Artículo y ensayo

La educación sentimental de una clase media

Entre la inflación que todo lo encarece y las redes sociales que imponen su propia moral, la clase media argentina descubre que la verdadera crisis no es solo económica: es la pérdida de un lenguaje común para entenderse a sí misma.

La educación sentimental de una clase media

La educación sentimental de una clase media

Hay una escena que se repite en las cenas de los domingos. Alguien dice algo sobre el gobierno, la inflación, la inseguridad. Otro responde con un dato que leyó en Twitter. Un tercero lo contradice con una cadena de WhatsApp. La discusión sube de tono y alguien termina pidiendo que no se hable más de política. Pero ya es tarde. La grieta se instaló en la mesa familiar, como un invitado que no se va.

La clase media argentina siempre se creyó dueña de un saber especial. Sabía cómo educar a los hijos, cómo ahorrar, cómo sobrevivir a cada crisis. Pero ese saber se desmorona. Ya no hay recetas. El hijo que estudió cinco años de ingeniería no encuentra trabajo en blanco. La hija que se recibió de médica se fue a España. El que se endeudó en dólares para comprar un departamento hoy debe el doble. Y no es que la gente no se esfuerce. Es que el esfuerzo, por sí solo, ya no alcanza.

La inflación es el fondo de la escena. Pero no es todo. Lo que duele más es la sensación de que el país ya no habla el mismo idioma. Las palabras se vaciaron de sentido. Decir “libertad” puede significar cualquier cosa, según quién lo diga. “Mérito” suena a cuento. “Estado” es un insulto para unos y una promesa para otros. Las familias discuten no solo por plata, sino por cómo nombrar lo que pasa.

Las redes sociales tienen su parte en esto. No son solo un lugar para compartir fotos. Son una fábrica de indignación. Todos los días amanecemos con un escándalo nuevo, un video que muestra el horror, un posteo que nos pide tomar partido. La moral se volvió instantánea. Hay que opinar ya, sin dudas, sin matices. La complejidad no vende. Lo que vende es la condena rápida, la frase ingeniosa, el meme que reduce todo a una broma.

Y sin embargo, la vida real sigue siendo compleja. Una madre que trabaja doce horas para pagar el colegio privado de sus hijos sabe que no todo se resuelve con un tuit. Un padre que perdió el trabajo y no sabe cómo decirlo en casa no necesita que le expliquen la teoría del derrame. Saben que la dignidad no se mide en dólares, pero que sin dólares la dignidad se vuelve muy difícil de sostener.

La memoria y el olvido

Hay algo que la clase media argentina está perdiendo: la capacidad de recordar. No en el sentido de olvidar fechas históricas. Es otro olvido, más sutil. Se olvida que hace veinte años la educación pública era un orgullo. Se olvida que hubo épocas en que el trabajo era algo más que un privilegio. Se olvida que la solidaridad no era una palabra de campaña. La crisis económica se come los recuerdos. Con la inflación, los precios cambian tan rápido que el pasado se vuelve irreconocible. ¿Cuánto costaba un kilo de pan en 2019? Casi nadie lo recuerda. Es como si el tiempo se hubiera roto.

Pero la memoria no es solo nostalgia. Es lo que permite distinguir lo que se perdió de lo que nunca existió. La clase media argentina suele idealizar su propio pasado. Se cree que antes todo era mejor, que el país funcionaba, que la inseguridad no existía. No es cierto. Lo que sí existía era una ilusión de movimiento: la idea de que los hijos iban a vivir mejor que los padres. Esa ilusión se rompió. Y cuando se rompe, el presente se vuelve un lugar incómodo.

La soledad de los que se quedan

Hay una palabra que no aparece en los discursos políticos pero que está en todas partes: soledad. La soledad de la mujer que cuida a sus padres viejos mientras trabaja y cría a sus hijos. La soledad del pibe que se recibe y no tiene a quién contárselo porque todos sus amigos se fueron. La soledad del jubilado que mira la tele y no entiende el país que le dejaron. La soledad de clase media es una soledad de a dos. Se comparte el techo, pero no la angustia. Cada uno guarda su propia crisis como un secreto.

La tecnología prometía conectarnos. Y de alguna manera lo hizo. Pero también multiplicó la distancia. Las familias cenan juntas pero cada una mira su teléfono. Los jóvenes hablan entre ellos a través de pantallas, pero no saben cómo decirse las cosas cara a cara. La inteligencia artificial escribe textos, responde mensajes, genera imágenes. Pero no puede sentir. Y lo que falta, justamente, es sensibilidad. Una sensibilidad que permita entender al otro sin juzgarlo, que acepte que no todo se resuelve con un algoritmo.

El consumo como identidad

La clase media argentina construyó su identidad alrededor del consumo. Tener un auto, una casa, un viaje al exterior, la ropa de marca. Eso era ser alguien. Pero el consumo se volvió un lujo imposible. Ya no alcanza para comprar zapatillas originales, para ir al cine, para pagar el cable. Y entonces, ¿quién es uno cuando no puede consumir? La respuesta es incómoda. Porque sin consumo, la identidad se desnuda. Queda la persona, con sus afectos, sus fracasos, sus pequeños logros. Y eso asusta.

La política lo sabe. Por eso vende relatos. Vende la idea de que el culpable es el otro. Vende la promesa de que el sacrificio de hoy tendrá recompensa mañana. Pero el mañana nunca llega. Y la clase media, que siempre se creyó el motor del país, descubre que es solo una pieza más en un engranaje que no controla.

La pregunta que queda es si existe una salida. No una salida económica, porque esa no depende de la voluntad individual. Sino una salida cultural. Una forma de reconstruir el tejido social desde abajo, desde lo pequeño. Tal vez la respuesta no esté en un programa de gobierno ni en un tuit viral. Tal vez esté en recuperar la conversación, la que se da sin apuro, la que admite dudas. En volver a contarnos historias que no sean de héroes ni de villanos, sino de personas que intentan vivir con dignidad en un país que se empeña en hacérselo difícil.

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