Artículo y ensayo

La deuda que no se paga con plata

Entre la inflación que todo lo desordena y las redes que exigen lealtad inmediata, la clase media argentina descubre que hay deudas que ningún plan económico puede saldar.

La deuda que no se paga con plata

La deuda que no se paga con plata

La semana pasada, en un bar de Palermo, un amigo me contó que había dejado de hablar con su hermano. No por plata, dijo. Por política. O por moral. O por las dos cosas, que en esta Argentina se mezclan como el café con el vermut. El hermano le había mandado un mensaje por WhatsApp con un video de esos que circulan sin origen claro, donde un tipo explicaba que la pobreza es cuestión de actitud. Mi amigo respondió con un artículo de un economista serio. El hermano lo trató de vendido. Mi amigo lo bloqueó. Fin de la historia. O principio de otra.

La deuda que no se ve

Argentina vive endeudada desde que tengo memoria. Pero no hablo de los dólares que pide el Estado, ni de los bonos que vencen y se renegocian. Hablo de otra deuda, más difusa, más difícil de medir. Una deuda que la clase media arrastra como un lastre: la deuda de la conversación imposible. En las mesas familiares, en los grupos de WhatsApp del trabajo, en la fila del supermercado, la gente ya no discute ideas. Intercambia relatos cerrados, como si cada uno llegara con un texto aprendido, sin margen para la duda. La polarización no es solo política. Es un reflejo. Una manera de protegerse de la incertidumbre.

La inflación, claro, tiene la culpa de mucho. Pero no de todo. Cuando el precio del pan sube cada semana, uno aprende a desconfiar de cualquier número que le pongan enfrente. Y esa desconfianza se extiende a todo: al informe del INDEC, al tweet del ministro, al dato que compartió el primo en el grupo familiar. La verdad se vuelve un bien escaso, caro, que cada uno busca donde puede. Las redes sociales venden certezas baratas. Y la clase media compra. Porque necesita un ancla en medio del temporal.

El mérito y la dignidad

Hay una idea que circula con fuerza en los últimos años: la del mérito como salvación individual. Si trabajás duro, si te esforzás, si no te quejás, vas a salir adelante. Es una idea seductora, sobre todo para una clase media que crió a sus hijos con la promesa de que el estudio y el trabajo garantizaban un futuro mejor. Pero el futuro llegó y trajo otra cosa: inflación, ajuste, incertidumbre. El mérito individual choca contra una realidad estructural que no se mueve con el esfuerzo de uno solo.

La dignidad, entonces, se redefine. Ya no es tener un trabajo estable, una casa propia, un auto. Es poder mirar al vecino sin sentir que uno está perdiendo. Es no tener que pedirle plata a un familiar para llegar a fin de mes. Es mantener cierta imagen, aunque el sueldo no alcance. Y la imagen se cuida con consumo: el teléfono nuevo, la zapatilla de marca, el café de especialidad. La clase media argentina vive en una tensión permanente entre lo que tiene y lo que muestra. Entre la realidad y el relato.

La juventud y la inteligencia artificial

Los jóvenes, mientras tanto, crecen en otro mundo. No conocen la Argentina de la hiperinflación del 89 ni la salida del uno a uno. Crecieron con internet, con redes, con inteligencia artificial al alcance de un clic. Para ellos, la memoria no es un archivo de papel sino un feed que se actualiza cada segundo. La educación formal compite con tutoriales de YouTube, con cursos online, con respuestas generadas por un algoritmo. Y el trabajo, ese concepto que sus padres sostenían como pilar de identidad, se volvió precario, freelance, gigh. Nada promete estabilidad. Todo promete adaptación.

La inteligencia artificial promete resolver problemas, pero no entiende de crisis existenciales. No sabe lo que es sentarse a la mesa de un domingo y callar porque no hay tema seguro. No comprende la soledad de un pibe que recibe mil notificaciones y ninguna conversación de verdad. La tecnología avanza, pero la necesidad humana de reconocimiento, de pertenencia, de sentido, sigue siendo la misma. Y ahí la Argentina no ofrece respuestas fáciles.

El Estado y la verdad

En medio de todo, el Estado aparece como una figura ambigua. Para unos, es el culpable de todos los males: el gasto, la burocracia, el déficit. Para otros, el único refugio posible: la salud pública, la escuela, el jubilado que no llega. La discusión sobre el tamaño del Estado es en realidad una discusión sobre qué tipo de sociedad queremos. Pero en la práctica, se resuelve a los golpes de relato: cada medio, cada influencer, cada político fabrica su propia versión de los hechos. La verdad se convierte en un campo de batalla. Y los que pierden son los que no tienen tiempo ni recursos para verificar nada.

La inseguridad, otro tema que atraviesa la conversación cotidiana, también se vuelve relato. El miedo al delito es real, pero se amplifica, se distorsiona, se usa como argumento para pedir mano dura, para justificar el odio, para cerrar filas. La clase media tiene miedo. Y el miedo, se sabe, es mal consejero. Empuja a refugiarse en lo conocido, en lo propio, en el nosotros contra ellos.

Al final, la deuda más pesada quizá no sea la externa, sino la interna. La deuda de no poder hablar con el otro sin que se rompa algo. La deuda de no encontrar un lenguaje común para nombrar lo que pasa. La deuda de la memoria, que se desvanece entre tanto ruido. La clase media argentina sigue ahí, resistiendo, pagando cuotas, esperando que algún día el país le devuelva algo de lo que perdió. Mientras tanto, sigue adelante. Como puede.

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