Artículo y ensayo

La política que se mira desde la vereda de enfrente

En los bares de barrio, mientras el país discute en las pantallas, la clase media observa el poder con una distancia nueva, como si la política fuera un espectáculo que ya no le pertenece.

La política que se mira desde la vereda de enfrente

La política que se mira desde la vereda de enfrente

El hombre apoya el codo en la mesa de formica y mira la pantalla del televisor colgado en la pared. En la pantalla, dos personas discuten sobre el futuro del país. El hombre da un sorbo a su café, ya frío, y mira hacia la calle. Es un gesto que se repite en muchos bares, en muchas veredas. Una desconexión. La política sucede ahí, en ese rectángulo de luz, pero la vida, la de verdad, transcurre acá, en esta mesa, con este café que no alcanza para despertar del todo. La clase media argentina aprendió a mirar el poder desde la vereda de enfrente, con las manos en los bolsillos, sin prisa por cruzar.

El ruido y la furia que ya no convencen

Hubo un tiempo en que las palabras de los políticos tenían un peso concreto. Prometían un camino y, aunque fuera pedregoso, uno podía creer que existía. Hoy, el relato se desgrana en miles de fragmentos contradictorios que llegan por el celular, la tele, la radio del auto. Un aluvión de manipulación tan evidente que produce más cansancio que indignación. La gente distingue, en el fondo, el mecanismo. Sabe que la verdad oficial es solo una versión más, útil para algún lado, y que la otra verdad, la de la oposición, suele ser su reflejo invertido, igual de estridente. La polarización no es una grieta que divide, es un show montado para que miremos hacia allí mientras en otra parte se reparten lo que queda.

En la mesa de al lado, una mujer joven escribe en su laptop. Trabaja. Su trabajo ya no tiene la solidez del empleo de sus viejos, es un conjunto de tareas dispersas, proyectos freelance, pagos en dólares que se licúan al tocarlos. Habla de mérito con ironía, porque sabe que el esfuerzo individual es una moneda devaluada en una economía de casino. La inflación no es un número, es la sensación de que el mes se acorta, de que las metas se alejan aunque corras más rápido. El Estado, ese ente abstracto del que tanto se habla en la pantalla, para ella es una burocracia lenta que a veces pone un palo en la rueda y otras ni siquiera aparece.

La familia como último reducto

Frente a la intemperie de lo público, la familia se convirtió en el bunker. No el modelo ideal de los anuncios, sino el armatoste real, con discusiones por la plata, parientes que ayudan o estorban, silencios que dicen más que las palabras. Es donde se negocia la moral del día a día: hasta dónde se cede, qué principio se flexibiliza para llegar a fin de mes, qué dignidad se defiende a rajatabla. Ahí, en el comedor, se hereda la deuda. No la del FMI, sino la otra: la de los sueños postergados, la de la educación que no pudo ser, la de la casa que nunca se construyó. Una memoria íntima de la crisis que los discursos públicos nunca nombran.

Los hijos, la juventud, navegan este paisaje con un mapa distinto. Su educación formal se mezcla con el autodidactismo de YouTube y los tutoriales. Su identidad se construye entre el barrio y los algoritmos de las redes sociales, que les muestran un mundo de consumo inalcanzable y al mismo tiempo les ofrecen comunidades para la soledad que a veces trae el living vacío. Hablan de inteligencia artificial con naturalidad, como de un vecino nuevo, sin el temor reverencial de los mayores. Para ellos, el futuro no es una promesa, es un problema técnico a resolver, un código que hay que hackear para sobrevivir.

Los medios y el arte de distraer

Los medios, esos que antes ordenaban la realidad en noticias de ayer, hoy y mañana, son ahora parte del barullo. Contribuyen al ruido. Un titular grita inseguridad, otro anuncia un acuerdo económico, un tercero muestra el último escándalo. Es imposible armar un rompecabezas con piezas que cambian de forma cada media hora. Entonces, la gente elige. No elige un partido, elige a qué prestarle atención hoy. Y muchas veces elige apagar. La desconfianza hacia la gran narrativa es total. Se confía más en el comentario del carnicero, en el dato que pasa un amigo por WhatsApp, en la propia experiencia torcida de la cola del banco.

Desde la vereda de enfrente, la política parece un juego de intereses ajenos. Una pulseada por el poder que se desarrolla en una esfera separada de la vida concreta. La cultura nacional, esa que se suponía unificadora, se fragmentó en mil culturas de nicho, gustos personales que se consumen en streaming. Ya no hay un gran relato argentino, hay millones de historias pequeñas, algunas heroicas, muchas tristes, todas luchando por no ser anegadas por la marea de los números y los debates estériles.

El hombre del bar paga su café. En la tele, el debate sigue. Él ni siquiera le baja el volumen. Sale a la vereda, mira el cielo, calcula si llegará a casa antes de que caiga la lluvia. Toma una decisión práctica, inmediata. Es el tipo de decisión que ahora caracteriza a la clase media: cortoplacista, sobreviviente, con los pies en la tierra mojada de la realidad. Cruzar la calle, meterse en su mundo. Dejar que el espectáculo del poder siga su curso, allá, en la pantalla, sin él. No es apatía. Es el aprendizaje duro de quien entendió que, a veces, para cuidar lo poco que queda, lo mejor es quedarse mirando desde la otra acera.

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