La fatiga de las promesas
En la mesa de un bar de Palermo, un hombre de cuarenta y pico mira el celular como si esperara un mensaje que nunca llega. Pide otro café, paga con tarjeta y suspira. No es la primera vez que hace esa cuenta mental: cuánto vale lo que tiene, cuánto debe, cuánto le queda. La inflación no es un número en un informe del INDEC, es esa sensación de que el sueldo rinde menos que el mes pasado y que el próximo será peor. La clase media argentina ya no discute si el país va a mejorar, discute si va a poder pagar el colegio de los chicos o si le conviene comprar dólares antes de que el blue suba otra vez.
Las promesas políticas se acumulan como los precios en los supermercados. Cada campaña trae un plan, un diagnóstico, una solución mágica. Pero después de décadas de crisis, la gente aprendió a desconfiar. No es cinismo, es experiencia. Saben que el relato oficial rara vez coincide con lo que pasa en la cola del banco o en la farmacia. El Estado promete seguridad, educación, trabajo. La realidad ofrece otra cosa: calles que se vacían al atardecer, escuelas que cierran por falta de gas, empleos que duran lo que un subsidio.
La polarización no ayuda. En las redes sociales, cada tema se convierte en una trinchera. La verdad ya no importa tanto como la identidad de grupo. Si sos peronista, todo lo que diga Macri es mentira. Si sos macrista, todo lo que venga del kirchnerismo es corrupto. Y en el medio queda la gente común, atrapada entre dos relatos que no le hablan de su vida concreta. La discusión pública se volvió un ring donde nadie escucha, solo espera el turno para pegar.
La familia también cambió. Antes era el refugio contra la crisis, el lugar donde se compartía la escasez y se armaban estrategias de supervivencia. Ahora las familias están atravesadas por la misma grieta que divide al país. Las cenas de domingo se llenan de silencios incómodos. Los padres no entienden por qué sus hijos viven en las pantallas, los hijos no entienden por qué sus padres creen en la política de siempre. La soledad crece en los cuartos iluminados por la luz azul de los teléfonos.
La inteligencia artificial ya no es una promesa de futuro, es una herramienta que se usa sin preguntar. Los pibes copian textos generados por ChatGPT para la escuela, los adultos lo usan para redactar mails o para crear imágenes que nunca existieron. La verdad se vuelve difusa. ¿Quién escribió esto? ¿Importa? La moral se adapta: si la máquina lo hace más rápido, ¿por qué no usarla? El mérito se redefine. Ya no es cuestión de esforzarse, es cuestión de saber qué atajo tomar.
El consumo sigue siendo el gran amortiguador. La clase media compra, aunque no pueda. Se endeuda, aunque sepa que la cuota le va a doler. Las redes sociales venden un estilo de vida que nadie tiene pero todos quieren. Mostrarse feliz, exitoso, en viaje, en restaurante. La identidad se construye en fotos, en historias de Instagram, en likes. Pero cuando el teléfono se apaga, queda el vacío de no saber quién se es sin la pantalla.
La memoria es frágil. Se recuerda el pasado como una época mejor, aunque no lo fuera. Se idealiza la infancia, los años de la dictadura se convierten en un tema tabú o en un argumento político. La historia se usa como arma, no como aprendizaje. Y mientras tanto, el país sigue girando, con sus promesas rotas y su gente cansada.
Pero hay algo que no se pierde del todo: la dignidad. Esa obstinación de no rendirse, de seguir pagando las cuentas, de mandar al hijo a la escuela, de juntarse con los amigos aunque sea para quejarse. La dignidad no depende del Estado ni del mérito, depende de la capacidad de seguir adelante cuando todo parece indicar que no vale la pena.
La fatiga de las promesas no es un síntoma de derrota, es una forma de resistencia. Saber que las promesas se rompen no significa dejar de esperar, significa aprender a esperar sin ilusiones, a caminar con cuidado, a no apostar todo a un discurso. En esa tensión entre la desconfianza y la necesidad de creer, la clase media argentina encuentra su identidad. Precaria, irritable, pero viva.
