El ruido de la memoria que no encuentra lugar
Hay un ruido que no se escucha pero se siente. Es el de la memoria que se acumula sin orden, como esos cajones de la cocina donde van a parar los cables viejos, las facturas de 2019, los manuales de electrodomésticos que ya no existen. La clase media argentina tiene muchos de esos cajones. No solo en las casas, también en la cabeza.
La inflación no solo desarma los precios. Desarma los tiempos. Uno ya no sabe cuándo fue la última vez que cenó con los amigos sin calcular cuánto salía la birra. Las fechas se mezclan. El 18 de octubre de 2023 parece lejano pero está ahí, como una muela que duele cuando cambia el tiempo. Y las redes sociales, que todo lo registran, también todo lo aplanan. Un video de un pibe bailando en TikTok tiene el mismo peso que la noticia de un ajuste. El cerebro ya no distingue. Todo es presente. Todo es ruido.
El archivo que pesa
En los últimos años, la palabra memoria se convirtió en un campo de batalla. Pero también en un negocio. Hay aplicaciones que prometen guardar los recuerdos en la nube, como si la nube fuera un lugar sin olor ni polvo. La clase media argentina, que siempre tuvo una relación complicada con el guardado (los álbumes de fotos, las cajas de zapatos con cartas, los discos de vinilo que ya no se pueden escuchar), ahora se enfrenta a una paradoja: nunca tuvimos tanta capacidad de almacenamiento y nunca supimos menos qué hacer con lo que guardamos.
El Estado, por su parte, también tiene memoria. O la simula. Los archivos de la dictadura, los juicios, los testimonios. Pero la política partidaria convirtió el recuerdo en un relato de temporada. Cada tanto se reactiva, se sube a las redes, se discute en los programas de chimentos políticos, y después se apaga. La memoria se consume como un producto. Se tuitea, se comparte, se olvida.
La educación sentimental del presente
Los pibes de ahora crecen con una inteligencia artificial que les responde cualquier cosa antes de que terminen de preguntar. No necesitan memorizar. No necesitan recordar. El teléfono lo hace por ellos. Pero hay algo que la máquina no puede hacer: darle sentido a lo que pasó. La memoria no es solo guardar. Es elegir qué se queda y qué se tira. Y esa elección, esa capacidad de narrar la propia historia, se está perdiendo.
En las escuelas se enseña mucho contenido y poca reflexión. Los pibes saben de memoria las fechas de la Revolución de Mayo pero no entienden por qué la clase media siente que cada mes es una batalla contra la inflación. La educación se volvió un trámite. Un certificado. Un escalón para el mérito individual que tanto se pregona. Pero el mérito, cuando no hay red, es una trampa. Te hace creer que si fracasás es por tu culpa. Y la memoria colectiva, esa que dice que antes el Estado estaba más presente, que el trabajo era más estable, que la familia era un refugio, se vuelve un lujo.
La soledad del que recuerda solo
Porque la memoria también es un acto social. Se recuerda en familia, en el bar, en la fila del banco. Pero la polarización lo rompió todo. Ya no se puede hablar del pasado sin que alguien te acuse de estar del lado equivocado. La verdad se volvió una cuestión de trinchera. Cada uno tiene su archivo, su lista de agravios, su relato. Y entonces la memoria, que debería unir, separa.
La clase media, que siempre fue un puente entre los que tienen mucho y los que tienen poco, quedó en el medio del ruido. Atrapada entre la deuda que no se termina de pagar y el consumo que promete felicidad. Entre la moral del trabajo y la cultura del like. Entre la familia que se desarma y las redes que ofrecen pertenencia virtual. Todo es líquido, como dicen los sociólogos. Pero nadie te explica cómo agarrar el agua con las manos.
La identidad como puzzle
El otro día, en un café de Caballito, escuché a una mujer de unos cincuenta años decirle a su amiga: "Ya no sé quién soy. Antes sabía, ahora no". No hablaba de política. Hablaba de su vida. De los hijos que se fueron, del laburo que cambió, del cuerpo que ya no es el mismo. Y la amiga asintió. No hizo falta explicar nada. Ese es el país real, el que no sale en los discursos ni en los trending topics.
La identidad se volvió un puzzle al que le faltan piezas. Y las que hay no encajan del todo. Ser clase media en Argentina hoy es eso: estar siempre a punto de caer, pero también a punto de salvarse. Saber que la dignidad no se compra, pero que sin plata no se sostiene. Ver que la polarización no da tregua, pero que en el fondo la mayoría quiere lo mismo: un poco de paz, un poco de certeza, un lugar donde la memoria no sea un peso ni un relato de guerra.
Tal vez el problema no sea la falta de memoria, sino la falta de un lugar donde ponerla. Un lugar que no sea la nube, ni el archivo, ni el eslogan. Un lugar donde el recuerdo pueda respirar sin ser usado. Donde la clase media pueda mirar atrás sin que le duela el presente. Donde la verdad no sea una posesión sino una conversación.
Mientras tanto, el ruido sigue. La inflación, las redes, la política, el trabajo, la soledad. Todo suena al mismo tiempo. Y uno, en el medio, tratando de escuchar lo que importa. Tratando de recordar quién es antes de que la máquina lo decida por él.
