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Los pliegos que ya no se leen en voz alta

En la Argentina de la crisis, la palabra empeñada perdió su lugar. Una reflexión sobre cómo el ruido digital y la desconfianza erosionan la verdad, y qué queda cuando ya nadie lee los pliegos en voz alta.

Artículo del autor10.10.2026

Los pliegos que ya no se leen en voz alta

En los pueblos, antes, el pregonero leía los bandos municipales en la plaza. La gente se juntaba a escuchar, porque la palabra era el único medio. No había diarios, ni radio, ni mucho menos redes. El que leía tenía una autoridad prestada por el cargo, pero también por el gesto: se paraba frente a todos, desplegaba el papel y leía en voz alta. Nadie dudaba de lo que decía, porque el acto mismo de leer era una garantía. Hoy no hay pregoneros, pero seguimos necesitando creer en alguien. El problema es que ya no sabemos en quién.

La Argentina vive una crisis de confianza que excede lo económico. No es solo la inflación, la deuda o el dólar. Es la sensación de que las palabras se gastaron. Los políticos hablan y la gente escucha con escepticismo. Los medios informan y muchos desconfían. Las redes sociales amplifican todo, pero también mezclan verdad con rumor, dato con opinión, noticia con chimento. En ese ruido, la figura del pregonero se multiplicó hasta el infinito: cada uno lee su propio pliego, y nadie tiene la autoridad para decir cuál es el verdadero.

El relato como moneda de cambio

En la política argentina, el relato dejó de ser una herramienta para convertirse en un fin. Ya no importa tanto lo que se hace, sino cómo se cuenta. Y en esa lógica, la verdad se vuelve un accesorio. La manipulación no es nueva, pero ahora es más sofisticada y más rápida. Un video editado, un tuit sacado de contexto, una cadena de WhatsApp pueden instalar una versión en minutos. Desmentirla lleva días, y a veces no alcanza. La mentira viaja más rápido que la rectificación, y eso tiene consecuencias concretas: se erosiona la confianza en las instituciones, en los medios, en los otros.

La clase media, esa franja que durante décadas se pensó como el corazón del país, hoy mira el panorama con desconcierto. No solo por la crisis económica, que golpea el consumo y el trabajo, sino por una crisis de sentido. La moral se vuelve un campo de batalla: unos reclaman mano dura, otros piden empatía; unos defienden el mérito, otros denuncian privilegios. En el medio, la familia y la educación intentan sostener valores que ya no son evidentes. Los chicos aprenden a convivir con la inteligencia artificial, que les da respuestas sin esfuerzo, pero también les enseña que la verdad es relativa, que todo se puede editar, que la memoria es un archivo que se puede borrar con un clic.

La inseguridad de no saber qué creer

La inseguridad no es solo el miedo a que te roben en la calle. Es también la inseguridad de no saber si lo que te dicen es cierto. Es la sensación de que cualquiera puede mentir impunemente, y que no hay instancia que lo corrija. En ese vacío, la polarización se vuelve un refugio: si no puedo creer en nada, me aferro a mi tribu. Y la tribu me da un relato, un enemigo, una identidad. Pero también me aísla, me encierra, me vuelve sordo a lo que no sea mi propia voz. La soledad, paradójicamente, crece en medio del ruido.

Imaginemos una situación hipotética: en una casa de barrio, una madre le pide a su hijo que le explique por qué en las noticias dicen una cosa y en las redes dicen otra. El hijo, adolescente, no sabe qué responder. Podría decirle que depende de a quién le creas, que no hay una verdad única, que cada medio tiene su interés. Pero eso no la tranquiliza. La madre quiere una respuesta clara, como las que daba el pregonero en la plaza. Y no la hay.

La tecnología, que prometía democratizar la información, terminó fragmentándola. Ahora cada uno tiene su propia versión de los hechos, y los algoritmos nos encierran en burbujas donde solo escuchamos lo que queremos escuchar. La inteligencia artificial, que podría ayudarnos a verificar datos, también puede generar noticias falsas más creíbles que las verdaderas. La manipulación se vuelve industrial. Y en ese contexto, la dignidad de decir la verdad, de sostener la palabra, se vuelve un acto casi heroico.

Pero no todo está perdido. Hay gestos mínimos que resisten. Un docente que insiste en enseñar a leer críticamente, una familia que apaga el celular en la mesa, un vecino que todavía saluda y pregunta cómo estás. Son formas de recuperar la confianza, de reconstruir ese tejido que el ruido rompió. No alcanzan para cambiar el país, pero marcan un límite. Son como los pliegos que ya no se leen en voz alta, pero que algunos guardan en un cajón, por si algún día vuelven a hacer falta.

La pregunta, entonces, no es quién tiene la verdad, sino si estamos dispuestos a escuchar. A escuchar al otro sin descalificarlo de antemano, a chequear antes de compartir, a admitir que no sabemos todo. En un país donde la palabra se devaluó como el peso, recuperar la credibilidad es un desafío colectivo. Y quizás empiece por un gesto simple: leer en voz alta, para que otros escuchen, y después discutir. Como en la plaza, pero sin pregonero.

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