Artículo y ensayo

El ruido de los tuyos

Entre la inflación y las pantallas, la clase media argentina descubre que la crisis más íntima no es económica sino de identidad: cómo sostener lo que se es cuando todo empuja a ser otro.

El ruido de los tuyos

El ruido de los tuyos

La casa de la clase media argentina es un territorio en disputa. No me refiero a la hipoteca o al alquiler que sube cada tres meses. Me refiero al living, a la mesa del comedor, al cuarto donde los chicos hacen la tarea. Ahí, entre el ruido de la tele y el zumbido del celular, se libra una batalla silenciosa por la identidad.

Uno llega del trabajo, si es que tiene trabajo, y se sienta frente al noticiero. El locutor habla de inflación, de deuda, de promesas que se llevó el viento. La mujer, o el marido, mira el teléfono y de repente suelta una frase: "Mirá lo que dice este tipo". Es el primo, o la amiga del colegio, que posteó algo sobre política. Y entonces arranca la discusión. No sobre el país, sino sobre quién tiene razón. Sobre quién ve la verdad.

La polarización no es un invento de los medios, aunque los medios la alimenten. Es un síntoma de algo más hondo: la soledad de estar convencido de algo que el otro no ve. En la Argentina de hoy, la familia se parte por la mesa y por la pantalla. No por la herencia, sino por el relato.

El mérito que no alcanza

La clase media siempre creyó en el mérito. Estudiar, laburar, ahorrar. Esa era la fórmula. Pero la inflación se llevó el ahorro, la crisis se llevó el trabajo estable y la tecnología se llevó la atención. Ahora el mérito parece una foto de Instagram: todos la muestran, pocos la tienen.

El pibe que termina el secundario y no consigue laburo, la piba que estudia programación pero le piden tres años de experiencia, el padre que se parte el lomo en un monotributo y no llega a fin de mes. Todos ellos saben que la ecuación se rompió. Que el esfuerzo no garantiza nada. Y entonces, ¿qué queda? La identidad. El refugio en lo que uno cree, en lo que uno es, aunque sea una ficción.

Las redes sociales venden esa ficción. Un like, un compartido, un comentario que valida que existís. Pero la validación es efímera. Al otro día hay que volver a postear, a mostrarse, a competir. La vida se convierte en un loop de consumo de atención. Y la atención es el nuevo lujo.

La educación como campo de batalla

En el colegio del barrio, los pibes ya no discuten sobre fútbol. Discuten sobre lo que vieron en TikTok. Un video que dice que la tierra es plana, otro que asegura que la inflación es culpa de los políticos, otro que muestra cómo hacerse rico sin laburar. No hay filtro. No hay criterio. Hay una máquina que empuja contenido y un pibe que lo traga sin masticar.

Los padres miran, preocupados, pero también miran sus propios teléfonos. Y entonces la educación se vuelve un chiste: los adultos no saben qué enseñar porque ya no saben qué es verdad. El Estado manda programas, los medios tiran sus titulares, las redes imponen su propia lógica. En el medio, la familia intenta sostener un relato propio, pero es difícil cuando todo conspira contra la quietud.

La memoria que pesa

Los que tienen más de cuarenta años recuerdan otra Argentina. No era mejor, pero era distinta. Había un horizonte, una idea de progreso, una confianza en que las cosas podían mejorar. Eso se perdió. No sé bien cuándo ni cómo, pero se perdió. Y entonces la memoria se vuelve un lastre o un consuelo. Depende del día.

Los jóvenes, en cambio, no tienen esa memoria. Crecieron en la crisis, en el ajuste, en la incertidumbre. Para ellos, la normalidad es la inestabilidad. El futuro no es un lugar al que se llega, sino una amenaza que se esquiva. Y entonces la identidad se construye sobre la marcha, con lo que hay, con lo que se puede. Sin grandes relatos, sin promesas, sin certezas.

La soledad de esa construcción es abrumadora. Porque no hay red. La familia está, pero está distraída. Los amigos están, pero están en la misma. El Estado está, pero está lejos. Y la tecnología promete conexión pero entrega ruido.

La dignidad de lo cotidiano

En medio de todo esto, la gente se levanta, labura, cuida a los suyos, paga las cuentas. No es heroísmo, es supervivencia. Pero hay una dignidad en ese gesto que no se puede medir en pesos ni en likes. Es la dignidad de no rendirse, de seguir adelante aunque el piso se mueva.

La clase media argentina aprendió a vivir con la incertidumbre. Ajusta el presupuesto, cambia de trabajo, recorta gastos. Pero lo que no puede recortar es la necesidad de pertenecer, de ser parte de algo. Y ahí es donde la identidad se vuelve el último refugio. Lo único que no se puede devaluar.

Por eso las discusiones en la mesa son tan intensas. No se discute sobre política o economía. Se discute sobre quién es uno, sobre qué vale la pena defender, sobre qué sentido tiene todo esto. La polarización no es ideológica, es existencial. Es la lucha por definir quién se es cuando todo lo demás se desmorona.

Y mientras tanto, afuera, la calle sigue su curso. El almacenero cobra de más, el colectivo viene lleno, la obra social no cubre los remedios. La vida sigue, con su mezcla de rutina y sorpresa. La clase media sigue, con su mezcla de estoicismo y deseo. Y la identidad sigue, frágil, contradictoria, pero viva.

Quizás de eso se trata. De sostener lo que se es, aunque sea a los tumbos. Aunque nadie mire. Aunque el ruido no pare.

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