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La verdad en cuotas: cómo se paga una mentira dicha en cuotas

Cuando una afirmación pública se repite lo suficiente, deja de importar si era cierta. Un recorrido por la fabricación del relato, la memoria corta y el costo de acostumbrarse a que nos mientan con prolijidad.

Artículo del autor29.10.2026

La verdad en cuotas: cómo se paga una mentira dicha en cuotas

Hay una escena que se repite en cualquier sobremesa argentina: alguien dice un dato, otro lo corrige, y el primero contesta «bueno, algo así era». La conversación sigue. Nadie vuelve atrás. La corrección se evapora como el hielo en el vaso. Esa escena mínima, doméstica, es también el modelo de buena parte de la discusión pública. La verdad circula, pero en cuotas. Y las cuotas nunca se terminan de pagar.

No hace falta ir a un caso puntual para verlo. Alcanza con prestar atención al modo en que se instala una idea. Primero aparece en un titular. Después en un mensaje reenviado. Más tarde en la boca de alguien que no leyó el titular pero escuchó a alguien que sí. Cuando la idea llega al tercer o cuarto eslabón, ya tiene vida propia. Preguntar por la fuente suena a agresión. Pedir precisión suena a pedantería.

La manipulación más eficaz no es la que inventa de cero: es la que exagera un dato verdadero hasta que se vuelve falso sin dejar de parecer plausible. Un número real, estirado un poco. Una cita real, recortada en el lugar justo. Un contexto que se omite con elegancia. No hay mentira completa, hay una verdad deshilachada. Y esa clase de verdad es más difícil de desarmar que una mentira entera, porque siempre queda un pedazo que resiste y se agita como bandera.

El relato como moneda

En Argentina tenemos una relación particular con el relato. Lo nombramos, lo desconfiamos, lo usamos. Sabemos que existe una construcción de sentido por detrás de cada discurso, y aun así caemos una y otra vez en la tentación de creer que el relato es cosa del otro. El relato propio, en cambio, lo llamamos sentido común. La memoria funciona igual: recordamos lo que conviene y olvidamos con una prolijidad sospechosa.

Los medios y las redes no inventaron esa costumbre, pero la aceleraron. Antes, una versión tardaba días en instalarse. Ahora tarda minutos, y en ese vértigo la verificación pierde la carrera. Cuando el desmentido llega, el daño ya está hecho. Y el desmentido, además, tiene mala prensa: se lee como defensa de parte, como excusa, como intento de tapar algo. La verdad se volvió un trámite lento en una época que premia la velocidad.

Hay algo de dignidad en ese terreno. Porque sostener una verdad incómoda, una que no conviene al propio grupo, exige un esfuerzo que la polarización no recompensa. La polarización premia lo contrario: repetir lo que ya piensa el costado propio, aunque sea falso, porque corregir al aliado se vive como traición. Y ahí la moral se vuelve selectiva. Nos indigna la mentira ajena con una intensidad que no le dedicamos a la propia.

La inflación de las palabras

La inflación no es solo un fenómeno económico. Las palabras también se gastan. «Crisis», «ajuste», «verdad», «pueblo», «merito», «dignidad»: términos que circulan tanto que terminan valiendo menos. Cuando todo es crisis, nada lo es. Cuando todos apelan a la verdad, la palabra deja de orientar. Esa inflación del lenguaje es funcional al poder: si las palabras no significan nada estable, quien controla el significado controla el terreno.

Y ahí aparece la inteligencia artificial, que no inventó la manipulación pero le dio una escala nueva. Un texto generado puede repetir una versión con una prolijidad infinita, sin cansancio, sin contradicción, adaptándose al registro de cada público. No hace falta un ejército de operadores: alcanza con un sistema que redacte con la suficiente soltura como para parecer humano. El problema no es que la máquina mienta. El problema es que ya no podemos distinguir con comodidad quién habla, y esa duda erosiona la confianza en cualquier voz.

La juventud creció en ese paisaje. Aprendió antes a desconfiar del mensaje que a verificarlo. Sabe que una imagen puede ser falsa, que un audio puede estar editado, que un video puede ser otro. Esa sospecha generalizada tiene algo sano: protege. Pero también tiene algo corrosivo: si todo puede ser falso, nada exige ser creído. Y sin creencia compartida no hay conversación posible, solo una suma de trincheras.

Lo que se paga sin darse cuenta

El costo de acostumbrarse a la mentira prolija no se ve en una factura. Se ve en cosas chicas. En la familia que evita ciertos temas para no pelear. En el trabajo donde nadie dice lo que piensa por miedo a quedar afuera. En la escuela donde el pibe aprende que la respuesta correcta importa menos que la respuesta esperada. En la soledad de quien dejó de discutir porque discutir ya no cambia nada.

La Argentina tiene una relación intensa con la esperanza y con la desilusión, y esa alternancia cansa. Pero hay una diferencia entre desconfiar de un gobierno y desconfiar del lenguaje. La primera es política. La segunda es una forma de intemperie. Cuando ya no sabemos qué significa lo que se dice, el poder gana un margen que no necesita explicar: puede hacer y desdecirse con la misma soltura, porque el público ya no exige coherencia.

Imaginemos una situación hipotética: una persona recibe un mensaje que le confirma todo lo que ya sospechaba. No lo verifica porque coincide con su enojo. Lo comparte. Al otro día, alguien le muestra que era falso. Se encoge de hombros y dice «igual, algo de eso hay». Ese «algo de eso hay» es la grieta más profunda, más que cualquier diferencia política. Es la rendición anticipada a la idea de que la verdad es una cuestión de conveniencia.

No se trata de exigir pureza ni de creer que existe una versión limpia de los hechos. Toda versión tiene un recorte, un interés, una mano que la elige. Pero hay una diferencia entre un recorte honesto y una fabricación. Y esa diferencia, mínima, es la que sostiene la posibilidad de vivir juntos sin tener que mentirnos todo el tiempo.

La pregunta que queda no es quién miente. Es cuánto estamos dispuestos a pagar por la comodidad de no preguntar. Porque la mentira en cuotas siempre tiene un plan de pago, y la última cuota la paga alguien que ni siquiera participó de la compra.

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