Artículo y ensayo

El ruido que no deja pensar

Entre la inflación que todo lo atraviesa y las redes sociales que imponen su propia agenda, la clase media argentina se encuentra atrapada en un presente que no deja espacio para la reflexión ni para el vínculo genuino.

El ruido que no deja pensar

El ruido que no deja pensar

La semana pasada, en un café de Palermo, un tipo de unos cuarenta años miraba el teléfono con los ojos entrecerrados. Tenía la espalda encorvada y el pulgar derecho se movía solo, como si la pantalla lo hipnotizara. Al lado, una mujer joven filmaba su café con leche desde tres ángulos distintos. Nadie hablaba. El ruido ambiental era el de siempre: tazas, máquinas, conversaciones ajenas. Pero el verdadero ruido, el que no se escucha pero se siente, era otro.

Argentina tiene ese don: convertir cualquier crisis en un ring de boxeo donde todos pelean pero nadie mira al rival. La inflación, la deuda, la inseguridad, la educación, el trabajo. Todo es motivo de disputa. Pero lo que cambió en los últimos años no es la discusión en sí, sino el formato. Antes se discutía en la mesa familiar, en el bar, en el asado del domingo. Ahora se discute en redes sociales, donde el que grita más fuerte gana y el que duda queda afuera.

La clase media está en el medio, como siempre. Pero esta vez no sabe bien de qué lado pararse. Porque ya no hay dos bandos claros: hay miles. Cada uno con su propia verdad, su propio relato, su propia indignación. Y en ese ruido constante, lo que se pierde es la capacidad de pensar. De escuchar. De dudar.

La máquina de fabricar certezas

Las redes sociales no son neutrales. Lo sabemos. Pero cuesta dimensionar hasta qué punto moldean no solo lo que vemos, sino lo que sentimos. La polarización no es un accidente: es el combustible del algoritmo. Cuanto más enojado estás, más te quedás. Cuanto más indignado, más compartís. Y la indignación se volvió el motor de una moral prestada, una que no requiere examen de conciencia ni contexto. Alcanza con un tuit, un video, un meme.

La juventud crece en ese ecosistema. No es que los jóvenes sean más superficiales o más manipulables. Es que el entorno los empuja a reaccionar antes que a comprender. La inteligencia artificial, mientras tanto, aprende de ese comportamiento y lo replica. Genera contenido que confirma lo que ya creemos. Nos encierra en una burbuja que llamamos personalizada pero que es, en realidad, una celda con vista al infinito.

Y en el medio, la educación. No la que se discute en los ministerios o en los titulares, sino la que ocurre todos los días en las aulas. Donde un pibe de catorce años tiene más claro cómo funciona TikTok que cómo se escribe una carta formal. Donde la memoria se confunde con un buscador y la identidad se construye a partir de likes. No es un problema de los chicos. Es un problema de todos.

La soledad del que trabaja

En ese contexto, trabajar se volvió otro campo de batalla. El mérito ya no alcanza. O al menos, no alcanza como antes. Hay una sensación extendida de que por más que te esfuerces, el piso se mueve. La inflación no es un número en un gráfico: es la certeza de que el sueldo no llega, de que el alquiler sube, de que el plan a fin de año se desvanece. Y en esa incertidumbre, el trabajo deja de ser un proyecto para convertirse en una supervivencia.

La familia, mientras tanto, resiste. Pero también cambió. Ya no es ese núcleo estable donde se transmitían valores y se construía memoria. Ahora es un espacio más frágil, donde las tensiones económicas y las diferencias políticas se cuelan en la cena. Donde el padre y el hijo discuten no porque piensen distinto, sino porque cada uno recibió un relato diferente de la realidad. Y en el medio, el Estado, que aparece como un fantasma: a veces protector, a veces ausente, siempre cuestionado.

Hay una palabra que se repite en las conversaciones de la clase media: dignidad. No como un concepto abstracto, sino como una necesidad concreta. Poder pagar las cuentas sin angustia. Mandar a los hijos a una escuela que no sea una trinchera. Llegar a fin de mes sin tener que pedir prestado. Esa dignidad se volvió un lujo.

El consumo como identidad

Y sin embargo, se consume. Porque el consumo también es una forma de pertenencia. De decir "yo existo, yo puedo, yo soy". Las redes sociales empujan esa lógica: mostrás lo que comprás, lo que viajás, lo que comés. Y en esa vitrina, la realidad se deforma. El que no puede mostrarse, desaparece. La clase media se debate entre la necesidad de ser vista y la imposibilidad de sostenerse.

La verdad es un bien escaso. No porque no exista, sino porque encontrarla requiere tiempo. Y el tiempo es justamente lo que falta. Entre trabajar, hacer trámites, cuidar a los hijos, pagar cuentas y responder mensajes, no queda espacio para la pausa. Para sentarse a pensar si lo que uno cree es realmente lo que piensa, o solo lo que le dijeron que pensara.

La manipulación no necesita ser burda. Alcanza con repetir una idea mil veces hasta que suene natural. Y en esa repetición, la memoria se debilita. Lo que pasó ayer se mezcla con lo que pasó hace diez años. Los relatos se superponen. Y al final, lo que queda es una sensación de vértigo: no saber bien hacia dónde va el país, pero estar seguro de que algo no funciona.

En el café de Palermo, el tipo del teléfono levantó la cabeza. Miró alrededor como si despertara de un sueño. Vio a la mujer filmando su café, a los mozos corriendo, a los pibes con auriculares. Suspiró, guardó el teléfono en el bolsillo y pidió la cuenta. Afuera, la calle estaba igual que siempre. Ruido, luces, apuro. Pero él, por un segundo, había hecho silencio. Y en ese silencio, quizás, encontró algo parecido a una pregunta.

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