La verdad que se pierde en el ruido
Hay una escena que se repite en los barrios de clase media de Buenos Aires, en las colas del supermercado o en la sala de espera del médico. Dos personas discuten sobre política, pero no se escuchan. Cada una tiene su teléfono en la mano, como un escudo, y repiten frases que escucharon en la radio o que leyeron en un tuit. No discuten para convencer al otro. Discuten para confirmar lo que ya saben. Es un ritual de afirmación, no de diálogo.
La polarización no es un invento argentino, pero acá encontró un terreno fértil. La inflación, la deuda, la inseguridad, el trabajo que ya no alcanza para vivir: todo eso alimenta un relato que se divide en dos bandos, como si la realidad fuera un partido de fútbol. Y en el medio, la clase media, esa que siempre creyó que el mérito y el esfuerzo eran la llave, se encuentra atrapada entre la angustia del día a día y la necesidad de pertenecer a algo.
Lo curioso es que esa pertenencia ya no se construye en la mesa familiar, como antes, cuando los domingos se discutía de política con el asado y algún tío terminaba yéndose enojado. Ahora la discusión se trasladó a los grupos de WhatsApp, a los comentarios de Facebook, a los hilos de Twitter. Y ahí, en ese espacio sin cuerpo ni tono, la verdad se vuelve maleable. Cada uno elige la suya, como quien elige un combo en una app de comida.
La tecnología prometió conectarnos, pero terminó encerrándonos en burbujas. La inteligencia artificial, los algoritmos, las redes sociales: todo está diseñado para darnos más de lo mismo, para que nunca nos enfrentemos a una idea que nos incomode. Y en un país donde la inflación te cambia el precio del pan de un día para el otro, donde la educación pública se defiende con uñas y dientes pero cada vez más chicos se van a la escuela privada, donde la inseguridad te obliga a mirar dos veces antes de sacar el teléfono en la calle, esa comodidad cognitiva es un lujo que no podemos pagar.
Había una vez una idea de verdad que venía de afuera, de los diarios, de la radio, de la escuela. Se podía confiar o no, pero al menos había un intento de construir un relato común. Eso se rompió. Ahora cada medio, cada influencer, cada canal de YouTube te ofrece su propia versión de los hechos. Y la gente, cansada, elige la que menos le duele. La que confirma que el otro es el culpable, que el Estado es un desastre o que el mercado es una estafa. La que le devuelve un poco de dignidad en medio de la soledad.
Porque la soledad es otra de las marcas de esta época. No la soledad física, sino esa sensación de que nadie entiende lo que uno vive. El que labura en blanco y no llega a fin de mes. El que estudió una carrera y termina haciendo rappi. El que cuida a sus padres viejos y no tiene tiempo para nada. Todos están solos en su lucha, y las redes sociales, lejos de aliviar eso, lo potencian. Mostrarse feliz en Instagram mientras se pide un préstamo para pagar las cuentas. Eso también es una forma de manipulación, aunque sea autoinfligida.
La moral del mérito, ese discurso que dice que si te esforzás lo suficiente vas a triunfar, se derrumba frente a la evidencia. Un país con inflación del 100% anual, con un mercado laboral que no genera empleo de calidad, con una educación que se cae a pedazos, no premia el esfuerzo. Premia la astucia, la herencia, el contacto. Y la clase media, que siempre creyó en ese pacto implícito entre trabajo y recompensa, se siente estafada.
Pero no hay una salida fácil. La grieta no se cura con un discurso moderado ni con un llamado a la unidad. La grieta es un síntoma de algo más profundo: la falta de un relato que contenga a todos, que dé sentido al sacrificio, que devuelva la confianza en que el futuro puede ser mejor. La memoria, esa que debería recordarnos de dónde venimos, se quema en el buzón de voz de un teléfono que ya no usamos. Y la identidad, esa pregunta sobre quiénes somos como país, queda atrapada entre la nostalgia de un pasado que no vuelve y la urgencia de un presente que no espera.
Lo único cierto, en medio de todo este ruido, es que la verdad se ha vuelto un lujo. Y como todo lujo en Argentina, cada vez más caro. Mientras tanto, seguimos eligiendo nuestra propia versión, como quien elige una película en Netflix. Y nos sentamos a ver cómo el mundo se quema, sin mover un dedo, porque al fin y al cabo, cada uno tiene su verdad. Y eso, en el fondo, es lo más triste de todo.
