El ruido de la máquina
Hay días en que la clase media argentina se despierta con la sensación de que todo es un poco más pesado. No es solo el café que subió de precio o el transporte que parece una lotería. Es algo más sutil. Una especie de ruido de fondo que no se apaga nunca.
Ese ruido viene de las redes sociales, de los grupos de WhatsApp, de los noticieros que repiten las mismas noticias con distintos tonos. Pero también viene de adentro. De esa conversación interna que uno tiene consigo mismo cuando intenta entender cómo llegó hasta acá y hacia dónde va.
La inflación no es solo un número. Es una experiencia cotidiana que se mete en la compra del supermercado, en el alquiler, en el plan de ahorro que nunca se cumple. Pero hay otra inflación, más silenciosa, que corroe la idea que uno tiene de sí mismo. La de los méritos que parecen no alcanzar. La de la dignidad que se negocia todos los días.
La máquina que no descansa
Desde hace un tiempo, el Estado dejó de ser ese árbitro lejano y se convirtió en un dato más en la pantalla. Un porcentaje. Un índice. Una promesa que se desvanece con cada ajuste. En su lugar, creció otra máquina: la de los algoritmos que deciden qué vemos, qué compramos, qué pensamos. La inteligencia artificial no es un tema de laboratorio. Es el motor que mueve los relatos que consumimos.
Ahí está el verdadero poder. No en los discursos de los políticos, sino en la capacidad de moldear la atención. La polarización no nace de una idea. Nace de un algoritmo que premia el enojo porque el enojo genera clics. Y los clics son el combustible de una economía que ya no produce cosas, sino sensaciones.
La juventud lo sabe mejor que nadie. Creció con la pantalla como horizonte y con la idea de que el mérito se mide en likes, en seguidores, en la velocidad con que se consume un video. Pero también sabe que eso no alcanza. Que la soledad es el subproducto de una vida que se muestra pero no se vive. Que la identidad se fragmenta en mil perfiles y que al final cuesta saber quién es uno cuando se apaga el teléfono.
La educación como ancla
La educación, ese viejo bastión de la clase media, también se resiente. Ya no es el ascensor social que prometía. Ahora es un campo de batalla entre lo que se enseña y lo que se viraliza. Entre la memoria que se quiere preservar y el olvido que impone la novedad constante. Los padres mandan a sus hijos a la escuela con la esperanza de que aprendan algo sólido. Pero en casa compiten con TikTok, con YouTube, con el flujo incesante de información que no pide permiso.
Y ahí está el nudo. La familia, ese núcleo que alguna vez fue refugio, ahora es un ring de discusiones sobre lo que es verdad y lo que no. Sobre lo que se merece y lo que no. Sobre el trabajo que ya no es para siempre y la moral que se adapta a cada circunstancia.
La deuda que no se ve
Se habla mucho de la deuda externa, de los números macro, del Fondo Monetario. Pero la deuda que duele es otra. Es la que uno contrae consigo mismo por no haber hecho lo suficiente. Por no haber estudiado la carrera correcta, por no haber comprado dólares en el momento justo, por no haber entendido a tiempo que la seguridad es un lujo que pocos pueden pagar.
La inseguridad no es solo el miedo a salir a la calle. Es también la certeza de que lo que se construyó puede desmoronarse de un día para el otro. Que el trabajo, la casa, el proyecto, todo es precario. Que la dignidad se mantiene a fuerza de voluntad, pero que la voluntad también se agota.
La verdad como relato
Los medios, esos viejos guardianes de la verdad, también están en crisis. Ya no se sabe bien quién dice la verdad. O peor, se sabe que cada quien dice su verdad. Que el relato es una construcción que depende de quién lo financia, de quién lo comparte, de quién lo cree. La manipulación no es un complot. Es un negocio. Y la clase media es su principal mercado.
Frente a eso, queda poco. Tal vez lo único que vale la pena es la observación concreta. El gesto cotidiano. El trabajo que se hace con las manos. La conversación sin pantalla de por medio. El recuerdo que no se negocia.
Pero cuesta. Cuesta porque el ruido no para. Porque la máquina sigue funcionando. Porque la inflación no solo sube los precios. Sube la ansiedad. Sube la desconfianza. Sube la distancia entre lo que se dice y lo que se hace.
Y uno, desde la clase media, desde ese lugar incómodo que no es pobreza ni riqueza, que es apenas un trampolín que puede romperse en cualquier momento, sigue tratando de entender. De encontrar un rumbo. De sostener lo que queda de identidad en medio de tanto ruido.
