Artículo y ensayo

El relato que se desarma en la cola del supermercado

Mientras espera para pagar, una mujer revisa su carrito y sus certezas. La política discute en los estudios, pero la verdad se escribe en los tickets que no alcanzan.

El relato que se desarma en la cola del supermercado

El relato que se desarma en la cola del supermercado

La mujer apoya las dos manos en el carrito, como si temiera que se fuera a escapar. Mira la fila, calcula. Delante, un hombre revisa su billetera con una lentitud que parece un desafío. En la cinta negra, los productos avanzan de a uno: un paquete de fideos, un sachet de leche, un limón. La cajera pasa cada ítem con un bip seco, implacable. En la pantalla, los números saltan. La mujer no mira la pantalla. Mira el carrito, lo que dejó afuera. El queso, el yogur, el segundo limón. Sabe, sin mirar, la cifra final. Sabe que va a tener que decir ‘sáqueme esto’, con una voz que intentará que suene natural, como un simple cambio de opinión. En ese gesto, en esa pequeña humillación doméstica, se desarma cualquier relato que venga de la televisión, de las redes, del discurso oficial. La verdad, la única que no admite discusión, está ahí, impresa en un ticket de cincuenta centímetros que no alcanza.

El ruido de fondo

En el living, la tele sigue encendida. Un panelista habla de disciplina fiscal, otro de derechos adquiridos. Las palabras rebotan en las paredes, se mezclan con el olor a comida recalentada. Los chicos están en su cuarto, metidos en un videojuego o en un hilo de TikTok donde alguien explica, con seguridad de oráculo, por qué todo está mal y quién tiene la culpa. Es un ruido constante, un zumbido que llena los espacios vacíos. La familia ya no debate política en la mesa, discute estrategias. Qué tarjeta tiene mejor promoción, en qué día la carne está más barata, si conviene pagar la luz ahora o esperar a la próxima factura. La política como épica se convirtió en logística de supervivencia. El poder ya no es una idea abstracta, es el tipo que fija el precio de la leche y el que decide cuánto vale tu hora de trabajo.

La clase media argentina aprendió a traducir todo a esa unidad de medida inestable, el peso que se derrite entre las manos. La educación de los hijos ya no es un proyecto de futuro, es un gasto que hay que priorizar mes a mes. La inseguridad no es solo el miedo al chorro en la esquina, es la vulnerabilidad de saber que un robo te puede dejar sin el celular que necesitás para trabajar, sin la computadora donde estudian tus hijos. La deuda no es un número en un papel del banco, es la mirada que evadís cuando te preguntan si podés salir el finde. Es la herencia silenciosa que le dejás a los pibes: la intuición de que el mundo es un lugar donde siempre falta algo.

La dignidad en cuotas

El mérito, esa palabra que sonaba a himno, ahora suena a chiste privado. Vos te levantás a las seis, trabajás ocho, nueve, diez horas, estudiás, te capacitás, hacés todo lo que te dijeron que había que hacer. Y al final del mes, el número en la cuenta es el mismo, pero alcanza para menos. La relación entre esfuerzo y recompensa se quebró. No es una crisis, es un cambio de reglas de juego. La promesa era clara: estudia, trabaja, sé responsable, y progresarás. Ahora, esa misma conducta apenas te permite aferrarte al borde, evitar la caída. La dignidad, antes un estado natural, ahora es un lujo que se paga en cuotas. Y muchas veces, ni eso.

En este paisaje, las redes sociales son a la vez refugio y campo de batalla. Son el lugar donde proyectás la vida que querés tener, la identidad que aún podés elegir. Subís una foto de un café en una plaza linda, recortás el contexto de veredas rotas y negocios cerrados. Es un acto de resistencia, pero también de ficción. Ahí, en ese mundo paralelo, la polarización es un deporte sangriento. Te agrupás con los que piensan como vos, despreciás a los otros, convertís la complejidad en un meme. Es más fácil. La soledad del living encuentra un eco en la tribuna digital. Pero al rato, tenés que apagar el teléfono y volver al carrito del supermercado, a la cuenta que no cierra, a la conversación familiar que gira en torno a lo que no se puede comprar.

La memoria que se ajusta

¿Y el Estado? Para muchos, es una voz lejana que anuncia medidas incomprensibles, un ente que te exige pero no te contiene. Una sombra que cobra impuestos por todo, hasta por la luz del sol, pero que se esfuma cuando necesitás una escuela digna, un hospital que no sea una posta de guerra, una calle segura. La desconfianza es el cemento que une los ladrillos de la realidad cotidiana. Cualquier anuncio se filtra con el tamiz del escepticismo: ‘A ver cuánto dura’, ‘A ver a quién beneficia en realidad’.

La manipulación ya no es algo burdo, es sutil. Está en el algoritmo que te muestra solo lo que confirma tus prejuicios. En el titular que exagera para capturar tu clic. En el relato político que habla de ‘la gente’ como una masa abstracta, nunca de la señora que en la caja del súper devuelve un limón para poder pagar. La verdad se volvió esquiva, un animal herido que corre entre los cerrojos de las noticias contradictorias y la experiencia propia que duele.

La identidad argentina, esa cosa grandilocuente de la que se hablaba en los actos escolares, se reformula en los gestos mínimos. En la solidaridad de prestar una herramienta al vecino aunque no te lleves bien. En el humor negro con que comentás la desgracia. En la terquedad de seguir mandando a los hijos al colegio, aunque el edificio se caiga a pedazos, porque la educación sigue siendo, a pesar de todo, el único mapa que tenés para darles. En el instinto de proteger a la familia, ese núcleo último de certeza en un mundo que se desdibuja.

La mujer, al fin, llega a la caja. La cajera, con una mirada que ha visto esta película mil veces, espera. ‘Sáqueme el queso, por favor’, dice la mujer, y su voz no tiembla. Es un acto de pudor, de mantener las formas. Afuera, la ciudad sigue su ritmo. Los políticos seguirán discutiendo en la pantalla, los analistas desgranando teorías. Pero la contabilidad real, la que define la moral, la cultura, el trabajo y la soledad de un país, ya se hizo. Se hizo en silencio, entre el bip de la lectora y el roce del nylon del bolsillo que se lleva, una vez más, un poco menos de lo planeado.

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