La fatiga de los espejos
La última vez que fui a lo de un amigo del barrio, encontré la mesa del comedor ocupada por tres celulares y un parlante inteligente. La dueña de casa, Laura, me explicó que el parlante era un regalo de su hija, que vive en Córdoba y trabaja en marketing digital. “Es para que no esté tan sola”, dijo, mientras el aparato respondía preguntas sobre el clima de la semana. Laura tiene 58 años, fue secretaria de una empresa textil que cerró en 2018 y hoy vive de una jubilación mínima y del alquiler de un departamento chico que heredó de sus padres. La soledad no se combate con parlantes, pensé, pero no lo dije.
Argentina es un país de espejos rotos. Nos miramos y no sabemos quién nos devuelve la mirada. La clase media, ese actor central de la política y la cultura nacional, descubrió que el mérito no paga las cuentas y que el esfuerzo ya no es garantía de nada. La inflación se llevó los ahorros, la deuda se come los sueldos y las redes sociales se encargaron de mostrar que siempre hay alguien que vive mejor, aunque sea ficticio. La polarización política no ayuda: cada uno se encierra en su burbuja de información, repite los mismos argumentos y se sorprende de que el otro no entienda. Pero el otro tampoco entiende.
La máquina de la indiferencia
Hace unos días, en un colectivo de la línea 60 escuché a dos chicos discutiendo sobre inteligencia artificial. Uno decía que los robots iban a reemplazar a los periodistas, que los trabajos iban a desaparecer, que no tenía sentido estudiar. El otro, más callado, le respondió que él quería ser electricista. “Eso no lo va a hacer una máquina”, dijo. El primero se rió y le contestó que seguro que sí. No hubo más conversación. La juventud argentina crece entre la promesa de la tecnología y la certeza de la precariedad. La educación formal se debate entre la falta de presupuesto y la urgencia de enseñar habilidades que el mercado ya no demanda. La escuela pública resiste, pero los docentes se van cansados, los alumnos se distraen con el teléfono y el Estado no termina de entender que la verdadera crisis no es de infraestructura sino de sentido.
En los medios, el relato se repite: hay que ajustar, hay que crecer, hay que confiar. Pero la confianza se perdió hace rato. La manipulación de la información es moneda corriente, y cada sector tira para su lado. La memoria, ese acto que alguna vez fue colectivo, se fragmentó en versiones que compiten en las redes. El pasado ya no une, separa. La identidad se construye a golpe de hashtags y opiniones virales. Uno es lo que consume, lo que comparte, lo que defiende en una discusión de Twitter. La dignidad se mide en seguidores.
El trabajo de ser uno mismo
Conozco a Martín desde la primaria. Hoy tiene 45 años, dos hijos y un crédito hipotecario en pesos que se licúa con la inflación. Trabaja en una empresa de logística y hace changas los fines de semana como repartidor de una aplicación. “No es que quiera, es que no me alcanza”, me dijo mientras tomábamos un café en un bar de Palermo que ya no es de barrio. Martín es clase media, como tantos. Pero la clase media argentina ya no es lo que era. Se achicó, se endeudó, se volvió más vieja y más sola. La familia sigue siendo un refugio, pero los lazos se estiran cuando los hijos se van al exterior o los padres necesitan cuidados que el Estado no da. La moral del trabajo se enfrenta a la realidad de que trabajar más no siempre significa vivir mejor.
El consumo es el último bastión de la autoestima. Si no podés ahorrar, al menos gastá. Si no podés viajar, al menos comprate un celular nuevo. La publicidad lo sabe y aprieta donde duele. La inseguridad, real o percibida, cierra el círculo: no salimos, no confiamos, no miramos a los ojos. La ciudad se llena de rejas y de alarmas. La soledad se compensa con pantallas. El parlante inteligente de Laura no le devuelve una charla verdadera, pero le da la ilusión de que alguien la escucha.
La dignidad como relato
En este país de crisis permanentes, la dignidad se convirtió en un relato. Cada uno cuenta su propia versión: el que se va al exterior, el que se queda, el que gana en dólares, el que cobra un plan social. Todos buscan una explicación que justifique su lugar en el mundo. La política, que alguna vez ofreció respuestas colectivas, hoy se reduce a la gestión del desastre. El Estado aparece como culpable o como salvador, según el medio que lo cuente. La verdad es un bien escaso, y la manipulación, una industria en expansión.
Pero en el medio, la vida cotidiana sigue. La gente se levanta, trabaja, cuida a sus hijos, paga impuestos, se entera de que el dólar subió o bajó, discute con el vecino, mira una serie, se duerme. No todo es relato. También hay gestos concretos: una junta de consorcio, un préstamo entre amigos, un plato de comida compartido. La clase media argentina sobrevive, pero ya no cree que el futuro vaya a ser mejor. La fatiga de los espejos es eso: mirarse y no encontrar un reflejo que valga la pena.
