La familia que no alcanza
Se dice que la familia es el último refugio, pero en la Argentina de estos años el refugio se parece más a un quincho prestado que a una casa propia. La clase media aprendió a desconfiar del Estado, de los medios, del vecino, y entonces se aferró a la familia como quien se aferra a un barrilete en medio de la tormenta. Pero el barrilete tiene un hilo que se corta y la tormenta no avisa.
Uno piensa en la familia y se imagina la mesa de los domingos, el asado, la discusión política que termina mal. Pero la mesa se achicó. No solo porque los hijos se van, sino porque el plato de comida cuesta el doble que el mes pasado y el sueldo no alcanza para llenarlo de promesas. La inflación no es solo un número que sale en los diarios, es un tipo callado que se sienta a la mesa y come sin pedir permiso.
Los padres de la clase media argentina se pasaron la vida escuchando que el mérito y el esfuerzo eran la llave de todo. Que estudiando y laburando duro se llegaba a algún lado. Pero la llave se rompió en la cerradura. Hoy un pibe sale de la secundaria sin saber si lo que estudió sirve para algo, y los viejos miran la jubilación como quien mira un colectivo que ya pasó. No hay mérito que aguante un 100 por ciento de inflación anual, no hay esfuerzo que pague el alquiler cuando el alquiler sube todos los meses sin avisar.
Y entonces aparece la tecnología. La inteligencia artificial promete ordenar el caos, pero lo que hace es meter más ruido. Los pibes pasan horas frente a la pantalla aprendiendo cosas que los padres no entienden, y los padres se preguntan si eso que aprenden les va a servir para algo más que para consumir. Las redes sociales venden una vida perfecta que nadie tiene, y la familia se mira al espejo y no se reconoce. La soledad ya no está en quedarse solo, sino en estar todos juntos mirando cada uno su teléfono.
La polarización política no es solo una grieta que se ve en los noticieros, es una fractura que se cuela en la cena familiar. El tío que votó a uno, la prima que votó a otro, el viejo que ya no sabe a quién votar porque todos le parecen lo mismo. La discusión ya no termina en un abrazo, termina en un silencio incómodo que dura hasta el postre. La verdad se negoció tantas veces que ya no se sabe cuál es la verdad. Cada uno tiene la suya, y la familia se convierte en un campo de batalla donde no hay vencedores, solo heridos que se sientan a la misma mesa.
La memoria también se paga. No en plata, aunque todo cuesta plata. La memoria es ese álbum de fotos que nadie imprime, ese recuerdo que se pierde cuando el abuelo muere y nadie se tomó el tiempo de escucharlo. La clase media argentina vive tan urgida por el presente que no tiene tiempo para el pasado, y el futuro es un lujo que no se puede permitir.
Y sin embargo, la familia sigue siendo el único lugar donde uno puede ser un desastre sin que lo echen. Donde la dignidad no se mide por el sueldo, aunque el sueldo ayude. Donde la moral no la dicta un algoritmo, sino un abrazo que llega a tiempo. La familia es el último refugio, sí, pero también es un campo de batalla, y a veces, lo único que queda es aprender a pelear sin matarse.
En la Argentina de la inflación, las pantallas y la polarización, la clase media busca desesperadamente un relato que la contenga. Un relato que no sea el de los medios, ni el de la política, ni el de la publicidad. Un relato que hable de lo que duele, de lo que se pierde, de lo que no alcanza. Pero el relato no llega, y entonces la familia se inventa el suyo, con los pedazos que quedan, con la memoria que se borra, con el último billete que alcanza para un kilo de pan.
Y el pan se come en la mesa de los domingos, aunque la mesa esté más chica, aunque el asado se haya vuelto un lujo, aunque la discusión política termine en silencio. Porque la familia, al final, es eso: saber que el hilo se corta, pero que vale la pena sostenerlo hasta que se rompe.
