El consumo como refugio
En un country de Pilar, un hombre de cuarenta y pico se saca una selfie con el teléfono nuevo. Sonríe. El celu le costó tres cuotas y un ajuste en el presupuesto de la semana. Pero la foto está ahí, en Instagram, con el filtro que hace que todo parezca más luminoso. Abajo, los comentarios: lindos, felicitaciones, que envidia. Nadie pregunta cuánto tuvo que recortar para llegar. La clase media argentina aprendió a mostrar lo que compra y a esconder lo que le falta.
La inflación no es un número que sale en los diarios. Es la sensación de que el billete de mil ya no alcanza para nada, de que el supermercado se volvió un campo minado donde cada carrito es una negociación con uno mismo. Pero el consumo sigue siendo el último refugio. No por placer, sino por supervivencia. Porque en un país donde el mérito parece un chiste de mal gusto y el Estado promete lo que no cumple, comprar algo nuevo es la única forma de sentirse vivo, de creer que el futuro todavía existe.
Las redes sociales potencian esa ficción. En TikTok y en Instagram, la vida se muestra como una vidriera. La juventud posa con zapatillas que valen medio sueldo. Las familias suben fotos de la cena en un restaurán que reservaron con tres meses de anticipación. La polarización política también se consume: hay quienes compran productos nacionales por orgullo y quienes eligen importados por desconfianza. El consumo se volvió un gesto político, una declaración de principios que a veces duele más que la ideología.
Pero hay un costo que no se ve en la foto. La deuda. No la del Estado, que es abstracta y lejana. La de la familia que pidió un préstamo para pagar las vacaciones, la del pibe que financió el celu a veinticuatro cuotas, la de la madre que compró ropa para los chicos con la tarjeta y después no supo cómo cerrar el mes. La clase media argentina vive endeudada, pero no por irresponsable, sino porque la dignidad a veces se mide en lo que se puede mostrar. Porque explicar que no se puede es más difícil que pagar intereses.
El precio de la memoria
En una ferretería de Floresta, un hombre busca un repuesto para la cocina. Tiene sesenta años y la memoria llena de precios viejos. Se acuerda de cuando un litro de leche valía lo mismo que un café. Ahora el café cuesta el doble que la leche, o al revés, ya no importa. Lo que importa es que el recuerdo de un país más barato se volvió una condena. La cultura del consumo también es una cultura de la nostalgia. La clase media compra productos que le recuerdan a su infancia, como si el acto de comprar pudiera detener el tiempo.
La tecnología acelera ese engaño. La inteligencia artificial ya no es una promesa de futuro, sino una herramienta del presente: algoritmos que recomiendan lo que necesitás antes de que lo sepas, publicidad que te persigue por todos los sitios que visitás, redes que te muestran la vida de los otros para que compares y compres. La manipulación es fina, casi invisible. La verdad se diluye en un mar de datos que no sabemos interpretar. La clase media consume información como consume objetos: rápido, sin pausa, y después se queda con la sensación de que algo falta.
El trabajo que ya no alcanza
En un taller de La Boca, un electricista trabaja doce horas por día. Tiene dos hijos y una esposa que también labura. Juntos, apenas llegan a fin de mes. El mérito no les sirve de consuelo. La educación que recibieron no los preparó para este mundo donde el trabajo ya no garantiza nada. La clase media argentina, la que creyó que con esfuerzo se podía progresar, descubre que el esfuerzo solo alcanza para sobrevivir. La moral del trabajo choca con la realidad de la inflación. La familia se reacomoda, se aprieta, se sacrifica. Pero el consumo sigue siendo el pequeño lujo que justifica todo.
La soledad también se consume. En los centros comerciales, la gente camina sin rumbo, mira vidrieras, se sienta en las plazas de comidas. El shopping se volvió el living de la clase media, el lugar donde se va a estar solo pero acompañado. La polarización política no permite reuniones tranquilas. Las redes sociales exacerban las diferencias. En la familia, en el trabajo, en los grupos de WhatsApp, la grieta se volvió un muro invisible. Entonces, comprar es más fácil que hablar. El consumo es un gesto que no necesita explicación, que no genera discusión, que no duele tanto como una charla incómoda.
La identidad de la clase media argentina está atada a lo que tiene y a lo que muestra. Pero también a lo que calla. A la deuda que no se dice, al trabajo que no alcanza, a la soledad que se disimula con objetos. En un país donde la inflación es el paisaje y las promesas se rompen antes de hacerse, el consumo es el último territorio donde la clase media puede sentirse dueña de algo. Aunque sea por un rato. Aunque sea hasta que llegue el próximo resumen de la tarjeta.
