La lengua que no se rinde
Hay una escena que se repite en las mesas de los bares de Buenos Aires, en las cocinas de los departamentos de la clase media, en los grupos de WhatsApp que nunca descansan. Alguien dice algo y el otro salta: eso no es así. Y entonces arranca la discusión. No sobre el precio del pan ni sobre el último aumento del colectivo, sino sobre las palabras mismas. Sobre qué significa realmente libertad, mérito, verdad. Sobre quién tiene derecho a decir qué cosa.
La lengua argentina está en terapia intensiva. No es una metáfora bonita, es una observación concreta: el lenguaje se ha convertido en un campo de batalla donde cada término vale oro y al mismo tiempo no vale nada. Porque si todos usamos las mismas palabras para decir cosas opuestas, entonces las palabras se vacían. Se vuelven cáscaras. Y la clase media, que siempre tuvo en el lenguaje su herramienta más fina, su manera de distinguirse, de negociar, de sobrevivir, ahora se queda sin piso.
Recuerdo una conversación con un señor mayor en una cola del banco. Me dijo: antes uno sabía lo que era ser pobre. Había hambre, había frío, había calles de tierra. Ahora no se sabe. Y no era nostalgia lo que tenía, era un desconcierto genuino. Porque cuando las categorías se rompen, cuando llamamos crisis a cualquier cosa y mérito a cualquier logro, la realidad se vuelve líquida. Y en la Argentina líquida, la clase media flota sin timón.
Las redes sociales tienen buena parte de la culpa, claro. Pero no toda. Las redes aceleraron el proceso: hicieron que cada opinión sea un producto, que cada discusión sea un espectáculo, que cada desacuerdo sea una guerra. Pero el germen ya estaba. Estaba en la inflación que todo lo relativiza: si el dinero vale cada vez menos, ¿por qué las palabras valdrían algo? Estaba en la política, que convirtió el relato en una máquina de construir realidades paralelas. Estaba en la educación, que dejó de enseñar a discutir para enseñar a denunciar.
El otro día vi a un pibe en el subte, no tendría más de veinte años, mirando el teléfono con los ojos fijos. Se reía solo. Después se ponía serio. Después escribía algo rápido, con los dedos que volaban. Se estaba peleando con alguien que no estaba ahí. Esa es la soledad del polemista digital: discutís con un fantasma, ganás discusiones que nadie pierde, convencés a los que ya están convencidos. Y después cerrás la app y te quedás con la sensación de que no pasó nada. Pero algo pasó: se erosionó la capacidad de escuchar, de dudar, de cambiar de opinión.
La clase media argentina siempre tuvo una relación compleja con la verdad. No es un pueblo de santos ni de cínicos. Es un pueblo que aprendió a sobrevivir entre mentiras oficiales y promesas incumplidas. Pero había un límite: había cosas que no se decían, o que se decían en voz baja. Ese límite se rompió. Ahora todo se dice, todo se grita, todo se tuitea. Y la verdad, esa palabra que parecía sólida, se convirtió en una mercancía más. Se compra, se vende, se cambia por un like.
No es solo un problema de la política. Es un problema cultural, moral, doméstico. En las familias, las discusiones sobre el pasado se han vuelto imposibles. Cada uno tiene su memoria, su relato, su lista de agravios. Y la memoria, que debería ser un puente, se ha convertido en un muro. Los hijos discuten con los padres, los hermanos con los hermanos. No sobre el futuro, que es incierto, sino sobre el pasado, que ya no es lo que era.
Hay un cansancio que no se mide en horas de sueño sino en la cantidad de veces que uno tiene que explicarse. Explicar por qué votás lo que votás, por qué comprás lo que comprás, por qué vivís donde vivís. Explicar tu identidad, tu moral, tu lugar en el mundo. Y la clase media, que siempre tuvo la virtud de la ambigüedad, de la negociación, del como si, ahora se ve obligada a definirse. A tomar partido. A elegir un bando. Y en esa polarización forzada, la dignidad se vuelve un lujo.
Porque la dignidad, en este contexto, ya no es un valor que se ejerce: es un precio que se paga. O callás o gritás. O te alineás o te silencian. O te convertís en un personaje de tu propia vida, con un perfil de Instagram, un discurso de domingo, una coherencia de plástico. O te borrás. Y la mayoría, claro, se borra. No por cobardía, sino por fatiga. Porque sostener la propia voz en medio del ruido exige una energía que la inflación, el trabajo precario, la incertidumbre cotidiana van consumiendo.
Lo curioso es que la inteligencia artificial, esa gran novedad que promete resolver todo, no hace más que profundizar el problema. Porque si una máquina puede escribir como un humano, ¿qué valor tiene lo que decimos? Si un algoritmo puede generar un relato verosímil, ¿cómo distinguimos la verdad de la ficción? No es una pregunta técnica: es una pregunta moral. Y la clase media argentina, que siempre confió en el lenguaje como herramienta de ascenso, de distinción, de supervivencia, ahora se encuentra con que el lenguaje ya no es suyo.
Pero hay algo que la máquina no puede hacer, al menos por ahora: vivir las contradicciones. La clase media argentina es un tejido de contradicciones. Quiere orden pero desconfía de la autoridad. Cree en el mérito pero sabe que el sistema está arreglado. Defiende la libertad pero necesita al Estado. Esa complejidad, esa incomodidad de no encajar del todo en ningún relato, es lo que la hace humana. Y es lo que la salva.
El otro día, en una plaza, escuché a una madre decirle a su hijo: no importa lo que digan los demás, importa lo que vos pensás. Y el nene la miró con los ojos grandes, como si acabara de descubrir un secreto. Tal vez eso sea lo único que queda: la confianza en la propia palabra, en la mirada propia, en esa voz interna que no se deja comprar ni vender. En una época donde todo es ruido, escucharse a uno mismo es un acto de resistencia.
No se trata de ganar la discusión. Se trata de no perder la lengua. De que las palabras sigan siendo nuestras, con todas sus imperfecciones, sus dobleces, sus contradicciones. Porque al final, lo único que tenemos para decir quiénes somos es eso: un puñado de palabras que no se rinden.
