La trampa del relato
Hay un momento en que uno se sienta a mirar el noticiero y no sabe bien qué está viendo. No es la primera vez que pasa, claro. En Argentina uno aprende a desconfiar de las palabras desde chico. Pero ahora es distinto. Ahora el relato no viene solo del Estado ni de los medios: lo construimos entre todos, like a like, compartiendo notas que no leemos, indignándonos a horario.
La clase media, ese animal mitológico que todos invocan pero nadie define, está atrapada en una telaraña de versiones. La inflación no es solo un número que sube: es un gimnasio de la paciencia. Cada semana aparece un dato nuevo, un índice, una promesa. Y uno sale a comprar lo que puede antes de que el precio cambie otra vez. Pero lo que cambió de verdad no es el valor de las cosas. Es la confianza en que las cosas valgan algo.
La deuda como espejo
La deuda es el tema que no se termina. No hablo solo de la externa, la del Fondo, la que los políticos se pasan como una papa caliente. Hablo de la deuda chica, la de todos los días. La del plástico que se estira hasta fin de mes, la del crédito que prometía alivio y terminó siendo una soga. La clase media argentina sabe de deudas: las hereda, las paga, las renegocia. Pero hay una deuda más silenciosa, que es la que uno tiene con uno mismo. La de haber creído que si laburaba duro, las cosas iban a funcionar.
El mérito es un consuelo bonito. Te lo venden en las escuelas, en los discursos de fin de año, en los tutoriales de LinkedIn. Pero acá, en la tierra del sálvese quien pueda, el mérito choca con la realidad. Un amigo que estudió cinco años, que se recibió con honores, termina manejando un Uber porque no hay trabajo de lo suyo. Otro, que no terminó el secundario, se armó un emprendimiento digital y vive mejor. La pregunta incómoda no es si el mérito existe. La pregunta es si el sistema está diseñado para premiarlo o para simularlo.
La educación en el molinete
La educación, que fue el ascensor social de los abuelos, hoy es un pasaje incierto. Los padres hacen malabares para pagar la cuota del colegio privado, porque el público, dicen, ya no da garantías. Pero el privado tampoco, si uno mira bien. Los chicos aprenden a navegar algoritmos antes que a dividir por dos cifras. La inteligencia artificial les resuelve la tarea en segundos. ¿Para qué estudiar, si el celular lo sabe todo? La pregunta ofende, pero está ahí. Y la respuesta no es sencilla.
En las redes, la verdad se parece cada vez más a un producto. Hay versiones para todos los gustos. Si querés creer que la inflación es culpa de los políticos, encontrás un canal que te lo confirme. Si preferís pensar que es un complot global, también. La manipulación ya no necesita ser burda: alcanza con repetir una idea hasta que suene natural. La polarización no es un accidente: es un negocio. Cuanto más enojado estés, más tiempo pasás mirando la pantalla. Y mientras mirás, no ves lo que pasa en la vereda de enfrente.
El trabajo y la soledad
El trabajo también cambió. Ya no es el lugar donde uno pasa ocho horas y después se va a la casa. Ahora el trabajo se mete en la cama, en la mesa, en el fin de semana. Los que pueden, laburan desde casa, pero la casa se vuelve oficina y la oficina se vuelve casa, y al final uno no sabe bien dónde termina cada cosa. La soledad se cuela por la rendija: más tiempo frente a la pantalla, menos tiempo con los otros. La familia, ese refugio que se daba por sentado, a veces se vuelve otro frente de batalla. Las discusiones por política, por plata, por cómo criar a los chicos, se parecen cada vez más a los comentarios de Twitter.
Y sin embargo, la gente sigue. Va al supermercado, compara precios, busca ofertas. Se ríe de un meme, se enoja con un posteo, se toma un café con un amigo. La dignidad no es una palabra grande: es poder mirar a los ojos sin tener que bajar la cabeza. Es pagar el alquiler a tiempo, aunque duela. Es no tener que pedir prestado para llegar a fin de mes. Eso, que parece poco, es mucho.
La identidad, en este ruido, se vuelve una pregunta abierta. ¿Quién es uno cuando no está consumiendo una serie, una noticia, un producto? ¿Qué queda cuando apagamos el teléfono? La memoria, antes un archivo ordenado, ahora es un collage de fragmentos. Recordamos lo que nos conviene, lo que nos calma, lo que nos indigna. La historia se reescribe a diario, según el humor del momento.
El poder, mientras tanto, mira desde arriba. Sabe que el relato es la última mercancía. Y que mientras discutimos si la verdad existe, alguien la está vendiendo al mejor postor.
