La moral que se ajusta en el supermercado
El carrito chirría en el pasillo de lácteos, un sonido metálico y cansado. La mano de Laura se detiene entre dos potes de yogur, el de marca conocida y el blanco, más barato. No es solo una diferencia de pesos, es un cálculo rápido que incluye la lealtad a una empresa que despidió a medio pueblo, la textura que prefieren los chicos y la cuenta del colegio que vence el jueves. La elección dura quince segundos. El pote blanco cae en el carrito con un golpe sordo. Esa es la política ahora, la geopolítica de la góndola, donde se firman tratados de paz con la propia dignidad.
En la caja, mientras los productos pasan por el lector óptico con un pitido agudo, Laura mira la pantalla. Los números suben como un termómetro de una fiebre que no baja. Piensa, sin querer, en la palabra mérito. La tenía clara a los veinte, cuando estudiaba y creía que el esfuerzo era una línea recta hacia algo. Ahora, a los cuarenta y siete, el mérito es un billete que se moja en el bolsillo. Lo trabajás, lo ganás, y cuando lo sacás ya perdió valor. El Estado, ese ente abstracto del que se habla en las noticias, se hace concreto en este momento: es el IVA que suma en cada producto, es el subsidio que ya no llega, es la sensación de que alguien, en algún lado, tomó una decisión que resonó aquí, en la fila del supermercado, con el bolsillo más liviano.
El relato en la mesa de luz
Por la noche, la familia se reúne frente a un plato de comida que parece más chico cada semana. El hijo mayor, de diecinueve, habla de un trabajo que encontró por una red social, entregando pedidos. Dice que la inteligencia artificial del sistema le asigna los recorridos, que es como un juego, pero Laura ve el cansancio en sus ojos. La educación, esa promesa que colgaba en la pared con los diplomas, ahora se mide en la capacidad de descifrar una app. Del otro lado de la mesa, su marido revisa el celular. En la pantalla se amontonan notificaciones de medios digitales, cada uno con un titular distinto sobre la misma deuda, la misma crisis, la misma grieta. La verdad se partió en mil pedazos y cada pedazo tiene un dueño. La manipulación ya no es algo burdo, viene envuelta en el algoritmo que te muestra lo que querés ver, en el audio de WhatsApp que confirma tu peor sospecha, en la sensación de que ya no hay un hecho, solo versiones enfrentadas.
Esta polarización no es solo política, es íntima. Se cuela en las charlas con el hermano que piensa distinto, en el silencio pesado que cae después de mencionar al gobierno. La familia, ese último refugio, se volvió un campo minado donde se discute con tiento, para no romper lo que queda. La soledad no es la de estar solo, es la de estar rodeado de gente con la que ya no se puede hablar de lo único que importa.
La identidad a precio de oferta
¿Qué queda de la identidad de clase media cuando los pilares se desmoronan? El trabajo ya no asegura la dignidad, el consumo se volvió un acto de estrés, y la cultura, ese conjunto de símbolos y gustos que nos definían, ahora es un lujo que se pospone. La memoria ayuda poco. Los padres de Laura hablaban de la hiperinflación como un monstruo vencido, una anécdota de otro tiempo. Ahora el monstruo volvió, pero trajo amigos: la inseguridad de caminar por la cuadra, la inseguridad de no llegar a fin de mes, la inseguridad de un futuro que se achica día a día.
Los jóvenes, como su hijo, navegan este desastre con una pragmática fría. Para ellos, la moral es flexible, un instrumento de supervivencia. No hay tiempo para grandes relatos, para ideologías de manual. Hay que pagar el celular, ayudar en la casa, intentar que algo sobre. El poder, ese que se discute en los estudios de televisión, les resulta tan lejano como la geopolítica de una guerra en otro continente. El poder real está en la empresa de delivery que les puede cortar el trabajo con un cambio en el algoritmo, en el banco que les sube la tasa de la tarjeta, en la sensación de que son datos en un sistema, no ciudadanos.
En las redes sociales, esa vitrina de vidas perfectas, la clase media argentina exhibe los restos de su dignidad. Una foto de un café en un bar lindo, un viaje a la costa que costó un año de ahorros, un meme sobre la inflación para reírse del dolor. Es un performance constante, un intento de decir "acá estoy, todavía puedo, todavía soy". Pero detrás de la pantalla, la cuenta es simple: los ingresos de un lado, la deuda del otro, y en el medio, una persona tratando de armar un relato coherente con piezas que no encajan.
Al final del día, Laura guarda las compras. Cada producto en su lugar, un acto de orden en medio del caos. Piensa en la palabra ajuste. No es solo lo que hace el gobierno con los números fríos, es lo que ella hizo hoy en el supermercado, es lo que hace con sus expectativas, con sus sueños, con su idea de lo que es una vida justa. La crisis argentina ya no es un evento económico, es un estado permanente del alma. Una negociación diaria, silenciosa, en la que se canjea un pedazo de moral por un litro de leche, un poco de verdad por un momento de paz, y la identidad entera por la posibilidad de llegar, una vez más, a fin de mes.
