La manipulación que se cuela en la receta del domingo
El domingo a la tarde, en la cocina de un departamento de Flores, una mujer busca en YouTube cómo hacer una salsa boloñesa con la mitad de la carne. El video se llama "Comida gourmet con bajo presupuesto". Mientras pica la cebolla, el celular, apoyado contra el azucarero, reproduce un anuncio de un candidato que promete bajar la inflación. Ella no le da pausa. Sigue picando. Esa escena, mínima, contiene más verdad sobre el poder y la manipulación que un discurso de dos horas en el Congreso. La clase media argentina ya no debate ideas en el café, las recibe empaquetadas entre un tutorial de economía doméstica y un reel que le dice cómo debe sentirse.
El relato en la pantalla chica
La tele grande del living está apagada. El poder ya no habla desde ahí. Se filtró a las pantallas chicas, a las que se miran con un ojo mientras la otra mano revuelve la olla. Los medios tradicionales gritan, pero su grito es un ruido más en una cacofonía perfectamente orquestada. El verdadero relato, el que cala, es el que llega por goteo: un mensaje de un grupo de padres del colegio quejándose de la cuota, un video de un economista joven explicando la dolarización con dibujitos, un meme sobre el "mérito" que muestra a un tipo estudiando de noche para ganar dos pesos más. Esa es la nueva pedagogía del poder. No necesita convencerte, solo necesita que repitas el chiste.
La familia, ese reducto que antes era territorio de discusiones acaloradas sobre política, ahora negocia en silencio. El padre revisa una app de cotizaciones. La hija adolescente sube una story donde se queja de todo, pero con una canción de moda de fondo. La madre calcula si con lo que sobra de la boloñesa puede armar algo para el lunes. La conversación se murió, reemplazada por una ansiedad compartida que se comunica con suspiros y con el clic de las notificaciones. La polarización no es solo entre peronistas y antiperonistas, es entre el que cree que puede escapar por una beca al exterior y el que sabe que su mundo termina en la General Paz.
La inteligencia artificial y el espejismo de la conexión
Mientras tanto, la tecnología vende conexión y entrega soledad. Los algoritmos de las redes sociales, esa inteligencia artificial que nos estudia más que cualquier sociólogo, nos muestran un país a medida. A uno, pura crisis y desesperanza. A otro, puro emprendedurismo y oportunidades. Dos Argentinas paralelas que se ignoran en el feed. La juventud navega este mar de datos buscando una identidad, pero solo encuentra tribus. La cultura ya no se construye en el barrio o en la escuela, se descarga en paquetes de estética: la ropa, la música, las frases para poner en la biografía. La memoria, la de los abuelos que hablaban de otro país, queda guardada como una foto borrosa en la nube, inútil para explicar por qué un kilo de tomates cuesta lo que cuesta.
El trabajo perdió su halo de dignidad. No es un proyecto, es una carrera por llegar a fin de mes sin ser atropellado. El mérito es una palabra incómoda, como un mueble viejo que nadie se anima a tirar pero que estorba. Se la menciona en los discursos, pero en la práctica es un chiste privado. El que "triunfa" es mirado con una mezcla de admiración y sospecha. ¿A quién habrá cagado? ¿Qué atajo tomó? El Estado, por su parte, se volvió una presencia abstracta y a la vez omnipresente. Es la app que no funciona, el subsidio que llega con suerte, la sensación de que hay un poder que decide, pero cuyas caras son intercambiables y sus promesas, descartables.
La verdad como artículo de lujo
En este contexto, la verdad se convirtió en un artículo de lujo. No es que no exista, es que resulta demasiado costosa de obtener. Exige tiempo, energía y un desgaste emocional que una persona que hace tres horas de cola para pagar las boletas no puede permitirse. Entonces, se delega. Se acepta la verdad prefabricada que mejor se adapte al dolor de cabeza de cada uno. La manipulación ya no es burda, es un servicio. Te ofrece un relato cómodo, una explicación sencilla para un malestar complejo. La inseguridad no es un problema social, es culpa de tal juez. La inflación no es un fenómeno mundial, es culpa de tal ministro. Es más fácil odiar a una persona que a un sistema.
Al final del domingo, la salsa boloñesa queda bien. Rinde para cuatro comidas. Es un triunfo pequeño, concreto, innegable. En la mesa, por un rato, se habla de eso. De la receta, de un truco con el tomate. Es un momento de tregua. Después, cada uno volverá a su pantalla, a su burbuja de noticias y entretenimiento, a su soledad poblada de voces que le dicen quién es y qué debe pensar. La crisis argentina ya no es solo una cuenta en rojo. Es la lenta y eficiente privatización de la realidad. Cada familia, cada individuo, termina armando la suya con los retazos que le tiran desde el poder, mientras intenta, contra toda esperanza, mantener intacto el sabor de una comida compartida.
