La fatiga de la identidad
En la fila del supermercado, una mujer revisa el celular mientras el carrito se le va para atrás. Mira el precio del aceite, después mira una historia de Instagram donde una amiga muestra las zapatillas nuevas que compró en cuotas. Suspira. No es un suspiro teatral, de esos que se ven en las películas. Es un suspiro seco, de quien ya no sabe bien qué sentir.
La clase media argentina aprendió a convivir con la inflación, con la inseguridad, con la grieta. Pero hay algo nuevo, algo que no aparece en los índices ni en los discursos políticos. Es una fatiga más profunda: la fatiga de tener que definirse todo el tiempo.
La identidad como tarea
Antes la identidad era algo que se heredaba. Uno era de tal barrio, de tal familia, de tal club. Trabajaba en algo, tenía un oficio, y eso bastaba. Ahora la identidad se construye, se exhibe, se defiende. Y se negocia a cada rato.
Las redes sociales piden posicionarse. Sobre la política, sobre la moral, sobre la educación de los hijos, sobre la inteligencia artificial, sobre la memoria histórica. No alcanza con tener una opinión. Hay que tener una marca personal. Un relato. Un perfil que se sostenga en el tiempo, que sea coherente, que sume seguidores o al menos no los espante.
Pero la vida real es más desprolija. Uno puede pensar una cosa a la mañana y otra distinta a la noche. Puede sentir que el mérito existe pero también que el Estado tiene que estar. Puede querer consumir sin culpa y al mismo tiempo sentir que algo se rompe en el pecho cuando ve la cuenta del supermercado.
Esa contradicción, que antes se llevaba en silencio, ahora se ha vuelto insostenible. Porque las redes no perdonan las ambigüedades. El algoritmo premia los extremos, los posicionamientos claros, la indignación sin matices. La polarización no es solo un fenómeno político. Es un mandato de la plataforma.
La deuda de ser uno mismo
En la Argentina de la inflación y la deuda externa, la clase media descubrió que hay una deuda más invisible pero igual de pesada: la deuda de tener que ser auténtico todo el tiempo. Ser uno mismo, dicen los manuales de autoayuda y los influencers de crecimiento personal. Pero ¿qué pasa cuando ser uno mismo implica no tener idea de quién es uno?
Hay una generación de jóvenes que creció con la exigencia de definir su identidad antes de los veinte años. Y hay una generación de adultos que, en silencio, se pregunta si alguna vez tuvieron una identidad propia o si todo fue una acumulación de mandatos, de consumos, de deudas que pagar.
La soledad que se siente en medio de la multitud digital no es casual. Es el resultado de haber externalizado la identidad, de haberla puesto en vitrina, de haberla convertido en un producto más del mercado. En las redes, uno no es lo que es. Uno es lo que parece ser. Y mantener esa apariencia requiere energía, dinero, tiempo. Requiere, sobre todo, olvidar que hay un fondo, un adentro, que quizás no coincide con la fachada.
La dignidad de no opinar
Hay algo que se ha perdido en el camino: el derecho a no tener una posición sobre todo. En los debates públicos, no opinar se ha vuelto sospechoso. El silencio se interpreta como complicidad o como falta de compromiso. Pero el silencio también puede ser una forma de resistencia. Una manera de preservar la intimidad, de no entregar cada pensamiento al escrutinio ajeno.
En las conversaciones de familia, cuando el tío empieza con la política y el primo con la moral de los jóvenes, hay quien baja la cabeza y mira el plato. No es indiferencia. Es cansancio. Es la fatiga de tener que defender lo que se piensa antes de saber bien qué se piensa.
La verdad se ha vuelto un concepto escurridizo. Ya no es algo que se descubre, sino algo que se construye. Cada medio, cada burbuja, cada algoritmo ofrece una versión de los hechos. Elegir una verdad implica descartar otras, y esa decisión también cansa.
La máquina que no descansa
La inteligencia artificial promete facilitar la vida. Pero también impone una nueva exigencia: la de estar siempre actualizado, siempre informado, siempre listo para adaptarse. El trabajo cambia, las habilidades se renuevan, los oficios desaparecen. La clase media argentina, que ya lidia con la inseguridad laboral y la pérdida del poder adquisitivo, ahora debe sumar a su lista de preocupaciones el aprendizaje constante de nuevas herramientas.
No es solo una cuestión de empleo. Es una cuestión de identidad. Si el trabajo ya no define quién es uno, si el barrio ya no define quién es uno, si la familia ya no define quién es uno, entonces ¿qué queda? Queda la tarea interminable de reinventarse. Y no todos tienen la energía ni los recursos para hacerlo.
Hay un agotamiento que no se ve en las estadísticas. Es el agotamiento de tener que ser emprendedor, influencer, buen padre, buen ciudadano, crítico de cine, experto en tecnología, defensor de la memoria histórica y, además, feliz. Todo al mismo tiempo. Todo sin quejarse demasiado.
El precio de existir
En la Argentina de la crisis permanente, la clase media descubrió que existir tiene un precio. No solo el precio del alquiler, de la comida, del transporte. También el precio de mantener una identidad coherente en un mundo que cambia todo el tiempo. El precio de no desentonar. El precio de estar al día.
Quizás por eso hay tanta gente que se siente vacía a pesar de tenerlo todo, o que se siente perdida a pesar de tener opiniones firmes sobre todo. Porque la identidad no se construye solo con ideas. Se construye con tiempo, con silencio, con espacio para la contradicción. Y esas cosas escasean.
La fatiga de la identidad no se resuelve con una app ni con un curso de coaching. Se resuelve, quizás, aceptando que no hace falta tener una respuesta para todo. Que está bien no saber quién es uno. Que la dignidad también está en el derecho a dudar, a cambiar, a estar en blanco.
Mientras la fila del supermercado avanza y la mujer guarda el celular, piensa que tal vez lo único que necesita no es definirse. Es descansar. Dejar de ser tantas cosas a la vez. Volver a ser, simplemente, alguien que está ahí, comprando aceite, sin que nadie le pida que explique quién es.
