Artículo y ensayo

El ruido que no deja pensar

Entre la inflación y la saturación de pantallas, la clase media argentina pierde la capacidad de escucharse a sí misma. La polarización no es una grieta: es un síntoma de algo más hondo.

El ruido que no deja pensar

El ruido que no deja pensar

Hay un ruido de fondo que no para. No es solo el de la ciudad o el de la televisión encendida en el living. Es otro, más sutil, más persistente. El que viene de los teléfonos, de los grupos de WhatsApp, de las notificaciones que se acumulan como deudas. La clase media argentina vive inmersa en un zumbido constante que no la deja pensar. Y lo peor es que ya no se da cuenta.

Uno podría decir que siempre hubo ruido. Que la radio, los diarios, los chimentos de la oficina también llenaban el aire. Pero antes había pausas. El silencio del colectivo vacío a la noche, la espera en la fila del banco sin un celular que revisar, la sobremesa sin la urgencia de la última noticia. Hoy el ruido es perpetuo y viene empaquetado en historias, memes, videos de treinta segundos que explican el universo. Todo es urgente. Nada espera.

En la mesa familiar, el tema se desliza como un cuchillo. La inflación, el gobierno, la inseguridad. Pero nadie habla realmente. Cada uno repite su versión, la que le llega por su canal, la que confirma lo que ya piensa. La polarización no es una grieta en el suelo: es una trinchera en la cabeza. Y desde ahí es difícil escuchar al otro, porque el otro ya no es un vecino o un primo: es un personaje de una historia que nos contaron.

La verdad como mercancía

Lo que antes se llamaba verdad hoy es un producto más. Se consume rápido, se desecha y se reemplaza. Las redes sociales fabrican relatos a medida, y cada uno elige el que le queda mejor. No importa si los hechos resisten: importa la emoción del momento, la indignación que se comparte, la bronca que se vuelve like. La clase media argentina, que durante décadas se enorgulleció de su sentido común, ahora se deja llevar por la corriente de una indignación barata. Es más fácil enojarse que entender.

Y mientras tanto, la inflación sigue su curso. Los precios cambian de un día para el otro, y el sueldo ya no alcanza para lo que alcanzaba el mes pasado. Pero el ruido no deja ver eso. La discusión pública se concentra en lo accesorio: el gesto de un político, el tuit de un periodista, la polémica fabricada para llenar el noticiero. Lo estructural se esconde detrás de la anécdota. La crisis se vuelve un fondo borroso mientras la pelea por la anécdota ocupa el primer plano.

La soledad de la clase media

Hay una soledad que crece en los departamentos de dos ambientes, en las casas del conurbano, en los barrios cerrados donde la seguridad se paga con la incomunicación. La familia ya no se sienta a la mesa sin un celular al lado. Los hijos miran videos en TikTok mientras los padres repiten los mismos argumentos que escucharon en la radio. El diálogo se reduce a pedidos: pasá la sal, bajá el volumen, apagá eso. La conexión es una paradoja: estamos más comunicados que nunca y más solos que nunca.

La tecnología prometió acercarnos. Y en cierto modo lo hizo: hoy podemos hablar con alguien al otro lado del mundo con un clic. Pero el precio fue la cercanía con el que está al lado. La intimidad se volvió un bien escaso, y la atención, un lujo que ya nadie puede pagar. La clase media argentina, acostumbrada a la cultura del esfuerzo, descubre que el esfuerzo ya no alcanza si no hay alguien dispuesto a mirar. Y mirar de verdad, no con un ojo en la pantalla y otro en la vida.

La moral de la supervivencia

En medio de esta tormenta, la moral se vuelve un lujo. Sobrevivir es lo que importa. Pagar las cuentas, llenar la heladera, llegar a fin de mes. La ética se negocia en los márgenes: un favor que se pide, un arreglo que se hace, una trampa que se justifica porque todos hacen lo mismo. La dignidad se resiente, pero no hay tiempo para pensarlo. El consumo es el nuevo credo, y la felicidad se mide en paquetes de seis cuotas sin interés.

Pero no todo es desolación. En los bordes de este ruido, hay quienes intentan escuchar. Grupos de lectura que se juntan en una plaza, asambleas vecinales donde se discute el presupuesto municipal, padres que apagan el módem a las nueve de la noche. Son gestos pequeños, casi invisibles, pero resisten. Son la prueba de que todavía hay alguien dispuesto a pensar, a pesar del ruido.

La pregunta es si esos gestos alcanzan. Si la clase media argentina, acostumbrada a esperar soluciones de arriba, va a encontrar el coraje para construir algo desde abajo. O si va a seguir dejándose llevar por la corriente de la indignación, la polarización y el consumo. El silencio, como la verdad, también es un lujo. Y quizás lo más urgente hoy sea recuperarlo.

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