Artículo y ensayo

La máquina de la indignación

Entre el ruido de las redes y la inflación que no afloja, la clase media argentina descubre que la indignación se ha vuelto un combustible más confiable que cualquier promesa política.

La máquina de la indignación

La máquina de la indignación

Hay una escena que se repite en cualquier café de Buenos Aires a media tarde. Alguien mira el teléfono, frunce el ceño, y suelta un comentario que no busca ser escuchado sino apenas verificado: "No puede ser". La frase ya no viene seguida de una discusión sino de un silencio. Porque la indignación, en la Argentina de 2025, se ha vuelto un gesto automático, casi un tic. Uno ve la noticia, el meme, el video del político que dice una cosa y hace otra, y el cuerpo reacciona antes que la cabeza. El problema es que después no pasa nada.

La clase media, ese fantasma que los economistas citan sin poder definirlo, aprendió a vivir en la tensión permanente. Entre la inflación que licia el sueldo y la deuda que se acumula como una segunda sombra, el mérito dejó de ser una brújula. Quien estudió, quien laburó doble turno, quien hizo todos los deberes, descubre que el ascensor social no funciona. Y entonces la bronca se vuelve el único lujo accesible. Es gratis, no pide trámite y se comparte en las redes sin costo adicional.

Pero la indignación tiene un precio. Cuando todo indigna, nada indigna de verdad. La polarización política encontró en ese mecanismo una máquina perfecta: cada bando alimenta la furia del otro, y ambos se retroalimentan sin necesidad de confrontar los problemas reales. La grieta no es una diferencia de ideas, es un negocio. Un negocio de clics, de ratings, de discursos que prometen soluciones pero entregan apenas un poco de adrenalina.

La verdad como mercancía

En ese paisaje, la verdad se ha vuelto un producto más. Circula en formatos breves, se consume rápido y se olvida al día siguiente. Las redes sociales no premian la profundidad sino la velocidad. Quien llega primero con la interpretación más cruda se queda con el relato. Y el resto repite, comparte, se enoja. La memoria, ese lujo que algunos todavía ejercen, se atrofia en el vértigo de la novedad constante.

La juventud crece en ese ecosistema. No es que sean apáticos ni que no tengan ideales. Es que el ideal se ha vuelto difuso cuando todo lo que prometió el mundo adulto se derrumbó antes de que pudieran agarrarlo. El trabajo estable, la casa propia, el futuro previsible. Todo eso suena a cuento de abuelos. Lo que queda es la supervivencia diaria, el consumo inmediato, la identidad armada con fragmentos que vienen y van según la tendencia del momento.

El Estado y la soledad

El Estado aparece en ese panorama como una figura contradictoria. Se lo reclama cuando falta, se lo acusa cuando sobra. La clase media lo mira con desconfianza porque aprendió que las promesas suelen durar menos que la nafta en el tanque. Pero también sabe que sin alguna red, la caída es directa al pozo. La soledad del que se cree autosuficiente choca contra la realidad de los precios que suben y los ingresos que no alcanzan.

La moral, entonces, se reacomoda. Lo que antes se juzgaba como oportunismo ahora se llama astucia. Lo que parecía dignidad se vuelve tozudez. La familia, ese refugio clásico, se transforma en una cooperativa de emergencia donde todos ponen y todos sacan. Los hijos se van, los padres envejecen, y el afecto se mide también en plata que falta.

La inteligencia artificial como espejo

Mientras tanto, la inteligencia artificial avanza y promete reemplazar oficios, escribir discursos, diagnosticar enfermedades. Pero en la Argentina de la inflación y la incertidumbre, la pregunta no es si la máquina va a pensar mejor que nosotros sino si va a indignarse también. Porque la indignación, esa chispa humana que mueve masas y derriba gobiernos, sigue siendo un misterio que ningún algoritmo puede replicar del todo. Quizás por eso la cuidan tanto los que viven de ella.

No hay un cierre posible porque la historia no termina. La clase media sigue ahí, mirando el teléfono, frunciendo el ceño, preguntándose cuándo va a dejar de ser el combustible de una máquina que no controla. Pero mientras tanto, sigue pagando las cuentas, criando hijos, y esperando que el próximo video, la próxima noticia, la próxima promesa, sea diferente. Aunque sepa, en el fondo, que lo único que cambia es el formato de la indignación.

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