El consumo de la identidad
En un país donde todo se mide en pesos que se desinflan, la clase media descubrió que la identidad también tiene precio. No es nuevo: siempre se compró un auto para ser alguien, una casa para sentirse seguro. Pero ahora el negocio es más fino. Se compra un relato, un filtro de Instagram, una postura política que funcione como un abrigo en la heladera de la crisis.
La polarización no es solo un fenómeno de la política: es una forma de consumo. Uno elige un bando como elige un shampoo, por la promesa de resultado. Y el resultado no es la verdad, sino la pertenencia. En las redes, donde la soledad se disfraza de comunidad, la identidad se vuelve un producto más. Se vende en cuotas, se descarta cuando pasa de moda.
La inflación, ese monstruo cotidiano, no solo desordena los precios: desordena las certezas. La clase media, que construyó su moral sobre el mérito y el esfuerzo, se encuentra con que el mérito no alcanza. Que la educación, ese viejo ascensor social, ya no sube a nadie. Que el trabajo, incluso cuando hay, ya no da dignidad sino apenas un ingreso que se licúa antes del fin de mes.
Entonces, ¿qué queda? Queda la identidad. Pero no una identidad sólida, de esas que se heredaban de los padres, sino una identidad líquida, que se arma y se desarma como un perfil de Tinder. Uno es lo que consume, lo que comparte, lo que indigna. Y la indignación, en las redes, es el mejor negocio: genera clics, genera adhesión, genera un sentido de pertenencia que la vida real ya no da.
El Estado, mientras tanto, parece un pariente lejano al que uno recurre solo cuando la cosa está muy mal. Pero la cosa ya está mal, y el Estado no alcanza. No alcanza para frenar la inflación, no alcanza para garantizar la educación que prometía el mérito, no alcanza para construir una identidad colectiva que no sea la de la queja.
La memoria, ese otro bien escaso, también se consume. Se elige qué recordar, qué olvidar. Se construye un pasado que justifique el presente, como si la historia fuera una playlist que uno arma para la ocasión. Y en ese juego, la verdad se vuelve un lujo. No porque no exista, sino porque no conviene. La verdad no genera likes. La verdad no vende.
La inteligencia artificial, el nuevo fetiche, promete ordenar el caos. Pero el caos no es técnico: es humano. La inteligencia artificial no va a resolver la soledad, ni la crisis de identidad, ni la sensación de que todo se desarma. Al contrario: va a acelerar el consumo de identidades prefabricadas, de relatos hechos a medida para cada usuario.
En ese escenario, la clase media argentina negocia a diario con su propia imagen. Se mira al espejo y no se reconoce. Entonces compra algo: un curso, un electrodoméstico, una idea. Algo que la devuelva a una versión de sí misma que ya no existe. Pero la versión anterior era más sólida, menos ansiosa. La versión anterior no necesitaba comprar una identidad porque la identidad se heredaba, se construía en el barrio, en la escuela, en el trabajo.
Ahora la identidad se negocia en un mercado donde el precio lo pone el algoritmo. Y el algoritmo no sabe de dignidad. Sabe de engagement, de permanencia, de clics. Entonces uno se vuelve lo que el algoritmo premia: indignado, polarizado, consumidor de una imagen que no es la propia.
Pero hay algo que el algoritmo no entiende: la necesidad de verdad. No la verdad absoluta, sino la verdad chica, la de todos los días. La que se dice en una conversación sin apuro, la que se construye con el otro, no contra el otro. Esa verdad no se vende, no se compra, no se negocia. Esa verdad es lo único que queda cuando la inflación se lleva todo, cuando las redes se apagan, cuando uno se queda solo con su celular en la mano y el vacío de haberse convertido en lo que consumió.
La clase media argentina, esa que siempre supo que la dignidad no se vende, ahora aprende que la identidad tampoco. Pero el aprendizaje duele. Duele porque implica renunciar a la comodidad de un relato prefabricado, a la pertenencia fácil de un bando, a la ilusión de que la solución llega en un envase. Duele porque implica construir desde el desorden, desde la crisis, desde la certeza de que no hay atajos.
En un país donde todo parece estar en oferta, la identidad es el único bien que no tiene descuento. Y eso, paradójicamente, es una buena noticia.
