Artículo y ensayo

El consumo que nos define

Entre la inflación que desordena los precios y las redes sociales que imponen su propia lógica, la clase media argentina descubre que el consumo ya no es un placer sino una forma de identidad.

El consumo que nos define

El consumo que nos define

La señora del kiosco de la esquina ya no pregunta cómo estás. Pregunta cuánto salió el paquete de arroz la semana pasada y cuánto sale hoy. No es un chiste, es una forma de conversación que se ha vuelto moneda corriente en la Argentina de 2025. La inflación no solo desordena los precios, desordena la manera en que nos relacionamos.

Uno va al supermercado y ya no sabe si está haciendo las compras o haciendo un cálculo de probabilidades. El precio del tomate cambia de un día para el otro, y la leche parece tener cotización en bolsa. La clase media, esa categoría que siempre nos gustó usar para sentirnos parte de algo, se ha convertido en una especie de malabarista que trata de no dejar caer ninguna pelota. Pero las pelotas caen.

La vidriera virtual

Las redes sociales, mientras tanto, venden una versión de la vida que no existe. Gente feliz con sus platos de comida perfectamente iluminados, con sus cuerpos esculpidos por filtros y sus vacaciones en destinos exóticos. Todo es una ficción, pero la ficción se ha vuelto más real que la realidad. Uno mira el teléfono y siente que vive en un país distinto al que muestran las pantallas.

El consumo dejó de ser un acto económico para convertirse en un acto de identidad. No se compra un par de zapatillas, se compra la pertenencia a un grupo. No se elige un celular, se elige una tribu. Y la deuda, esa compañera silenciosa de la clase media argentina, se encarga de recordarnos que todo tiene un precio. Un precio que se paga con cuotas, con intereses, con noches sin dormir.

La moral del esfuerzo

Hay un discurso que insiste en el mérito. Que el que se esfuerza, llega. Que el que trabaja duro, progresa. Es un relato cómodo para quienes ya llegaron, pero suena a burla para quienes hacen malabares con dos trabajos y un sueldo que no alcanza. La educación, ese viejo ascensor social, ya no garantiza nada. El título universitario ya no es un pasaporte a la estabilidad, es apenas un papel que suma puntos en un currículum que nadie lee.

La juventud, o al menos lo que entendemos por juventud, se ha vuelto un mercado. Los jóvenes son un target, no una generación. Se les vende ropa, se les vende música, se les vende una idea de rebeldía que termina siendo otro producto en la góndola. Y la familia, esa institución que alguna vez fue el refugio, se ha convertido en un campo de batalla donde se discute desde la política hasta el precio del pan.

La verdad como mercancía

Los medios, esos viejos guardianes de la información, han perdido el monopolio de la verdad. Ahora cualquiera puede tener su propio canal, su propio relato, su propia versión de los hechos. La polarización no es un accidente, es un negocio. La grieta vende, la indignación vende, el odio vende. Y mientras tanto, la realidad se vuelve cada vez más difusa, más difícil de agarrar.

El Estado, ese gran ausente o ese gran presente según a quién se le pregunte, intenta poner orden en el caos. Pero el caos es más rápido. La inseguridad no es solo un problema de delincuencia, es un problema de certezas. La gente ya no sabe si puede salir a la calle sin que le roben el celular, pero tampoco sabe si puede confiar en que el sueldo le alcance para llegar a fin de mes.

La soledad del consumidor

Al final del día, lo que queda es una sensación de vacío. Las compras no llenan, los likes no abrazan, los seguidores no son amigos. La soledad de la clase media argentina no es una metáfora, es una realidad concreta. Gente que vive en departamentos cada vez más chicos, con deudas cada vez más grandes, y una sensación de que algo se ha perdido en el camino.

El consumo nos define, pero también nos consume. Y en esa contradicción, en esa tensión entre lo que queremos y lo que podemos, entre lo que mostramos y lo que somos, se juega buena parte de lo que significa ser argentino hoy. No hay moraleja, no hay respuesta. Solo la certeza de que el precio de las cosas sigue subiendo, y que la vida sigue, aunque a veces no sepa bien hacia dónde.

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