formal no supo leer esa señal. Sigue formando perfiles para un mercado laboral que ya no existe.
La memoria como resistencia
Frente a ese panorama, algunos eligen la memoria. Agarrar un libro, discutir una idea, escribir a mano. No por romanticismo. Porque intuyen que hay saberes que ninguna máquina va a reemplazar. La capacidad de dudar, de emocionarse, de poner el cuerpo. Eso que los algoritmos no entienden porque no lo pueden medir.
La clase media argentina está en una encrucijada. Sabe que el modelo educativo que heredó no funciona, pero no encuentra otro. Y mientras tanto, la inflación sigue licuando sueldos, las redes imponen un show permanente y la política se mira el ombligo.
Quizás lo único que queda es un gesto pequeño: sentarse con un pibe a explicarle algo, sin certezas, sin promesas. Contarle que el conocimiento no es una garantía, pero puede ser un refugio. Que estudiar no te salva de la crisis, pero te da herramientas para preguntarte por qué estás en crisis. Y que en un país donde todo parece desarmarse, hacerse preguntas sigue siendo un acto de resistencia.
Nadie dijo que iba a ser fácil. Pero al menos, como decía mi viejo, nadie te lo puede robar.
