Artículo y ensayo

La máquina de la indignación

Entre la inflación y el ruido de las aplicaciones, la clase media argentina descubre que la indignación se volvió un combustible barato: lo que circula no es información, sino furia envasada.

La máquina de la indignación

La máquina de la indignación

En la fila del supermercado, un tipo mira el teléfono y aprieta los dientes. El precio del aceite subió otra vez, pero eso no es lo que lo enfurece. Lo que lo tiene al borde del insulto es un video de quince segundos donde un funcionario dice exactamente lo contrario de lo que dijo la semana pasada. Lo comparte sin verificar, lo comenta con tres signos de exclamación, y sigue de largo. La ira ya está servida.

Algo raro pasa con la indignación en la Argentina de estos días. No es que falten motivos para enojarse: la inflación carcome el bolsillo, la inseguridad entra por la ventana como un rumor que nadie termina de confirmar, la educación pública parece un experimento del que nadie se hace cargo. Pero la furia ya no nace de la experiencia directa. Nace de un posteo, de un tuit mal leído, de un audio reenviado veinte veces. La indignación se ha vuelto un producto más, y como todo producto, tiene su cadena de producción, su logística y su fecha de vencimiento.

Las redes sociales no inventaron la bronca, claro. Pero la perfeccionaron. Le pusieron algoritmo, le ajustaron el timing, le encontraron el punto justo de intensidad para que el dedo se mueva solo. Un escándalo fabricado dura lo que tarda en llegar el próximo. La memoria del enojo es cada vez más corta. Uno se despierta furioso por una declaración política y se acuesta olvidándose de qué se trataba, reemplazado por otra polémica más fresca. La moral se vuelve un mecanismo de reacción en cadena.

En las mesas familiares, la cosa se complica. Antes la discusión política se zanjaba con un café o con un silencio incómodo. Ahora cada comida es una cámara de eco donde rebotan los mismos argumentos que vinieron de la misma fuente. La polarización no es un desacuerdo, es una coreografía. Cada uno sabe su papel, repite su parte, y al final nadie escuchó a nadie. La soledad de la clase media no es la de estar solo, sino la de estar rodeado de gente que habla desde un guión que no escribió.

Y sin embargo, la vida sigue. El trabajo no espera. La hipoteca no se toma un respiro porque haya estallado un escándalo virtual. La clase media argentina aprendió a convivir con la contradicción de estar indignada todo el día y seguir pagando cuentas como si nada. Esa doble vida, la del ciudadano furioso y el consumidor estoico, es quizás la verdadera crisis. Porque la indignación envasada no cambia precios, no frena desalojos, no mejora la escuela. Solo ocupa un lugar que antes ocupaba otra cosa: la esperanza, quizás, o la paciencia.

La inteligencia artificial, mientras tanto, aprende a imitar esa furia. Los bots escriben comentarios más hirientes que los humanos. Los algoritmos detectan qué enojo vende más y lo multiplican. La verdad se convierte en un concepto elástico: vale lo que dure en trending topic. Y en el medio, la gente común trata de distinguir lo real de lo fabricado, lo que importa de lo que solo distrae. Cada vez es más difícil.

El mérito, esa palabra que tanto se usa, también se resiente. Porque si la indignación se compra y se vende como cualquier otra cosa, entonces el esfuerzo de estar informado, de pensar con cabeza propia, de sostener una posición sin gritar, se vuelve un lujo que pocos pueden pagar. La dignidad, en este contexto, es casi un acto de resistencia: negarse a compartir la bronca del día, elegir la duda antes que la certeza instantánea.

La Argentina de la inflación y las aplicaciones no es solo un país de precios que suben. Es un país donde la atención se agotó antes que la paciencia. Donde las familias se sientan a cenar con el televisor de fondo y cada uno mira su propia pantalla. Donde la memoria es frágil porque el ruido no para. Y donde, a veces, lo único que queda es preguntarse si esta indignación que sentimos es nuestra o nos la prestaron hasta que llegue la próxima noticia.

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