La educación que ya no promete nada
En un aula de un colegio público de la provincia de Buenos Aires, un profesor de historia intenta explicar la Revolución de Mayo mientras los chicos miran el techo. No es que no les interese la patria. Es que el aire acondicionado no funciona y afuera hace treinta y cinco grados. La clase media que mandó a sus hijos a esa escuela porque la privada se volvió un lujo, ahora se pregunta si el sacrificio vale la pena.
La educación fue durante décadas el gran ascensor social argentino. El hijo del almacenero que estudiaba abogacía, la hija del mecánico que se recibía de médica. Esa promesa se rompió en algún momento que nadie recuerda con precisión, como se rompe una cañería en una casa vieja: primero una gotera, después el agua que inunda todo. Hoy, la clase media manda a sus hijos a la escuela no porque espere que sean profesionales exitosos, sino porque no tiene dónde dejarlos mientras trabaja.
La crisis económica convirtió la educación en un gasto más, como la luz o el supermercado. Los padres calculan cuánto pueden pagar entre la cuota del colegio, los apuntes, el transporte. La palabra mérito quedó reservada para los discursos de fin de año, cuando algún político promete que el esfuerzo siempre tiene recompensa. Pero en la vida real, el mérito no alcanza para pagar el alquiler.
Los medios y las redes sociales alimentan la idea de que la educación ya no sirve. Que un youtuber gana más que un ingeniero. Que la inteligencia artificial va a reemplazar a los abogados y contadores. Los chicos crecen escuchando que el futuro es incierto, que estudiar no garantiza nada. Y tienen razón. Pero también saben, en algún lugar de su memoria, que sus abuelos llegaron a ser alguien gracias a un título universitario. Esa contradicción los parte al medio.
La deuda de la promesa
El Estado, mientras tanto, se achica. Las escuelas públicas se caen a pedazos. Los docentes ganan menos que un empleado de comercio. La política discute sobre el financiamiento educativo como si fuera un gasto, no una inversión. La verdad es que nadie quiere pagar la cuenta. La clase media, que siempre sostuvo el sistema con sus impuestos, ahora siente que el Estado le da la espalda. La deuda no es solo económica: es una deuda de confianza.
En las reuniones de padres, el tema recurrente no es si los chicos aprenden matemáticas, sino cómo hacer para llegar a fin de mes. La polarización política también se cuela en la escuela. Algunos padres defienden la educación pública a ultranza, otros sueñan con una escuela privada que no pueden pagar. La identidad se negocia en cada decisión, en cada elección que parece menor pero no lo es.
Los jóvenes, mientras tanto, se refugian en las pantallas. No es que sean menos inteligentes o más vagos. Es que el mundo real les promete poco. La inteligencia artificial les ofrece respuestas rápidas, pero no les enseña a preguntar. La tecnología avanza, pero la soledad también. En las aulas, los chicos miran el celular más que al pizarrón. No es desinterés: es que ahí afuera, en la red, encuentran una comunidad que la escuela no les da.
El trabajo que no espera
Los padres, mientras, trabajan. O intentan trabajar. La inflación come el salario y el tiempo no alcanza. La familia se reúne menos, come lo que puede, discute por plata. La moral del esfuerzo, ese viejo mantra de la clase media, se desgasta. ¿Para qué esforzarse si el resultado siempre es el mismo? La dignidad ya no se mide en el trabajo bien hecho, sino en la capacidad de llegar a fin de mes sin pedir prestado.
La educación, entonces, se convierte en un campo de batalla simbólico. Los padres quieren que sus hijos tengan un futuro mejor, pero no saben cómo garantizarlo. La escuela, por su parte, intenta adaptarse a un mundo que cambia demasiado rápido. Los docentes hacen malabares para mantener el interés en un contexto de crisis permanente. La verdad es que todos están improvisando.
En algún punto, la clase media argentina descubrió que el ascensor social no solo no sube, sino que parece estar bajando. La memoria de un país donde estudiar era sinónimo de progreso choca con un presente donde el mérito no alcanza y la deuda es la única constante. La identidad, esa cosa difusa que solía definirse por el trabajo y el estudio, ahora se negocia en cada compra, en cada cuota, en cada decisión que parece menor.
La educación ya no promete nada. Pero la clase media sigue mandando a sus hijos a la escuela. No porque crea en el futuro, sino porque no sabe qué más hacer. Es un gesto de resistencia, quizás el último que le queda. Un acto de fe en un país que ya no cree en nada.
