La grieta que no se cierra con un like
Hay una conversación que se repite en las mesas de la clase media argentina, en esas cocinas donde el gas subió otra vez y el pan no rinde como antes. Alguien dice algo sobre política, sobre el gobierno, sobre lo que haría falta. Y el otro no responde. O responde con un monosílabo. O cambia de tema. Porque la grieta ya no está solo en los medios, en los discursos de los candidatos o en los tuits que se viralizan. La grieta está ahí, en la familia, en los viejos amigos que ya no se llaman, en el grupo de WhatsApp que se silencia.
La polarización no es una novedad en Argentina. Llevamos décadas discutiendo lo mismo, pero ahora la discusión tiene un formato nuevo. Ahora se parece más a un algoritmo que a una conversación. Las redes sociales, esos espacios donde todo se dice pero nada se escucha, nos empujaron a elegir un bando y a quedarnos ahí, cómodos, calentitos, con los nuestros. No importa si el bando tiene razón o no. Lo que importa es que el otro bando es el enemigo.
Y la clase media, esa clase que siempre quiso ser el centro del relato nacional, quedó atrapada en el medio. No es que no tenga opinión. Tiene demasiadas. Pero ninguna le alcanza para pagar las cuentas. La inflación no entiende de grietas. Se come los sueldos, los ahorros, las ilusiones. Y mientras tanto, en las redes, cada uno defiende su verdad con una vehemencia que asusta. Verdad. Esa palabra que ya no significa lo que significaba. Ahora verdad es lo que te confirma lo que ya pensabas. Lo que te dice que tenés razón. Lo que te abraza en la soledad de un like.
Pero la soledad no se llena con un like. Eso lo sabe cualquiera que haya estado frente a la heladera vacía, preguntándose cómo va a hacer para llegar a fin de mes. La soledad de la clase media argentina no es la soledad de los que viven solos. Es la soledad de los que están rodeados de gente pero no se animan a decir lo que piensan. Porque decir lo que se piensa, hoy, es exponerse. Es quedar del lado equivocado. Es perder un amigo, un cliente, un familiar.
Entonces uno calla. O habla con medias palabras. O se refugia en el consumo, en esa compra que no alcanza para llenar el vacío pero que por un rato distrae. El consumo como refugio. Como identidad. Como forma de decir quién soy sin tener que decirlo. Pero el consumo también se resiente. La plata no alcanza, los precios suben, el Estado no aparece o aparece cuando menos se lo espera, para cobrar un impuesto o para prometer algo que nunca llega.
Y en ese escenario, la memoria se vuelve un lujo. Recordar lo que fuimos, lo que prometimos, lo que nos prometieron. Recordar que hubo un tiempo en que la clase media no tenía que elegir entre la dignidad y la supervivencia. Pero la memoria se gasta, se desgasta, se pierde en el ruido de las redes, en la cantidad de información que no nos deja pensar. Todo es ahora. El pasado es un archivo que se borra. El futuro, una amenaza.
La juventud, mientras tanto, crece en este mundo. Nacieron con la grieta, con la inflación, con las redes sociales que les venden una vida perfecta a cambio de un like. Para ellos, el mérito es una idea rara. Algo que se escucha en los discursos de los políticos, pero que en la práctica no funciona. Porque el mérito no paga el alquiler. El mérito no consigue un trabajo en blanco. El mérito no detiene la inseguridad que acecha en cada esquina.
Y la educación, ese viejo ascensor social, ya no sube a nadie. Se quedó en el primer piso, con las puertas abiertas, esperando que alguien invierta en ella. Pero nadie invierte. Porque la educación no es rentable a corto plazo. Porque la educación no genera likes. Porque la educación exige tiempo, paciencia, lectura, y hoy todo eso es un lujo que pocos pueden darse.
La cultura, también, se resiente. No la cultura de los grandes eventos, la de los museos, la de los teatros. Esa cultura sobrevive como puede. La cultura de la que hablo es otra. Es la cultura de la conversación, del diálogo, de la discusión honesta. Esa cultura se perdió. La reemplazamos por el monólogo. Cada uno habla de lo suyo, cada uno defiende lo suyo, cada uno cree que el otro no tiene derecho a existir.
Y sin embargo, en algún lugar, en algún momento, la grieta se cierra. No con un like. No con un tuit. Se cierra cuando dos personas se sientan a tomar un café y se miran a los ojos. Cuando alguien admite que no sabe, que duda, que tiene miedo. Cuando la verdad deja de ser un arma y se convierte en una pregunta. Eso pasa. Pasa poco, pero pasa. Y cuando pasa, uno siente que la Argentina no está tan perdida como parece.
Pero para que pase más seguido, habría que bajar un cambio. Habría que salir de las redes, apagar el teléfono, mirar al de al lado. Habría que entender que la polarización no se resuelve ganando una discusión. Se resuelve escuchando. Y eso es lo más difícil. Porque escuchar implica dejar de tener razón. Y dejar de tener razón, en un país donde todos la tienen, es casi una traición.
