Artículo y ensayo

La intimidad del ruido

En una Argentina donde la inflación y las pantallas se meten en la casa, la clase media descubre que la verdadera pelea no es solo por el sueldo sino por un poco de silencio para pensar.

La intimidad del ruido

La intimidad del ruido

La casa de la clase media argentina tiene tres piezas, un patio chico y un televisor que casi nunca se apaga. Pero el ruido no viene del televisor. Viene de todos lados: del grupo de WhatsApp del colegio, del mail del banco que avisa que el plazo fijo rinde menos que un chicle usado, de la radio que discute si el país se va a desarmar o ya se desarmó. Uno se sienta a comer y el teléfono vibra. No es un mensaje cariñoso. Es el índice de inflación. O la cuota del crédito. O la noticia de que el hijo de la vecina entró a la facultad de medicina, como si eso fuera un reproche silencioso al propio hijo que no sabe qué quiere hacer.

La polarización no es una idea abstracta. Se mete en la mesa familiar como un pariente pesado. El tío que dice que con este gobierno nos vamos todos al carajo. La prima que responde que el otro gobierno era peor. Y el padre, que trabaja doce horas en un taller de mecanizado, se queda callado porque ya no sabe qué pensar. La verdad se volvió un artículo de lujo, dicen algunos. Pero en realidad la verdad nunca fue barata. Lo que pasa es que antes uno podía darse el lujo de no pensar. Ahora no. Ahora todo el tiempo hay que elegir: a quién creer, qué compartir, si el dato de tal economista es cierto o es un verso que se armó en Twitter.

La máquina del relato

Los medios venden historias. El poder vende relatos. Y la clase media compra, pero no siempre con plata. Compra con atención. Con angustia. Con esa necesidad de entender por qué el sueldo no alcanza, por qué el hijo mira el celular y no los ojos, por qué la jubilación de la vieja no da ni para los remedios. El Estado aparece, desaparece. La deuda crece. La moral se pone en duda: es mérito o suerte, es esfuerzo o cuna, es trabajar en blanco o hacer changas. La dignidad se redefine todos los días. Antes era tener un trabajo fijo. Hoy es poder pagar el alquiler sin vender el auto.

La inteligencia artificial promete orden. Pero uno la usa para redactar un currículum o para que le explique por qué el dólar sube si el campo exporta. La máquina responde con una prosa prolija, sin ira, sin sudor. Y uno se queda con la sensación de que algo falta. La memoria, por ejemplo. La inteligencia artificial no recuerda el 2001, no sabe lo que fue hacer cola para sacar plata, no tiene idea del olor a nafta de los piquetes. La clase media sí. La clase media es un archivo vivo de crisis. Cada inflación, cada devaluación, cada promesa rota queda grabada en algún pliegue del cerebro. Y cuando aparece un nuevo plan económico, uno ya no se ilusiona. Mira, escucha, desconfía.

El trabajo y la falta de nombre

El trabajo cambió. Ya no es el oficio que se heredaba, el taller del padre, la oficina de toda la vida. Ahora se labura por apps, por horas, por proyectos. La juventud creció en esa horma. Saben de algoritmos, de edición de video, de cómo armar un perfil que venda. Pero no saben de futuros. El mérito no alcanza. La educación formal es un cheque que cada vez descuentan más bancos. Los chicos estudian, se reciben, y después mandan currículums a lugares que no contestan. La familia los mira. La familia quiere creer. Pero también sabe que el mundo no da respiro.

La inseguridad no es solo salir a la calle y que te roben. Es la inseguridad de no saber si el mes que viene vas a poder pagar el colegio privado. Es la inseguridad de pensar que el esfuerzo no garantiza nada. La moral se estira. Uno quiere ser honesto, pero la honestidad es cara. La dignidad a veces se dobla. La soledad es el precio de estar todo el día conectado. Las redes sociales muestran vidas perfectas: viajes, cenas, cuerpos entrenados. Y uno mira su propia vida, con sus deudas y sus renuncias, y siente que no da la talla. Pero no es que uno no dé la talla. Es que la talla es mentira.

La identidad como resistencia

En medio de todo eso, la identidad se vuelve un acto de resistencia. Saber quién es uno, de dónde viene, qué quiere, no es fácil cuando el mundo te pide que seas otra cosa todo el tiempo. La memoria familiar es un ancla. Los abuelos que vinieron de Italia, de España, del interior. Los que laburaron la tierra o pusieron un almacén. Esa historia no aparece en los algoritmos. No se puede procesar con inteligencia artificial. Se transmite en las comidas, en los mates, en los silencios. Y cuando todo parece derrumbarse, esa memoria es lo único que queda firme.

La clase media argentina no es heroica. No tiene épica. Tiene cansancio, pero también tiene una ternura rara, una capacidad de reírse de lo que le duele. Sabe que el país es un lío, que la política miente, que la economía no cierra. Pero igual pone la pava al fuego, igual manda a los chicos a la escuela, igual paga la cuota del crédito. No es optimismo. Es otra cosa. Es saber que si uno no hace el intento, no queda nada.

El ruido no se va a ir. Las pantallas van a seguir encendidas. La inflación va a seguir apretando. Pero uno puede aprender a escuchar distinto. A elegir qué entra y qué no. A poner el teléfono boca abajo mientras come. A mirar la cara del otro antes de cruzar la noticia. La verdad no está en los tuits ni en los discursos. Está en lo que uno hace con lo que le toca. Y en eso, la clase media argentina es experta. No porque quiera, sino porque no le queda otra.

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