Artículo y ensayo

La verdad como mercancía

Entre la inflación y las redes sociales, la clase media argentina descubre que la verdad ya no es un valor, sino un artículo de consumo que se compra y se vende según la conveniencia del momento.

La verdad como mercancía

La verdad como mercancía

La última vez que vi a un tipo discutir con pasión por una idea fue en un bar de Boedo, hace meses. La discusión no terminó bien: uno de ellos sacó el teléfono, mostró un video de TikTok y dijo "mirá, acá está la verdad". El otro, sin mirar la pantalla, respondió "esa es la verdad de ellos". Ninguno se fue convencido, pero ambos se fueron satisfechos. Habían cumplido con el rito.

La clase media argentina aprendió algo que los manuales de política no enseñan: la verdad no se busca, se elige. Como un producto en la góndola del supermercado, uno la agarra, la mira, la compara con otra y decide cuál le conviene más. No importa si es sólida o si resiste el paso del tiempo. Importa que sirva para cerrar una discusión, para sentirse del lado correcto, para calmar esa ansiedad que dejó la inflación cuando se llevó el sueldo de mitad de mes.

En las redes sociales, la verdad funciona como un meme. Nace, circula, se deforma y muere en cuestión de horas. Lo que ayer era una certeza hoy es un descarte. La memoria no pesa, porque recordar implica sostener algo que ya no sirve. Y en un país donde el dólar sube mientras uno lee esta frase, sostener algo es un lujo que pocos pueden pagar.

El relato como refugio

Ahí entra el relato. No importa el partido político, el gobierno de turno o la gestión municipal. Todos construyen su propia versión de los hechos, porque saben que la verdad objetiva no existe en el imaginario colectivo. Existe la versión que mejor calza con la bronca, con la esperanza, con el miedo. La clase media ya no pide coherencia: pide que le cuenten una historia que la deje tranquila, aunque sea por un rato.

La educación formal, ese viejo templo de la verdad verificable, perdió la batalla contra el algoritmo. Los pibes aprenden más de un influencer que de un profesor, porque el influencer les habla en el idioma de la inmediatez. No hay paciencia para el desarrollo de un argumento cuando el próximo video está a un swipe de distancia. La cultura del mérito, ese mito que la clase media argentina abrazó durante décadas, se desmorona frente a la evidencia de que el éxito se mide en seguidores, no en esfuerzo.

La polarización no es un accidente. Es el resultado lógico de un sistema donde la verdad se ha fragmentado en tantas piezas como usuarios tiene Twitter. Cada uno construye su propia realidad con los ladrillos que le tiran los medios, los políticos y los algoritmos. Y después se sorprenden de que no haya diálogo posible: ¿cómo vas a dialogar con alguien que vive en una realidad diferente a la tuya?

La deuda de la dignidad

En este escenario, la dignidad se convirtió en un lujo. No la dignidad de los discursos grandilocuentes, sino la cotidiana: la de pagar las cuentas a tiempo, la de no tener que pedir prestado para llegar a fin de mes, la de poder mirar a los hijos a los ojos y decirles que todo va a estar bien. Esa dignidad se fue licuando con la inflación, como el sueldo que se evapora antes de la tercera semana.

La deuda, en cambio, crece. No solo la económica, que ya es monumental. También la deuda moral que la clase media contrajo consigo misma: la promesa de que el trabajo duro iba a dar frutos, de que la educación iba a ser el pasaporte al futuro, de que la familia era un refugio inquebrantable. Esas promesas se cayeron una a una, como fichas de dominó. Y lo que queda es un montón de gente tratando de pararlas antes de que terminen de caer.

La soledad, en este contexto, no es una emoción. Es un síntoma. La soledad de no encontrar a nadie que piense igual, pero también la de no encontrar a nadie que quiera escuchar. Porque escuchar implica exponerse a una verdad que puede ser incómoda. Y la incomodidad, en una sociedad que huye del dolor como de una plaga, es el peor de los pecados.

La inteligencia artificial y la memoria

La inteligencia artificial llegó para resolver este problema. O para agravarlo, según cómo se mire. Las máquinas ya generan textos, imágenes, discursos. Pueden simular una conversación, ofrecer consuelo, inventar una identidad. La pregunta no es si las máquinas van a reemplazar a los humanos, sino si los humanos ya no se están comportando como máquinas: repitiendo consignas, replicando emociones prefabricadas, consumiendo verdades en serie.

La memoria, ese músculo que la clase media argentina ejercitó durante décadas para no repetir los errores del pasado, se atrofió. Ya no hay tiempo para recordar cuando todo urge. Recordar es un acto de resistencia, pero la resistencia cansa. Y la clase media está agotada. Agotada de explicar, de justificar, de esperar. Agotada de que le vendan soluciones que nunca llegan.

Por eso, cuando alguien dice "la verdad", en la Argentina de hoy, lo que está diciendo es "elegí esta versión, porque la necesito para seguir adelante". No es cinismo. Es supervivencia. La clase media aprendió que no puede con todo, así que elige sus batallas. Y la verdad, esa vieja señora que antes se defendía con argumentos, ahora se defiende con me gusta, compartidos y trending topics.

Seguir leyendo

Artículos relacionados

La verdad que no se negocia

La verdad que no se negocia

Entre la inflación y las redes sociales que venden certezas, la clase media argentina descubre que la verdad ya no se busca: se compra, se descarta o se reemplaza por un relato más cómodo.

verdad clase media polarización
La grieta que no se cierra con un like

La grieta que no se cierra con un like

Entre la inflación y los discursos que venden certezas, la clase media argentina descubre que la polarización no se resuelve en las redes sociales: se profundiza en la soledad de cada hogar.

polarización clase media redes sociales
La verdad entre nosotros

La verdad entre nosotros

Entre la inflación y el ruido de las redes, la clase media argentina descubre que la verdad ya no es un hecho sino una posición. Una crónica sobre la erosión del relato común y la fatiga de la sospecha.

verdad clase media polarización