Artículo y ensayo

Los que miran desde el medio

Entre la inflación y el ruido de las redes, la clase media argentina descubre que su identidad ya no se hereda ni se elige: se negocia todos los días, como el precio del pan.

Los que miran desde el medio

Los que miran desde el medio

Hay una escena que se repite en las casas de la clase media argentina, sobre todo los domingos a la noche. La familia está junta, pero cada uno mira una pantalla distinta. El padre ve el noticiero, la madre scrollea Instagram, los hijos miran TikTok o YouTube. De vez en cuando alguien levanta la cabeza y dice algo sobre el dólar, el precio de la carne, un ajuste en el colegio. Después vuelven a sus mundos. No es enojo ni indiferencia. Es cansancio.

Ese cansancio tiene una historia larga, que arranca mucho antes de la última crisis. La clase media argentina aprendió a vivir en estado de alerta permanente. Ajusta gastos, cambia planes, posterga vacaciones, recorta el ocio. Pero lo que más se llevó puesto en estos años no fue el poder adquisitivo. Fue la certeza de que el esfuerzo individual tenía un premio. Esa idea, que durante décadas funcionó como un norte, hoy parece una broma de mal gusto.

El mérito y sus grietas

El relato del mérito fue el gran sostén moral de la clase media. Si estudiabas, trabajabas, cuidabas la familia, algo iba a mejorar. Pero la Argentina de la inflación crónica y la deuda perpetua se encargó de desmentirlo una y otra vez. Hoy hay jóvenes con títulos universitarios que no llegan a fin de mes, profesionales que se van del país, padres que trabajan doble turno para pagar un alquiler mediocre. El mérito no alcanza. Y cuando no alcanza, la pregunta que queda es incómoda: ¿entonces qué, fue al pedo?

Esa pregunta no se discute en los medios, que prefieren el ruido de la polarización. La grieta política vende, pero la grieta real es otra. Es la que separa a los que todavía creen que el sistema puede funcionar de los que ya lo dieron por perdido. Y en el medio está la clase media, que no quiere tomar partido ni por un extremo ni por el otro, pero tampoco encuentra un discurso propio. Le quedan las redes sociales, donde cada uno construye una identidad a medida, sin demasiado compromiso con la verdad.

La verdad en cuotas

En las redes, la verdad se negocia como cualquier producto. Un día se comparte una noticia indignada, al otro un meme que la contradice. No importa la coherencia. Importa la reacción, el like, el comentario. La moral también se vuelve líquida: lo que ayer era condenable hoy se justifica, y viceversa. La clase media argentina aprendió a vivir con esa ambigüedad, pero le duele. Porque en el fondo, sigue pensando que las cosas deberían tener un sentido, una lógica, un orden.

Ese orden ya no existe. La escuela, que durante generaciones fue el ascensor social, ahora es un gasto más. La familia, que antes era el refugio, se volvió un espacio donde se negocian sueldos, deudas y planes de ahorro. El trabajo, que prometía estabilidad, se fragmentó en changas, monotributos y emprendimientos que no siempre cierran. Todo se paga en cuotas. Incluso la dignidad.

La soledad de la clase media

Hay una soledad que no se ve en las estadísticas. Es la del padre que no sabe cómo explicarle a su hijo que el esfuerzo no alcanza. La de la madre que se siente culpable por no poder darle lo que tuvo ella. La del joven que mira el futuro y ve una pared. Esa soledad no se resuelve con un ajuste fiscal ni con un plan de gobierno. Tiene que ver con algo más profundo: la pérdida de un relato compartido, de un sentido común sobre lo que significa vivir acá.

La tecnología prometió conectar, pero muchas veces acentúa esa soledad. La inteligencia artificial, que ya empieza a reemplazar trabajos, agrega una capa más de incertidumbre. Los pibes crecen con algoritmos que les muestran lo que quieren ver, pero no les enseñan a dudar. Y la clase media, que siempre confió en la educación como herramienta, no sabe cómo competir con un feed que lo explica todo en quince segundos.

El desafío de mirar de frente

No es una cuestión de nostalgia. No se trata de volver a un pasado que tampoco era tan maravilloso. Se trata de reconocer que la clase media argentina necesita reconstruir un relato que no sea ni el de la resignación ni el de la furia. Un relato que admita que la realidad es compleja, que no hay soluciones mágicas, pero que todavía es posible pensar en un futuro con dignidad.

Mientras tanto, las familias siguen juntándose los domingos, cada una con su pantalla, tratando de encontrar en el silencio compartido un poco de compañía. La inflación no se detiene, la polarización no cede, la deuda no se paga. Pero en algún gesto mínimo, en una conversación a los ponchazos, en un chiste que rompe el mal humor, la clase media demuestra que todavía no se rinde. No sabe bien cómo, pero sigue adelante. Como siempre.

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