Artículo y ensayo

La inteligencia que no se compra

Entre la inflación y la fiebre por la inteligencia artificial, la clase media argentina descubre que el conocimiento verdadero no se descarga ni se financia en cuotas.

La inteligencia que no se compra

La inteligencia que no se compra

El otro día vi a un pibe en el subte mirando su teléfono con la cara iluminada por una app de inteligencia artificial. Le preguntó a la máquina cómo hacer un trabajo práctico sobre el peronismo y ella le devolvió un texto impecable, sin errores, sin dudas. El pibe sonrió, como si hubiera ganado algo. Después guardó el teléfono y se quedó mirando el vacío, la cabeza en otra parte. No sé si había aprendido algo, pero al menos había resuelto el problema del momento. Eso es lo que importa, parece.

La clase media argentina está acostumbrada a resolver problemas inmediatos. La inflación te obliga a pensar en el corto plazo, en el próximo aumento, en la cuota que vence mañana. No hay espacio para la reflexión, para la duda, para el pensamiento lento. Todo es urgente, todo se consume rápido, incluso el conocimiento. La inteligencia artificial llegó como una promesa de eficiencia, pero también como una trampa: te da respuestas sin preguntas, certezas sin vacilaciones. Y uno termina confundiendo información con sabiduría.

En las escuelas, los pibes ya no copian del manual, le piden a ChatGPT que les escriba la redacción. Los padres, agotados por el trabajo y los precios, celebran que los chicos terminen rápido la tarea. Después se quejan de que no saben pensar por sí mismos, pero nadie quiere sentarse a discutir un texto, a debatir una idea, a perderse en una duda. La educación se convirtió en un trámite, un producto más que se consume y se descarta. La memoria, ese músculo que antes se ejercitaba con poemas y fechas históricas, ahora se delega en un dispositivo que nunca se olvida de nada, pero tampoco entiende nada.

Y mientras tanto, las redes sociales venden la ilusión de que todos podemos ser expertos. Cualquiera opina sobre política, economía, medicina, con la misma seguridad con la que elige un par de zapatillas. La polarización no es más que la consecuencia de ese ruido: ya no discutimos ideas, confrontamos versiones prefabricadas, relatos que se compran y se venden como cualquier mercancía. La verdad se ha vuelto un producto, y como todo producto, tiene fecha de vencimiento.

Pero hay algo más profundo, algo que la inteligencia artificial no puede resolver. La soledad de la clase media no se cura con un algoritmo, ni con un like, ni con un chat automatizado. La soledad es esa sensación de estar siempre ocupado pero nunca conectado de verdad, de tener acceso a toda la información del mundo y no saber qué hacer con ella. El mérito, esa vieja promesa de que el esfuerzo individual te saca adelante, choca contra una realidad donde los sueldos no alcanzan, donde el trabajo ya no garantiza dignidad, donde el Estado parece un trámite interminable y la familia se sostiene con alambre.

La identidad también se negocia en cuotas: uno es lo que consume, lo que publica, lo que los demás ven. La imagen se edita, se filtra, se vende. La memoria se gasta en cuotas, como un electrodoméstico. Recordar duele, pero olvidar es más caro. Porque sin memoria no hay identidad, sin identidad no hay comunidad, sin comunidad no hay nada más que individuos compitiendo por sobrevivir.

El otro día, en una charla de amigos, alguien dijo que la inteligencia artificial nos va a reemplazar a todos. Otro dijo que no, que lo importante es la creatividad, la intuición, la capacidad de emocionarse. Discutieron un rato, después cada uno agarró el teléfono y se perdió en su pantalla. La conversación quedó inconclusa, como tantas cosas. Pero quizá ahí está la clave: en la inconclusión, en la duda, en el ruido de fondo que no se puede resolver con un texto generado por una máquina. La inteligencia artificial puede escribir un ensayo perfecto, pero no puede sentarse a tomar un café y preguntarte cómo estás.

En la Argentina de la inflación y las promesas incumplidas, la clase media busca atajos. Quiere respuestas rápidas, soluciones mágicas, un botón que arregle todo. Pero el conocimiento, como la dignidad, no se descarga ni se financia en cuotas. Se construye con tiempo, con errores, con preguntas incómodas. Y eso, al menos por ahora, sigue siendo cosa de humanos.

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