La educación sentimental del bolsillo
La semana pasada, en un kiosco de Flores, un pibe le pidió al dueño que le guarde un alfajor. Era el último de la marca que le gusta. El dueño le dijo que no, que si no lo pagaba ahora, a la tarde ya valía otro precio. El pibe lo miró como si le hubieran revelado un secreto familiar. No es un chiste. Es la pedagogía de la inflación: te enseña que el tiempo no es lo que creías.
Argentina tiene una larga tradición de formar ciudadanos a los golpes. La historia patria se aprende en el aula, pero la verdadera formación sentimental ocurre en el supermercado, en el trámite de la Anses, en la cola del banco. No hay libro de texto que explique mejor la relación entre el Estado y la deuda que un jubilado que espera dos horas para que le digan que el turno era virtual. La clase media, que durante décadas se creyó a salvo de la intemperie, descubre que la dignidad también se negocia en cuotas.
Los pibes de ahora viven otra cosa. Crecieron con redes sociales que les venden una vida que no existe y una inteligencia artificial que les promete resolver todo sin esfuerzo. Pero cuando se sientan a la mesa, escuchan a los viejos discutir sobre el precio del tomate o la cuota del colegio. La polarización no es solo política: es doméstica. Se pelea por el uso del aire acondicionado, por el turno del lavarropas, por la leche que se acabó. La moral se cuece en la cocina.
El mérito como falso consuelo
Uno escucha a ciertos discursos oficiales y parece que el problema es que la gente no se esfuerza lo suficiente. Que si estudiás, trabajás y tenés fe en el mercado, todo llega. Pero la clase media argentina es experta en hacer malabares: labura en dos empleos, hace changas, vende ropa usada en Instagram, revende algo. Y aun así, no cierra. El mérito individual choca contra una realidad que no responde a la lógica del manual de autoayuda. La cultura del esfuerzo tiene un límite: cuando el sueldo no alcanza para el alquiler, el mérito se convierte en un chiste de mal gusto.
Y ahí aparece la trampa del consumo. Comprar algo lindo, aunque sea en doce cuotas con interés, se vuelve un acto de resistencia. Un momento de belleza en medio del desorden. Pero también una condena. Porque después viene el resumen de la tarjeta, el llamado del banco, la sensación de que uno está atado a un sistema que promete libertad pero exige lealtad financiera. La identidad se construye entre lo que se tiene y lo que se debe.
Los medios y el ruido
Hay una maquinaria que fabrica relatos. Los medios, las redes, los políticos: todos compiten por imponer una verdad. Pero la verdad se ha vuelto una mercancía más. Se consume por entregas, como una serie. Cada uno elige su versión, su canal, su burbuja. Y después se sorprende de que el otro piense distinto. La manipulación ya no es un recurso de los poderosos: es una herramienta que cualquiera puede usar. Un tuit, un audio de WhatsApp, un video editado. La tecnología multiplica las versiones, pero no acerca las miradas.
La juventud, en medio de todo esto, busca un lugar. Algunos se refugian en el activismo digital, otros en el escepticismo, otros en la indiferencia. No es apatía: es supervivencia. Cuando la realidad no da respuestas, uno aprende a no hacer preguntas. Pero la memoria pesa. Los que vivieron épocas mejores recuerdan que hubo un país donde el trabajo daba para una casa, un auto, unas vacaciones. Ese recuerdo es un lujo que duele.
La clase media se parece cada vez más a un gato que se acostumbra a comer cualquier cosa. Se adapta, aprende, sobrevive. Pero hay algo que se pierde en el camino: la certeza de que el esfuerzo vale la pena. La soledad del que hace cuentas a las tres de la mañana, cuando el sueño no llega y el dólar subió otro punto, es la misma soledad de un país que no termina de decidir qué quiere ser.
Mientras tanto, el pibe del alfajor seguro volvió al kiosco al día siguiente. Pagó más. Aprendió la lección. La educación sentimental del bolsillo no tiene vacaciones ni plan de estudios. Se aprueba todos los meses, con intereses.
