Artículo y ensayo

El ruido de los tuyos

Entre la inflación y las aplicaciones, la clase media argentina descubre que la familia ya no es refugio sino un campo de batalla donde la polarización y el relato se sientan a la mesa.

El ruido de los tuyos

El ruido de los tuyos

En una casa de clase media, una noche cualquiera, la cena se convierte en una discusión sobre política. No es una pelea ideológica, sino un cruce de relatos que no se tocan. El padre dice que el país está perdido, que el mérito ya no existe. La madre habla de la inflación, de los precios que no cierran y de la deuda que se come el sueldo. El hijo, veintipico, sentado al borde de la silla, mira el teléfono y dice que todo es una cuestión de relato, de manipulación de los medios. La hija, más chica, cuenta que en la escuela le enseñaron a dudar de todo, incluso de lo que dice la abuela.

La abuela no dice nada. Sabe que lo que ella vivió, la memoria de los años setenta, los militares, los desaparecidos, todo eso, ya no cabe en una conversación de cuentas de Instagram. La verdad que ella conoce, o lo que cree que es verdad, se desarma frente a la velocidad de un tuit.

La familia argentina, ese invento que alguna vez fue el último refugio de la moral y la dignidad, se convirtió en un campo de batalla. No hay tiros, pero hay frases cortantes. No hay enemigos, pero hay silencios que pesan. La polarización llegó a la mesa y se sentó como un invitado incómodo, que no se va.

El Estado y la promesa vacía

La clase media siempre creyó en el Estado como un paraguas. Que si uno trabajaba, estudiaba, pagaba los impuestos, el Estado devolvía algo: educación pública, seguridad, un futuro para los hijos. Pero hoy, en la Argentina de la inflación crónica, el Estado parece una máquina de promesas rotas. La educación ya no es un ascensor social, sino un trámite. La inseguridad no es una noticia, es una rutina. El trabajo, lo que solía llamarse trabajo, se volvió un bicho raro: hay horas extras sin pagar, changas en negro, currículums que no se leen.

Y en medio de todo, el mérito. Esa palabra que usan los políticos, los gurús de las redes, los dueños de aplicaciones de delivery. Te dicen que si querés, podés. Que el esfuerzo todo lo puede. Pero nadie dice que el mérito no alcanza cuando el sueldo no llega a fin de mes, cuando el alquiler se come la mitad del ingreso, cuando la jubilación es un chiste malo. El mérito es una trampa, una forma de hacer sentir culpable al que no puede.

La máquina de la indignación

Las redes sociales, ese invento que prometía conectar a todos, terminó separando a cada uno en su burbuja. En Twitter, en Instagram, en TikTok, la indignación se volvió un combustible barato. Todos se enojan por todo. Una declaración de un político, un video de un choque, un rumor mal contado. La indignación llena la pantalla, llena el tiempo, llena la soledad. Porque solos estamos, sentados frente a la luz azul, buscando una verdad que no encontramos.

La inteligencia artificial, mientras tanto, escribe noticias, genera imágenes, organiza datos. Pero la inteligencia artificial no vive la crisis. No sabe lo que es esperar el colectivo, pagar el crédito, mirar a los hijos y no saber qué decirles. La inteligencia artificial no tiene memoria de la dictadura, no sabe lo que es un asado de los domingos, no entiende la ironía de un argentino cuando dice que todo está bien.

La identidad licuada

La clase media argentina se mira al espejo y ya no se reconoce. Antes sabía quién era: laburante, ahorrativa, con aspiraciones. Ahora no sabe si es deudora, pobre, precarizada o todo junto. La identidad se diluyó en un mar de etiquetas: emprendedor, freelancer, consumidor, usuario. Pero la dignidad, esa cosa vieja que no se mide en pesos ni en seguidores, se perdió en el camino.

La juventud, que siempre fue promesa de cambio, ahora es un campo de pruebas. Los pibes crecen con la idea de que todo es inestable, que el futuro no existe, que hay que vivir el momento. Y viven el momento: con el celular en la mano, con la app de turno, con el consumo fácil de cosas que no necesitan. La cultura del presente absoluto, sin memoria, sin proyecto, sin lazos.

Pero algo queda. En los márgenes, en las conversaciones de a dos, en los viejos que cuentan historias de cuando el país era otra cosa, hay una resistencia. No es heroica, no es épica. Es la resistencia de los que se niegan a olvidar. De los que saben que la verdad no cabe en un posteo. De los que entienden que la familia, aunque sea un campo de batalla, sigue siendo el único lugar donde se puede decir todo, o casi todo, sin filtros.

La crisis no es solo económica. Es moral, cultural, espiritual. La deuda no es solo bancaria. Es la deuda con uno mismo, con lo que se quiso ser y no se pudo. La soledad no es física. Es la soledad de estar en una mesa llena de gente y no encontrar con quién hablar de lo que realmente importa.

Pero la mesa sigue ahí. La familia sigue ahí. Y mientras haya una cena, una discusión, un silencio incómodo, hay una posibilidad. La posibilidad de que el ruido de los tuyos, ese ruido que a veces parece insoportable, sea lo único que nos salva de la máquina, del algoritmo, del olvido.

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