Artículo y ensayo

La promesa que se desvanece

Entre la inflación que todo lo erosiona y las redes que todo lo simplifican, la clase media argentina descubre que la promesa del mérito ya no alcanza para sostener la dignidad ni la identidad.

La promesa que se desvanece

La promesa que se desvanece

En la mesa de un bar de Palermo, un hombre de unos cuarenta años mira el teléfono y suspira. La cuenta llega a 12.000 pesos por dos cafés y una medialuna. Hace un año, con esa plata llenaba el tanque del auto. Hoy, apenas le alcanza para una charla de media hora. Afuera, la calle está llena de carteles de ofertas, promociones, descuentos. Pero nadie se engaña: el consumo es un espejismo, una carrera donde la meta se corre cada vez más lejos.

La clase media argentina vive en un estado de perplejidad constante. No es la crisis clásica, esa que se ve venir con los precios desbocados y los sueldos congelados. Es otra cosa, más sutil, más honda. Es la sensación de que el contrato social se rompió sin aviso. El que estudiaba, trabajaba y ahorraba esperaba algo a cambio: un piso firme, un futuro previsible. Pero el Estado ya no garantiza nada, o garantiza poco, y lo que promete se diluye en la burocracia y la inflación.

El mérito y la trampa

Se habla mucho del mérito en estos días. En las redes, en los discursos políticos, en las charlas de oficina. La idea de que el que se esfuerza llega. Pero en la Argentina de hoy, el mérito se parece a una lotería. Un joven ingeniero puede ganar lo mismo que un repartidor de apps si no consigue un buen contacto. La educación, que fue durante décadas el ascensor social, ahora es un requisito que no asegura nada. Las universidades públicas forman profesionales sólidos, pero el mercado los recibe con pasantías mal pagas y contratos precarios.

La familia, ese refugio clásico, también se resquebraja. Los padres ya no pueden prometerles a los hijos un mundo mejor. Les ofrecen contención, afecto, pero no certezas. Y los hijos, atrapados entre la exigencia de ser exitosos y la evidencia de que el éxito es una quimera, se refugian en las pantallas. Las redes sociales les muestran vidas perfectas, viajes, cenas, cuerpos esculpidos. Pero la realidad es otra: la soledad de un sábado a la noche, el ruido de los algoritmos, la sensación de que la vida verdadera pasa en otro lado.

La polarización como consuelo

La política, en lugar de ofrecer respuestas, se convirtió en un ring. La grieta no es solo ideológica, es emocional. Cada cual elige su relato y se aferra a él como a un salvavidas. La verdad se volvió una cuestión de fe, no de hechos. Un dato puede ser verdadero o falso según quién lo cuente y dónde se publique. Los medios, antes faros de credibilidad, ahora son trincheras. La manipulación es moneda corriente, y la gente lo sabe, pero elige creer lo que le da consuelo o furia.

La memoria, ese otro pilar, también está en crisis. Se recuerda lo que conviene, se olvida lo que duele. Los jóvenes no saben qué pasó en 2001, y los mayores prefieren no contarlo. La historia se reduce a un clip de TikTok, a un meme, a una frase hecha. La identidad, que antes se construía con relatos compartidos, ahora se arma con likes y seguidores. Ser es aparecer. Existir es ser visto.

La dignidad que se escurre

En este paisaje, la dignidad se vuelve un lujo. No la dignidad de los grandes discursos, sino la cotidiana: la de poder pagar las cuentas sin angustia, la de mirar a los hijos a los ojos y no mentirles, la de sentarse a la mesa sin que el pan se haya encarecido. La clase media argentina, que siempre se enorgulleció de ser el motor del país, ahora se siente un estorbo. Ni pobre ni rica, está en el medio, flotando, sin piso firme.

La inseguridad no es solo callejera. Es la inseguridad de no saber si el trabajo va a durar, si el alquiler va a subir, si el dinero alcanzará para fin de mes. Es la inseguridad de no tener un plan B, de estar siempre al borde del abismo. Y en ese vacío, crecen los discursos autoritarios, las promesas de orden, la tentación de entregar la libertad a cambio de seguridad.

La inteligencia artificial, mientras tanto, avanza. Se habla de ella como una promesa de eficiencia, de progreso. Pero para muchos, es otra amenaza. Un algoritmo que decide quién merece un crédito, quién es apto para un trabajo, quién es sospechoso. La máquina no tiene piedad, no entiende de contextos, de historias personales. Solo mide, compara, descarta. Y la clase media, que siempre confió en la razón y el esfuerzo, se encuentra frente a un juicio sin apelación.

En ese bar de Palermo, el hombre paga la cuenta y sale a la calle. Camina rápido, con la cabeza gacha. No mira los carteles de ofertas. Ya no cree en las promesas. Sabe que el mérito, la verdad, la identidad, son palabras que se llevó el viento. Lo que queda es el día a día, la lucha chica, la dignidad de seguir adelante aunque todo esté roto. Y eso, quizás, sea lo único que aún vale la pena.

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