Artículo y ensayo

La memoria que no se negocia

Entre la inflación que lo desordena todo y el ruido de las redes que imponen su propia versión del pasado, la clase media argentina descubre que la memoria no es un lujo: es lo único que le queda para no perderse del todo.

La memoria que no se negocia

La memoria que no se negocia

Hay una foto que circula en los grupos de WhatsApp de la familia. Es de 2001, un supermercado con las góndolas vacías y un cartel que dice "Se aceptan trueques". Alguien la subió con un emoji de risa, como si fuera un chiste. Pero nadie se ríe. Porque el presente tiene algo de ese pasado: la misma sensación de que el piso se mueve, la misma incertidumbre sobre lo que viene. La memoria, en la Argentina, no es un ejercicio nostálgico. Es un campo de batalla.

El pasado como moneda de cambio

La clase media argentina tiene una relación complicada con su propia historia. Por un lado, la usa para explicarse por qué está donde está: el cepo, el corralito, los planes, la deuda eterna. Por el otro, la descarta cuando le resulta incómoda. Hay una frase que se escucha cada vez más en las conversaciones de sobremesa: "Eso ya fue, hay que mirar para adelante". Pero mirar para adelante, en un país donde la inflación licúa los recuerdos tanto como los sueldos, suele ser una forma elegante de esconder la cabeza.

La polarización política encontró en la memoria un territorio fértil. Cada sector tiene su propio relato, su archivo de agravios, su lista de héroes y villanos. Y las redes sociales hicieron el resto: convirtieron el pasado en un insumo descartable, en un meme, en una trinchera. Ya no se discute qué pasó, sino qué versión conviene más. La verdad quedó atrapada en el medio, como un testigo al que nadie quiere escuchar.

El precio de olvidar

Hay algo que la clase media argentina aprendió en estos años de crisis constante: olvidar también tiene un costo. Cuando se borra la memoria de lo que funcionó y lo que no, de los errores propios y ajenos, se pierde también la capacidad de aprender. Y entonces cada nuevo ciclo de crisis se parece al anterior, pero con unos pesos menos en el bolsillo.

La educación, por ejemplo, es un espejo de esta amnesia. Se habla de la calidad educativa, de la meritocracia, de la necesidad de formar jóvenes para el mercado laboral del futuro. Pero se olvida que la escuela pública fue, durante décadas, el principal motor de movilidad social. Se olvida que el mérito sin condiciones previas es una trampa. Y se olvida, sobre todo, que la memoria no es solo un ejercicio individual: es colectiva, se construye con otros, se transmite en las aulas, en las mesas, en los pasillos.

La soledad del que recuerda

Hay una escena que se repite en muchos hogares de clase media: un hijo o una hija que pregunta por qué hay que ir a una marcha, o por qué no se habla de ciertos temas en la cena, o por qué el país parece siempre al borde del abismo. Y el padre o la madre que no sabe bien qué responder, porque la propia memoria está llena de agujeros, de contradicciones, de silencios.

La juventud argentina creció en un mundo donde la memoria se volvió un objeto de consumo. Se consume en series, en documentales, en videos de TikTok que resumen décadas en sesenta segundos. Pero el consumo no reemplaza la experiencia. Y la experiencia de la crisis, de la inflación, de la deuda, de la inseguridad, no se transmite en un clip. Se transmite en la incomodidad de una conversación, en el gesto de quien recuerda algo que preferiría olvidar.

El Estado y la memoria

El Estado tiene un papel en esto, aunque muchos preferirían que no. Porque la memoria institucional, la de los archivos, los juicios, los informes, es incómoda. Cuestiona el presente, exige respuestas, no se deja manipular con facilidad. La clase media argentina, que durante años confió en el Estado como garante de ciertos derechos, hoy lo mira con desconfianza. Pero también sabe, aunque no siempre lo diga, que sin ese Estado la memoria se vuelve frágil, se pierde en el ruido de las redes, en la voracidad del consumo.

La inteligencia artificial, ese nuevo fetiche tecnológico, promete organizar el pasado, clasificarlo, hacerlo accesible. Pero la inteligencia artificial no tiene memoria emocional. No sabe lo que duele una fecha, lo que pesa un nombre, lo que significa una imagen borrosa de un supermercado vacío. La memoria humana, la de verdad, es desordenada, contradictoria, a veces injusta. Pero es la única que tenemos.

Lo que queda

La clase media argentina descubre, en estos días de inflación y polarización, que la memoria no es un lujo ni una concesión. Es un acto de resistencia. Resistencia a la manipulación, a la indiferencia, a la tentación de empezar de cero cada vez. Porque empezar de cero, en este país, no es un renacimiento: es una condena a repetir los mismos errores, a pagar las mismas deudas, a llenar las mismas góndolas vacías.

La foto del supermercado de 2001 sigue circulando. Algunos la miran con nostalgia, otros con bronca, otros con una mezcla de todo. Pero nadie la borra. Porque en esa imagen, con sus colores desteñidos y su cartel improvisado, hay algo que la clase media argentina no está dispuesta a negociar: el derecho a recordar, aunque duela. Aunque no sirva para pagar las cuentas. Aunque el presente insista en que todo es nuevo y urgente.

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