Artículo y ensayo

La clase media que ya no sabe quién es

Entre la inflación que todo lo consume y las redes que venden certezas, la clase media argentina enfrenta una crisis de identidad que no se resuelve con un like ni con un plazo fijo.

La clase media que ya no sabe quién es

La clase media que ya no sabe quién es

La clase media argentina siempre supo quién era. Tenía un auto, un departamento, un título universitario y la certeza de que sus hijos iban a vivir mejor. Eso se terminó. No de golpe, como un estallido, sino despacio, como quien pierde el aire sin darse cuenta. Hoy esa clase media mira el espejo y no se reconoce. La inflación le borró los rasgos. Las redes sociales le cambiaron la mirada. La política le vendió un relato que se desarma en cuotas.

Uno sale a la calle y ve los restos de lo que fuimos. Los kioscos llenos de promociones que no alcanzan. Los supermercados donde el precio del tomate define el humor de la mañana. Las colas en el banco, siempre las colas, como un ritual de penitencia. Pero lo que duele no es solo la plata: es la sensación de que el esfuerzo ya no sirve para nada. Laburar ocho horas, pagar impuestos, mandar los chicos al colegio. ¿Para qué? Para que el sueldo se achique, para que la deuda crezca, para que el mérito se mida en cuotas que nunca se terminan de pagar.

Hay algo que se rompió en la cabeza de la gente. La idea de que el trabajo dignifica, de que la familia es un refugio, de que la educación te salva. Todo eso está en duda. Los pibes salen de la secundaria sin saber si van a poder alquilar un departamento. Los padres miran las cuentas y hacen malabares. La moral del esfuerzo choca contra una realidad que premia al que especula, al que tiene un contacto, al que sabe moverse en el borde de la ley. La dignidad se volvió un lujo.

Las redes sociales no ayudan. Al contrario, agrandan la herida. Uno entra a Instagram y ve vidas perfectas: viajes, cenas, cuerpos esculpidos, hijos felices. Todo parece posible, todo parece al alcance de un clic. Pero lo que no se ve es la deuda, la ansiedad, el vacío. La soledad que crece detrás de la pantalla. Porque en el fondo, el problema no es la plata. El problema es que ya no sabemos quiénes somos. La identidad se disolvió en el consumo. Compramos para ser, pero ser cuesta cada vez más caro.

La polarización política tampoco ayuda. No porque la gente discuta todo el tiempo, sino porque dejó de discutir. En las mesas familiares ya no se habla de política. Se evita el tema, se cambia de canal, se prefiere el silencio. Porque la grieta ya no está en los discursos, está en los afectos. Decir algo es arriesgarse a perder un amigo, un hermano, un hijo. Entonces uno calla. Y el silencio se llena de redes sociales, de algoritmos que nos muestran lo que queremos ver, de burbujas donde la verdad se fabrica a medida.

La memoria también se resiente. Recordar ya no es un acto íntimo, es un gasto. Se recuerda en cuotas, como el electrodoméstico que se paga en doce meses. La historia se vuelve un producto que se consume, se comparte, se olvida. La inteligencia artificial promete ayudarnos a recordar, pero lo que hace es reemplazar la memoria por datos. Y los datos no tienen olor, no tienen emoción, no tienen el peso de una tarde de verano en la casa de los abuelos.

Hay algo de la cultura argentina que resiste. El humor, la ironía, el mate compartido, el chiste en la fila del supermercado. Pero cada vez cuesta más. La inflación no solo devora el salario: devora la paciencia, la confianza, la capacidad de soñar. Uno sueña con tener un futuro, pero el futuro se encarece. Soñar sale caro.

El Estado, mientras tanto, promete soluciones que nunca llegan. O llegan tarde, con burocracia, con formularios, con promesas que se desvanecen en el próximo ajuste. La educación pública, que fue el orgullo de la clase media, se desmorona. Los docentes hacen paro, los pibes pierden días de clase, los padres se preguntan si vale la pena. La seguridad se resiente. Salir a la calle es una lotería. La inseguridad no es solo física: es existencial. No saber si vas a llegar a fin de mes, no saber si tu trabajo va a existir mañana, no saber si tus hijos van a tener un país donde crecer.

Los jóvenes lo saben mejor que nadie. Crecieron con la crisis como paisaje. No conocen otra cosa. Para ellos, la estabilidad es un mito, un cuento que les contaron los viejos. Laburan en aplicaciones, en changas, en emprendimientos que duran lo que dura un algoritmo. No piensan en jubilarse porque no saben si van a llegar. La juventud ya no es una promesa, es un riesgo.

Y sin embargo, la gente sigue. Se levanta, labura, paga, se endeuda, se ilusiona. Hay una dignidad en ese esfuerzo que no se puede medir en pesos. Una resistencia que no se cuenta en los medios ni en los discursos políticos. La clase media argentina se aferra a lo que le queda: un plato de comida, un abrazo, un partido de fútbol, una canción. Pero sabe que algo se perdió. Algo que no se recupera con un ajuste ni con un plan. Algo que tiene que ver con la identidad, con la memoria, con la certeza de que valía la pena.

Quizás el problema no sea la inflación ni la deuda ni la polarización. Quizás el problema sea que la clase media dejó de creer. Dejó de creer en el Estado, en la política, en el mérito, en el futuro. Y cuando uno deja de creer, se queda solo. Y la soledad no se resuelve con un like.

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