La fatiga del relato
Uno se sienta a la mesa y ya no sabe de qué hablar. No porque falten temas, sino porque sobran y todos vienen con ruido. La inflación, la inseguridad, la política, la inteligencia artificial, la deuda, el trabajo que no alcanza. Cada conversación es un campo minado. Cada opinión, una declaración de guerra. Y en el medio, la clase media busca un plato de comida y un poco de silencio.
El problema no es la crisis. La crisis es una vieja conocida, casi un mueble más de la casa. El problema es que se rompió el relato. Ese hilo invisible que permitía juntar las piezas y contar una historia más o menos coherente sobre el país, sobre uno mismo, sobre el futuro. Ahora cada uno tiene su propia versión, y todas son incompatibles. La polarización no es solo política: es existencial. No acordamos ni en qué día vivimos.
Las redes sociales prometieron conectar. Terminaron atomizando. Cada usuario es una burbuja que choca contra otra burbuja. No hay diálogo, hay monólogos que se cruzan. La verdad se volvió un bien escaso y caro, como el dólar. La manipulación corre por los algoritmos como agua por una cañería rota. Uno quiere saber qué pasa y termina sabiendo lo que el sistema quiere que sepa. La memoria se acorta, la indignación se renueva cada tres minutos, y la moral se adapta al like.
En ese contexto, la clase media trata de sostenerse. Pero sostenerse ya no es solo pagar las cuentas. Es mantener la identidad. ¿Quién soy si no puedo contar mi historia? ¿Quién soy si mi historia ya no le importa a nadie? El mérito, ese viejo consuelo burgués, se derrumba. Uno trabaja, estudia, ahorra, pero el piso se mueve. La inflación se come el sueldo, la inseguridad se come la calle, y la soledad se come la noche.
La familia como trinchera
En la mesa familiar, el tema se evita. Pero está. La deuda que no se nombra, el hijo que no consigue trabajo, la hija que se fue al exterior, los padres que ya no entienden el mundo digital. La familia era el último refugio de la intimidad. Ahora es otro frente de batalla. Las aplicaciones de mensajería traen el ruido de afuera. El grupo de WhatsApp se convierte en un ring de boxeo. Y uno termina comiendo mirando el teléfono para no tener que mirar al otro.
La educación, mientras tanto, intenta seguir siendo un ascensor social. Pero el ascensor está roto y los pisos cambiaron. La inteligencia artificial amenaza con dejar obsoletas las profesiones que recién se estudian. Los jóvenes lo saben. Miran el futuro con una mezcla de cinismo y ansiedad. Ya no creen en el mérito, pero tampoco en el Estado. Creen en la suerte, en el contacto, en la gambeta. Y en el consumo como único consuelo tangible.
Comprar algo, aunque sea chico, sigue siendo un acto de dignidad. Una manera de decir: existo, puedo, decido. Pero la dignidad tiene precio y la inflación se lo lleva todo. La clase media compra menos, pero compra. Porque dejar de comprar sería aceptar que el juego terminó.
El poder del cansancio
Hay un cansancio que no es físico. Es narrativo. Uno se cansa de tener que explicar todo el tiempo por qué piensa lo que piensa. Se cansa de justificar su existencia frente a los algoritmos, frente al gobierno, frente a los amigos. La política prometió representación y terminó ofreciendo relato puro. Frases hechas, eslóganes, peleas por la verdad que nunca es tal. La verdad se volvió una cuestión de fe, no de hechos. Y la fe, en tiempos de crisis, se vuelve militancia.
La clase media argentina siempre tuvo una relación compleja con el poder. Lo critica, lo teme, lo desea. Pero ahora el poder es difuso. No está solo en el Estado ni en el mercado. Está en los medios, en las redes, en los algoritmos, en la inteligencia artificial que decide qué vemos, qué compramos, qué sentimos. La manipulación se volvió invisible. Y uno, a veces, ya no sabe si lo que siente es suyo o se lo dictaron.
La memoria, ese otro bien en extinción, también se resiente. La Argentina tiene una historia de olvidos y repeticiones. Pero ahora el olvido es programado. Las noticias duran un día, los escándalos una semana, las promesas un tuit. La identidad se construye en tiempo real, sin archivo, sin profundidad. Uno es lo que publica, lo que consume, lo que indigna. Y al otro día, otra cosa.
En medio de todo, la clase media busca algo que no sea ruido. Un lugar donde la historia tenga sentido, donde la moral no sea un arma, donde la soledad no sea la única compañía. No lo encuentra en la política, ni en el mercado, ni en las aplicaciones. Lo busca en la mesa, en la familia, en el trabajo. Pero la mesa está llena de deudas, la familia de tensiones, y el trabajo de incertidumbre.
Quizás el verdadero lujo, hoy, sea poder contar una historia propia. Una que no esté armada por el algoritmo, ni financiada por el consumo, ni secuestrada por la polarización. Una historia que uno pueda contar sin miedo a que la desmientan al segundo siguiente. Pero ese lujo, como todo en la Argentina de la inflación y el ruido, se paga caro. Y no todos pueden.
