Lo que se dice cuando ya nadie escucha el partido
Imaginemos una situación hipotética, de esas que todavía se repiten en muchas cocinas del conurbano. Son las ocho de la mañana de un martes. Alguien pone la pava, abre la ventana y gira la perilla de una radio vieja que quedó sobre la mesada, entre la azucarera y una lata de galletitas. Primero el ruido blanco, después la voz del locutor que anuncia el clima, el precio del dólar, un choque en la General Paz. La casa entera escucha sin prestar del todo atención. El pibe desayuna mirando el teléfono, la madre unta manteca y discute con la radio como si el locutor estuviera sentado a la mesa.
Esa escena está en retirada. No desapareció, pero se volvió una rareza. En muchas casas la radio encendida de fondo, esa que acompañaba el desayuno y ordenaba el día sin que nadie lo decidiera, fue reemplazada por un silencio nuevo o por el sonido de videos cortos que se suceden uno detrás de otro. No hay nostalgia en señalar esto. Hay una pregunta más incómoda: qué se pierde cuando la información deja de ser un ruido compartido y se vuelve una elección individual, personalizada, algorítmica.
La información que se escuchaba sin querer
La radio de fondo tenía una virtud que hoy cuesta recuperar: obligaba a escuchar cosas que no habíamos elegido. Un informe sobre la deuda externa mientras se lavaban los platos. Una entrevista a un funcionario que no nos caía bien. El resultado de un partido de fútbol de una liga que no seguíamos. Esa exposición accidental a lo que no nos interesaba era una forma mínima de estar en el mundo, de saber que había otros, de enterarse de que la Argentina no empezaba ni terminaba en nuestra propia cocina.
El teléfono hace lo contrario. Aprende lo que nos gusta y nos lo sirve en cuotas. Nos informa de lo que ya pensamos, nos indigna con lo que ya nos indignaba, nos confirma en nuestras sospechas. La personalización tiene ventajas evidentes: nadie extraña los diez minutos de publicidad antes de la noticia que buscaba. Pero tiene un costo que no se ve a simple vista. El ruido compartido, ese que nos obligaba a convivir con lo ajeno, se está apagando. Y lo que queda es un silencio lleno de voces que se parecen demasiado a la nuestra.
El relato se armó en otra parte
Hay una idea que conviene revisar: la de que la manipulación de la información es un invento de las redes sociales. No lo es. La radio, los diarios, la televisión, todos construyeron relatos durante décadas. La diferencia no es la existencia del relato, es la escala y la velocidad. Antes, un relato tardaba en instalarse. Pasaba por filtros, por discusiones, por la prueba del tiempo. Hoy se instala en una tarde y se desarma en otra. La memoria se acorta, y con ella la posibilidad de exigir coherencia.
Eso tiene una consecuencia concreta en la vida política argentina. Los temas se suceden sin dejar huella. La inflación de un mes tapa la deuda del anterior. Un escándalo desplaza al que estaba en el centro de la escena. La sociedad se acostumbra a vivir en un presente continuo, sin pasado ni futuro, donde la única verdad que circula es la que se repite más fuerte. La radio de fondo, con su ritmo lento, con sus repeticiones diarias, era también una forma de memoria. Insistía en los mismos temas hasta que algo cambiaba o hasta que el oyente se cansaba. Hoy el cansancio llega antes.
La soledad de estar informados
Hay algo paradójico en este cambio. Nunca estuvimos tan informados ni tan solos. El teléfono nos conecta con el mundo entero pero nos aísla en una burbuja de preferencias. La familia que antes discutía frente a la radio hoy discute frente a la pantalla, pero cada uno con su propia pantalla. La conversación se vuelve un intercambio de links, de capturas, de audios que nadie termina de escuchar. La información circula, pero el ruido compartido se apagó.
No se trata de volver a la radio de fondo como si fuera una solución. Tampoco de demonizar al teléfono. La pregunta es otra: qué hacemos con ese silencio nuevo. Si la información ya no nos llega sin querer, si cada uno elige lo que consume, entonces la convivencia requiere un esfuerzo adicional. Alguien tiene que preguntar qué piensa el otro. Alguien tiene que escuchar lo que no eligió escuchar. La escuela, el trabajo, la mesa familiar, los medios públicos, todos esos espacios que alguna vez funcionaron como ruido compartido, hoy tienen que justificar su existencia frente a la comodidad del algoritmo.
El mérito de escuchar lo que no nos gusta
En una época que premia la eficiencia, escuchar algo que no nos interesa parece una pérdida de tiempo. Pero ahí está el mérito, en ese esfuerzo mínimo por salir de la propia burbuja. La Argentina de las próximas décadas se va a jugar en esa diferencia: si la información sigue siendo un ruido compartido o si termina siendo un eco personal. La escuela pública, esa institución que alguna vez fue el gran equalizador del ruido, hoy compite con pantallas que ofrecen respuestas instantáneas y personalizadas. La pregunta no es si la inteligencia artificial va a reemplazar al maestro, sino si vamos a seguir teniendo espacios donde el ruido sea común.
La escena de la radio encendida en la cocina quizás ya no vuelva. Pero el gesto de escuchar algo que no elegimos todavía es posible. Está en el vecino que nos cuenta un problema que no nos importa, en el compañero de trabajo que opina distinto, en el pibe que pregunta algo que ya creíamos resuelto. Ese ruido incómodo, el que no se puede personalizar, es el que sostiene una sociedad. La pregunta es si estamos dispuestos a hacer el esfuerzo de escucharlo o si preferimos el silencio cómodo de nuestras propias voces.