El consumo que se volvió espejo
La señora López camina por el supermercado con el carrito medio vacío y la mirada fija en los precios. No es que no tenga plata: tiene, pero cada vez rinde menos. Agarra un paquete de fideos, lo mira, lo devuelve. Lo agarra otra vez. Al final, se lleva el más barato, aunque sabe que el otro era mejor. Nadie la está mirando, pero ella siente que alguien la juzga. Ese alguien, piensa, es ella misma.
El consumo en la Argentina no es lo que era. No solo por la inflación, que todo lo encarece y lo vuelve efímero. Sino porque comprar dejó de ser un trámite para volverse un acto de fe. Uno compra lo que puede, pero también compra lo que cree que debe ser. La gaseosa de marca, la zapatilla de tal jugador, el celular que todos tienen. La clase media argentina descubrió que el consumo no satisface necesidades: fabrica identidad.
La vidriera virtual
En las redes sociales, esa fábrica se volvió furiosa. Todo el tiempo hay alguien mostrando algo. Un viaje, una cena, un look. La vida editada, sin migas en la mesa ni facturas impagas. La señora López ve eso y siente que su vida es menos. No es envidia, es un cansancio sordo. Sabe que esa publicación es una puesta en escena, pero igual la incomoda. Porque la verdad, esa que no se muestra, duele.
La polarización política encontró ahí un caldo de cultivo. No se discuten ideas: se discuten consumos. El que toma tal cerveza es de tal lado. El que usa tal remera es del otro. La identidad se compra en cuotas, y la deuda se paga con intereses que no son solo financieros. Son intereses morales. Uno queda preso de lo que compra, y lo que compra lo define más que lo que piensa.
El mérito que no alcanza
El discurso del mérito individual choca con una realidad tozuda. No importa cuánto te esfuerces si el sueldo no alcanza para llegar a fin de mes. El mérito se volvió un consuelo, no una recompensa. Se dice que el que no progresa es porque no se esfuerza lo suficiente. Pero la señora López se esfuerza, trabaja, cuida a sus hijos, paga impuestos. Y sin embargo, cada mes es una carrera de obstáculos. La inflación no entiende de méritos.
El Estado, por su parte, aparece como un personaje difuso. A veces es el salvador, a veces el culpable. Depende del relato del momento. Los medios, las redes, los políticos, todos construyen una versión de la realidad que se adapta a lo que quieren vender. La verdad se volvió un producto más, y como todo producto, tiene fecha de vencimiento. La memoria, entonces, se vuelve frágil. Uno olvida lo que dijo ayer porque hoy hay un nuevo relato que lo reemplaza.
La soledad del algoritmo
La tecnología prometía conectarnos, y en cierto modo lo hizo. Pero también nos aisló. La señora López tiene más contactos en el teléfono que amigos en la vida real. Las conversaciones son breves, fragmentadas, llenas de emojis que intentan suplir lo que las palabras no dicen. La inteligencia artificial recomienda qué comprar, qué leer, qué pensar. Y uno acepta, porque es más fácil que decidir por uno mismo.
La juventud crece en ese ecosistema. Para ellos, la identidad se negocia en cada publicación. Son lo que muestran, y si no muestran, no existen. La presión es constante. La moral, antes anclada en la familia o la escuela, ahora se negocia en los comentarios. El like es la moneda de cambio, y la soledad es el precio que se paga por no alcanzar la cantidad justa.
La dignidad como resistencia
Frente a todo esto, queda la dignidad. Esa cosa que no se compra ni se vende, que no se negocia en cuotas ni se mide en seguidores. La señora López, cuando vuelve a su casa con las bolsas del supermercado, a veces se sienta en la cocina y mira el techo. No piensa en política ni en economía. Piensa en sus hijos, en el futuro, en si va a poder pagar el alquiler el mes que viene. Y ahí, en ese silencio, encuentra algo que ningún algoritmo puede darle: la certeza de que, a pesar de todo, sigue siendo ella.
La clase media argentina no se reconoce en los espejos que le ofrecen. Ni en los políticos que prometen soluciones mágicas, ni en las redes que venden vidas perfectas, ni en los discursos que dividen el mundo en buenos y malos. La identidad, esa cosa escurridiza, se construye en las pequeñas decisiones de todos los días. En el acto de elegir los fideos más baratos, en la llamada a un amigo, en la negativa a comprar una felicidad de mentira. Y eso, quizás, sea lo único que queda cuando todo lo demás se desmorona.
