Artículo del cuaderno

El día que el panfleto dejó de tener quien lo lea

En las esquinas de las ciudades argentinas todavía se reparten papeles que casi nadie levanta. La escena mínima dice algo sobre cómo cambió el modo en que nos informamos y sobre quién se hace cargo de lo que circula.

Artículo del autor29.10.2026

El día que el panfleto dejó de tener quien lo lea

Imaginemos una situación hipotética, aunque cualquiera que camine por el centro de una ciudad argentina a media mañana la reconoce. Un pibe con una remera de algún partido, o de una agrupación que nadie sabe bien de dónde sale, extiende un papel doblado al primer peatón que pasa. El peatón lo toma por compromiso, camina tres metros, lo mira de reojo y lo suelta en el primer tacho que encuentra. A veces ni siquiera lo mira. El pibe sigue repartiendo. Al final del día va a tener una pila menos y la misma certeza de siempre: que el papel llegó a alguna mano, aunque casi ninguna lo haya leído.

Esa escena mínima, casi invisible, dice más sobre el estado de la conversación pública que cualquier encuesta. No es que la gente dejó de informarse. Es que el folleto, el volante, el panfleto impreso, ese objeto que durante décadas fue el vehículo elemental de la política de barrio, perdió su función práctica. Ya nadie lo espera. No compite con un video de quince segundos, con un audio de un grupo de WhatsApp, con una captura de pantalla que circula sin contexto. El papel sigue ahí porque el ritual persiste, pero el lector se fue hace rato.

Conviene no confundir la escena con una nostalgia del papel. No se trata de que antes leíamos mejor ni de que la imprenta era más honesta. Se trata de otra cosa: de quién se hace cargo de lo que circula. Cuando alguien repartía un volante, ese volante tenía un responsable identificable, un partido, un sindicato, una parroquia, una agrupación con nombre y dirección. El que lo recibía podía discutirlo, romperlo, guardarlo o usarlo para envolver el pan. Había una cadena relativamente clara entre el que decía algo y el que lo escuchaba. Esa cadena hoy está rota en varios puntos, y no siempre por culpa de la tecnología.

La cadena rota del que dice y el que escucha

Pensemos en lo que pasó con los medios en los últimos años. No hace falta repetir que hay polarización, que hay relato, que hay operaciones. Eso ya lo sabemos de memoria y decirlo otra vez no agrega nada. Lo interesante es otra cosa: el modo en que se degradó la función de verificación social que tenía el boca a boca. Antes, si alguien decía una barbaridad en la mesa del domingo, el tío desmentía, la abuela relativizaba, el primo googleaba en el diario de papel. Hoy cada uno llega a la mesa con su propia versión, su propio canal, su propio grupo. La conversación no se rompió por falta de información. Se rompió porque ya no hay un lugar común donde discutirla.

El panfleto tenía algo de eso: era un lugar común, aunque fuera pobrísimo. Obligaba a un mínimo acuerdo sobre el soporte. Hoy el soporte es el teléfono de cada uno, y el acuerdo sobre el soporte desapareció. La consecuencia no es que la gente crea cualquier cosa. Es más sutil y más incómoda: cada vez cuesta más encontrar a alguien dispuesto a sostener una discusión con otro que no piensa igual, porque el costo emocional es altísimo y la recompensa es nula. Para qué discutir con el vecino si total no va a cambiar de opinión.

Esa fatiga del debate tiene un costado material que a veces se pasa por alto. La crisis económica no solo golpea el bolsillo: también reduce el tiempo y la energía disponibles para pensar. Cuando la inflación obliga a recalcular el precio de la leche todas las semanas, cuando la deuda se paga en cuotas que se comen el aguinaldo, cuando el trabajo no alcanza y hay que inventar un segundo ingreso, la conversación pública se vuelve un lujo. El panfleto, en ese contexto, es un objeto casi decorativo. Nadie tiene resto para leerlo.

Hay una escena que se repite en muchas oficinas, en muchas casas, en muchas aulas: alguien manda un mensaje con un link a una nota, o a un video, o a un audio, y el resto del grupo no lo abre. Lo reenvía sin leer. Lo cita sin chequear. Lo comenta sin haberlo escuchado completo. Ese gesto, que parece menor, es la versión digital del volante en el tacho. La diferencia es que ahora no hay tacho. El contenido sigue circulando, pero nadie se hace cargo de él. La manipulación, en ese esquema, no necesita mentir demasiado: le alcanza con saturar.

Lo que queda cuando nadie levanta el papel

La pregunta que queda no es cómo volver al folleto ni cómo demonizar las redes. Es otra: qué tipo de lazo social se sostiene cuando nadie se hace cargo de lo que dice. Porque una sociedad que no puede verificar lo que circula no es solo una sociedad mal informada. Es una sociedad donde la palabra pierde peso, donde el mérito se mide en likes, donde la dignidad se negocia en un comentario. Y eso no lo arregla una ley ni una campaña de alfabetización mediática, aunque ayuden.

Imaginemos, otra vez en hipotético, que el pibe de la esquina cambia de estrategia. En vez de repartir el papel, se queda parado con un cartel escrito a mano. Alguien se lo va a leer de lejos. Alguien va a frenar. Alguien va a preguntar de qué se trata. El cartel no resuelve nada, pero obliga a un intercambio mínimo: una mirada, una pregunta, una respuesta. Ahí, en ese ida y vuelta de dos segundos, se juega algo que el papel doblado ya no puede dar. No es la solución. Es apenas una pista.

La otra pista, más incómoda, es aceptar que la escuela y la familia ya no son los únicos lugares donde se aprende a distinguir lo verdadero de lo verosímil. Ese aprendizaje hoy ocurre también en el celular, en el grupo de WhatsApp, en el video que alguien comparte sin pensar. Y no hay política pública que reemplace el gesto cotidiano de decir: esto no lo sé, esto lo dudo, esto lo verifico. El Estado puede enseñar, puede regular, puede advertir. Pero no puede hacer por nosotros el trabajo de leer con atención. Eso sigue siendo una decisión personal, medio doméstica, medio artesanal, que nadie puede tomar por otro. Como el volante en la mano del pibe, que sigue esperando algo que ya casi nadie le da: que alguien se detenga y lo lea.

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