Artículo y ensayo

La máquina de la identidad

Entre la inflación que licúa los ahorros y las pantallas que moldean quiénes somos, la clase media argentina negocia a diario con una pregunta incómoda: qué queda de uno cuando todo se vuelve consumo.

La máquina de la identidad

La máquina de la identidad

La última vez que fui a la casa de mi tía Elena, en un barrio que todavía no se rindió del todo a los countries, encontré un sobre de cartón en la mesa del comedor. Adentro tenía facturas impagas, un recibo de sueldo de su hija y un papelito doblado donde alguien había anotado el precio del kilo de asado en tres carnicerías distintas. Ella lo llamó "el archivo". Yo pensé que era el resumen de una vida partida al medio.

No es casual que la clase media argentina viva ordenando papeles. La inflación no solo desordena precios; desordena la memoria. Uno ya no sabe cuánto valía algo la semana pasada ni cuánto va a valer la próxima. Entonces agarra un lápiz y anota, como si escribir pudiera fijar el mundo. Pero el mundo no se fija; se mueve todo el tiempo. Y lo que anotamos ayer ya no sirve hoy.

En esa misma mesa, la hija de mi tía, veintipico, revisaba Instagram con el ceño fruncido. No miraba fotos de amigos ni memes; miraba una cuenta que vende ropa usada, otra que promete cursos de coaching ontológico, otra que muestra el antes y el después de una pileta climatizada. Deslizaba el dedo como quien pasa las páginas de un catálogo infinito. En su cara se leía el mismo gesto que su madre ponía al calcular cuánto le quedaba para el resto del mes. La ansiedad de elegir sin tener con qué.

Hay algo que no se dice mucho sobre la identidad en la Argentina de hoy: se compra y se vende como cualquier otra cosa. No me refiero a la identidad digital, ese fantasma que los medios y el Estado discuten como si fuera un problema técnico. Me refiero a la identidad de todos los días, a eso que uno cree que es y que de pronto descubre que necesita una cuota mensual para sostenerse. La clase media ya no se define por lo que hace ni por lo que estudió ni por el barrio donde creció. Se define por lo que consume. Y consume, sobre todo, imágenes de sí misma.

Las redes sociales son el gran escenario de esa puesta en escena. Ahí uno no es lo que es; es lo que muestra. Y lo que muestra tiene que encajar en un relato que los demás puedan entender. El relato de la familia unida, del esfuerzo que rinde frutos, del finde de descanso merecido. Pero la familia se desarma en silencio, el esfuerzo rinde cada vez menos y el finde se pasa mirando el celular para ver qué hicieron los otros. Entonces uno publica una foto de un plato de comida o un atardecir desde la ventana y, por un rato, la grieta se tapa. Pero no se cierra.

La polarización política tiene mucho de eso. No es solo que unos piensen distinto que otros; es que cada grupo necesita su propio relato para sostenerse. Un relato que explique por qué las cosas están como están y por qué, si uno hace lo correcto, las cosas deberían mejorar. Pero la realidad se empecina en no seguir el guion. La inflación no respeta ideologías. La inseguridad no distingue entre los que militan y los que no. La soledad no se cura con un like.

Me acuerdo de una nota que leí hace años, sobre un tipo que había perdido el trabajo y se pasaba las tardes en un ciber, armando su perfil de Facebook. No tenía plata para pagar el internet en su casa, pero sí para pagar el ciber dos horas por día. Necesitaba que los demás lo vieran existir. Necesitaba que su identidad no desapareciera del todo. Hay algo de dignidad en eso, supongo. Pero también hay una trampa: uno se vuelve dependiente de la mirada ajena para saber que existe.

El Estado, mientras tanto, habla de educación, de mérito, de oportunidades. Pero el mérito en la Argentina actual es un chiste de mal gusto. No porque no existan personas esforzadas; existen. Sino porque el esfuerzo no alcanza cuando el contexto te empuja para abajo. Un pibe que estudia toda la noche y al otro día se encuentra con que el boleto subió el doble no está compitiendo en igualdad de condiciones. Y la escuela, que alguna vez fue el gran igualador, hoy reproduce las diferencias con la misma eficacia que un algoritmo de Instagram.

La inteligencia artificial, ese nuevo fetiche, promete ordenar el caos. Pero el caos no se ordena; se administra. Y la Argentina es un país de administradores improvisados, de gente que hace malabares con los números para llegar a fin de mes. La IA va a llegar como llegó el celular: primero como un lujo, después como una necesidad, y al final como una nueva forma de endeudarse. Porque todo en este país termina en una cuota.

Vuelvo a la casa de mi tía. El sobre de cartón sigue en la mesa. La hija ya se fue a dormir. La tele está prendida en un canal de noticias donde dos tipos discuten sobre si el gobierno anterior fue peor que el actual. Mi tía los mira sin escucharlos. Sabe que el problema no es quién gobierna sino cómo se gobierna la propia vida cuando todo se desarma. Apaga la tele y se queda un rato en silencio. Afuera se escuchan los perros ladrar. Mañana va a ser otro día igual, con otro precio del asado y otra promesa que no se cumple.

La identidad, al final, es eso: el sobre de cartón que uno guarda en la mesa del comedor. Lo único que no se puede comprar ni vender. Lo único que, si uno lo pierde, ya no lo encuentra ni en el mercado más grande del mundo.

Seguir leyendo

Artículos relacionados

La gestión de la soledad

La gestión de la soledad

Entre la inflación que todo lo encarece y las redes que venden conexión, la clase media argentina descubre que la soledad se ha vuelto otro gasto a administrar.

clase media soledad inflacion
El consumo de la identidad

El consumo de la identidad

En la Argentina de la inflación y las redes sociales, la clase media ya no compra solo productos: compra una imagen de sí misma, en un mercado donde la identidad se negocia como cualquier bien.

clase media identidad consumo
La herencia que no se ve

La herencia que no se ve

Entre la inflación que todo lo desordena y las redes sociales que imponen su propia versión de los hechos, la clase media argentina descubre que la verdadera herencia no es económica: es la memoria y la identidad que se transmiten en silencio.

clase media memoria identidad