La fatiga de explicarse
Hay un gesto que se repite en las cenas de fin de mes, en los grupos de WhatsApp, en la fila del supermercado. Alguien dice algo sobre el gobierno, la oposición, el dólar o la inflación. Y antes de terminar la frase, ya está explicándose. No porque hayan preguntado, sino porque aprendió que en la Argentina de hoy decir algo sin aclararlo es casi una provocación.
La clase media, esa categoría que ya no sabe bien si existe o es un recuerdo, se pasó los últimos años aprendiendo a justificar sus opiniones. A poner un paréntesis antes de cada idea. A decir "no es que defienda a nadie, pero..." o "no estoy de acuerdo con todo, sin embargo...". Explicar se volvió un reflejo, como respirar. Y como respirar, cansa.
La deuda de la claridad
En los noventa, la deuda era externa, abstracta, algo que discutían los economistas en la tele. Ahora la deuda es doméstica, personal, se mide en explicaciones no dadas o mal recibidas. Cada conversación es un balance: lo que decís, lo que callás, lo que después vas a tener que aclarar. La polarización no es solo política, es una forma de vida que te obliga a elegir bando incluso cuando no querés.
El mérito, esa palabra que antes sonaba a esfuerzo y recompensa, ahora se discute como si fuera un lujo. Hay quienes defienden que el que llega, llega porque se rompió el lomo. Hay quienes señalan que el punto de partida no es el mismo para todos. Y en el medio, la clase media escucha, mide, calcula. Sabe que decir una cosa puede costarle un vínculo. Que el silencio, a veces, es más caro.
Las redes sociales, claro, amplifican todo. No solo la bronca, sino la necesidad de dejar constancia de que uno está del lado correcto. Cada posteo es una declaración de principios. Cada like, una afiliación. Pero la vida real es más lenta, más ambigua. En la vida real, uno puede estar de acuerdo con algo y en desacuerdo con casi todo lo demás. Eso, en las redes, no existe.
El consumo de la identidad
Antes la identidad se construía con lo que uno hacía, el trabajo, la familia, el barrio. Ahora se construye con lo que uno consume. No solo productos, sino relatos. Uno elige a qué medio creerle, qué influencer seguir, qué versión de la realidad comprar. La verdad se volvió un artículo de supermercado: hay marcas, precios, promociones. Y como todo lo que se consume, caduca rápido.
La juventud, que siempre fue un territorio de experimentación, hoy es un campo de batalla. Los pibes crecen con algoritmos que les recomiendan contenido, pero también emociones. La inteligencia artificial ya no es el futuro, es el presente que les organiza el humor. Y los padres, que intentan educar en valores como la memoria o la dignidad, se encuentran compitiendo con un feed que nunca duerme.
La memoria, ese otro lujo, también se negocia. Se elige qué recordar y qué olvidar según la conveniencia del momento. Hay familias que dejaron de hablar porque no se ponen de acuerdo sobre lo que pasó en el 2001. Hay parejas que se separan porque uno votó distinto. La historia, que antes era un relato más o menos compartido, ahora es un archivo que cada uno edita a su manera.
La soledad del que no se alinea
En este clima, la soledad crece. No la soledad física, sino la de no encontrar un lugar donde las contradicciones sean bienvenidas. Donde uno pueda decir que está harto de la inflación y al mismo tiempo preocupado por los derechos laborales. Donde se pueda criticar al gobierno sin ser tildado de opositor serial, y al sindicalista sin ser acusado de neoliberal. Esa soledad, la del que se niega a alinearse del todo, es quizás la más silenciosa de todas.
El Estado, mientras tanto, sigue ahí. Con sus promesas incumplidas, sus planes que nunca terminan de arreglar nada, su burocracia que convierte un trámite en una odisea. Pero también está presente en la escuela pública, en el hospital, en el boleto subsidiado. La relación con el Estado es como la de un matrimonio mal llevado: no se lo quiere, pero tampoco se lo puede dejar del todo.
La dignidad, esa palabra grande, se juega en lo chico. En no tener que pedir permiso para vivir. En poder pagar las cuentas sin que el corazón se acelere. En mandar a los hijos a la escuela sabiendo que van a aprender, no solo a sobrevivir. Pero la dignidad también se resiente cuando uno se siente estafado por un sistema que prometió mérito y entregó lotería.
El oficio de seguir
Y sin embargo, la clase media sigue. No porque sea heroica, sino porque no tiene otra. Sigue pagando el alquiler, sigue mandando currículums, sigue negociando con el verdulero el precio del tomate. Sigue explicándose, aunque nadie le haya preguntado. Sigue buscando un relato que no la obligue a elegir entre lo que piensa y lo que siente.
La fatiga de explicarse no es un síntoma menor. Es el cansancio de vivir en un país donde todo es política, donde cada gesto se lee en clave ideológica, donde la conversación se volvió un campo minado. Pero también es, quizás, una forma de resistencia. Porque explicarse implica que todavía hay algo que contar, que hay un otro dispuesto a escuchar. Y mientras eso exista, la clase media argentina va a seguir hablando, aunque sea para decir que ya no sabe qué decir.
