Artículo y ensayo

La verdad que no se negocia

Entre la inflación y las redes sociales que venden certezas, la clase media argentina descubre que la verdad ya no se busca: se compra, se descarta o se reemplaza por un relato más cómodo.

La verdad que no se negocia

La verdad que no se negocia

La verdad es como el pan. Cuando falta, se nota en todo. Cuando sobra, nadie la mira. En la Argentina de estos años, la verdad se fue convirtiendo en un bien escaso, algo que se negocia entre la inflación y el último tuit del presidente. La clase media, que siempre creyó en el mérito y en el esfuerzo como caminos rectos, ahora descubre que el camino es curvo, y que la verdad, si existe, está en algún lado, pero no en los medios, ni en las redes, ni en los discursos políticos.

Uno podría pensar que la verdad es un concepto filosófico, algo para debatir en un café o en un aula. Pero acá, la verdad se mide en pesos. O en dólares, que es lo mismo. Cuando el sueldo no alcanza para llenar el changuito, la verdad del supermercado es una sola: todo subió. Pero esa verdad choca con la que venden los gobiernos, que insisten en que la inflación es un fenómeno global, una herencia maldita, un complot de los fondos buitre. Y uno, que quiere creer, termina escuchando a todos, aunque ya no confíe en nadie.

Las redes sociales agrandan el problema. Ahí cada uno es su propio canal de noticias, su propio juez y su propio verdugo. La verdad se fragmenta en miles de versiones, cada una con su ejército de seguidores. No hay hecho que no tenga dos o tres interpretaciones. No hay crisis que no se explique desde la izquierda o desde la derecha, desde el relato K o desde el relato anti K. Y la clase media, que siempre se enorgulleció de pensar por sí misma, termina atrapada en una burbuja, escuchando solo lo que confirma lo que ya piensa.

Pero hay una verdad que no se negocia. Esa que se impone cuando uno llega a fin de mes y no le alcanza. Cuando el pibe no entiende la tarea de matemática y la escuela no da respuestas. Cuando la inseguridad no es un tema de estadísticas sino de miedo concreto, de saber que salir a la calle es una lotería. Esa verdad no tiene likes ni se twittea. Es la que duele, la que obliga a preguntarse si todo este ruido no es una forma de tapar lo que realmente pasa.

La polarización, ese deporte nacional, se alimenta de la falta de verdad. Porque si no hay hechos compartidos, lo único que queda son las identidades políticas, las camisetas. Y la clase media, que antes se definía por su trabajo, por su casa, por el auto, ahora se define por su enojo. El enojo es la moneda corriente. Enojo con los políticos, con los medios, con el vecino que piensa distinto. Enojo con uno mismo, también, por no haber visto venir todo esto.

La inteligencia artificial, mientras tanto, promete ordenar el caos. Pero no ordena nada. Aprende de lo que ya existe, de nuestros prejuicios, de nuestras contradicciones. Así que lo que devuelve es un espejo: la verdad que le pedimos, no la verdad que necesitamos. Y en un país donde la memoria es frágil y el pasado se reescribe cada cuatro años, la inteligencia artificial no es una solución: es un síntoma más de una sociedad que no sabe qué hacer con sus propios fantasmas.

La familia, ese refugio clásico, tampoco escapa. Las cenas se vuelven campos de batalla. Las discusiones sobre política se evitan o se esconden detrás del teléfono. La soledad, esa compañera silenciosa, se instala en los hogares. No la soledad del que vive solo, sino la del que está rodeado de gente pero no puede hablar. Porque decir lo que uno piensa es riesgoso: te pueden etiquetar, cancelar, mirar feo.

En algún punto, la verdad se convirtió en un lujo. Un lujo que la clase media no puede pagar. Porque buscar la verdad lleva tiempo, paciencia, ganas de leer, de contrastar fuentes. Y el tiempo es justo lo que falta. Entre el laburo, los pibes, el tránsito, la inflación, no queda energía para pensar. Entonces uno se agarra del relato más sencillo, del que no exige esfuerzo, del que promete respuestas fáciles.

Y acá estamos: cada vez más informados y cada vez más confundidos. Cada vez más conectados y cada vez más solos. La verdad no se negocia, decía un cartel en una marcha. Pero la verdad, en la Argentina de hoy, se negocia todos los días. Se negocia cuando uno acepta un trabajo en negro. Cuando paga un precio irreal. Cuando vota con bronca. Cuando repite una noticia sin verificarla. La verdad no está en los diarios ni en los algoritmos. Está en lo que duele, en lo que no se puede contar, en lo que uno sabe aunque no lo diga.

Quizás el problema no sea la falta de verdad, sino el miedo a buscarla. Porque si la encontramos, si realmente la aceptamos, tendríamos que cambiar muchas cosas. Y cambiar, se sabe, es más difícil que twittear.

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