Artículo del cuaderno

El árbitro que cobra por mirar el VAR

La tecnología promete transparencia, pero a veces solo traslada la decisión a un lugar donde nadie ve. Una reflexión sobre el poder de decidir y la ilusión de control.

Artículo del autor02.11.2026

El árbitro que cobra por mirar el VAR

Imaginemos una situación hipotética: un partido de fútbol de barrio, de esos que se juegan en canchas de tierra y con un árbitro que a duras penas sigue la jugada. Un delantero patea, la pelota entra, el árbitro cobra gol. Pero el defensor levanta la mano y pide VAR. No hay VAR, claro. El árbitro se ríe, el defensor insiste, y el partido se detiene. La escena es absurda, pero sirve para pensar en algo que nos pasa seguido: delegamos la decisión en un sistema que no vemos, y después nos quejamos de que no nos da la razón.

La tecnología nos promete transparencia. Nos dice: "Mirá, acá está la prueba, el offside era mínimo, la pelota entró, el precio es este". Pero esa prueba llega después de que alguien decidió qué mirar y qué no. El VAR no es una cámara omnipotente; es un grupo de personas mirando pantallas y eligiendo el ángulo. La ilusión de objetividad esconde una nueva capa de interpretación.

En la vida cotidiana argentina, el VAR tiene primos menos deportivos. El homebanking que nos muestra un saldo que no coincide con el ticket del supermercado. La aplicación del Estado que nos pide un trámite que ya hicimos y nos hace empezar de nuevo. El grupo de WhatsApp del consorcio que decide, con una encuesta rápida, que el ascensor se arregla el mes que viene. Ahí también hay un árbitro que cobra por mirar el VAR: alguien que tiene el poder de decidir qué es verdad y qué no, aunque no lo veamos.

La crisis económica nos acostumbró a desconfiar del precio de la góndola, pero ahora desconfiamos también del algoritmo que nos dice cuánto salió el changuito. La inflación no solo nos obliga a hacer cuentas; nos obliga a auditar cada número que aparece en una pantalla. Y cuando el número falla, alguien del otro lado tiene la última palabra.

El poder de decidir sin explicar

Hace unos años, en una oficina pública, una empleada me contó (no, no me contó; imaginemos que alguien lo cuenta) que el sistema le pedía un código para autorizar un pago. Ella no sabía de dónde salía ese código. Lo buscaba en un manual, en un correo, en la memoria de un compañero. El código llegaba, ella lo ingresaba, y el pago se hacía. Pero si algo salía mal, la responsabilidad era suya. El sistema era infalible; ella, no.

Esa lógica se repite: la máquina decide, pero el humano paga el error. En el fútbol, el árbitro de VAR decide si el gol vale; en la oficina, el sistema decide si el trámite está completo; en el banco, el algoritmo decide si nos dan el préstamo. Siempre hay un humano en algún lado, pero su rostro se diluye en la interfaz.

La transparencia sería que ese humano diera la cara. Que explicara por qué tal ángulo, por qué tal código, por qué tal rechazo. Pero vivimos en una época donde la explicación se reemplaza por un mensaje automático: "Su solicitud ha sido procesada. Consulte en 48 horas". La verdad se vuelve un laberinto de pantallas.

La moral del algoritmo

En Argentina, la discusión sobre la inteligencia artificial suele quedarse en el miedo a que nos quite el trabajo o en la fascinación por sus respuestas. Pero el problema más urgente es otro: la IA, como el VAR, no es neutral. Entrena con datos que reflejan nuestras desigualdades, nuestros sesgos, nuestras historias clínicas, nuestros barrios. Y después decide.

Un sistema de crédito que niega un préstamo a alguien de un barrio pobre no es objetivo; está replicando una moral que ya existía. Un algoritmo de seguridad que patrulla las calles con cámaras y reconocimiento facial no es imparcial; está eligiendo a quién mirar. La tecnología no inventa el poder: lo redistribuye, lo esconde, lo automatiza.

Por eso, cuando el árbitro cobra por mirar el VAR, no está resolviendo la injusticia: está trasladándola a un lugar donde no podemos discutirla. El defensor del barrio no puede pedir que se revise la jugada porque no hay VAR. El ciudadano que recibe un rechazo automático no puede apelar a un rostro. La transparencia se vuelve una puesta en escena.

No se trata de demonizar la tecnología. El VAR corrigió goles mal anulados, el homebanking nos ahorra viajes, la IA puede detectar enfermedades. El problema es creer que la herramienta nos exime de preguntar quién decide, con qué datos, bajo qué intereses. La comodidad de delegar es enorme; el costo, también.

La pelota no se mancha

Volvamos al partido de barrio. El árbitro, cansado de la discusión, propone una solución salomónica: que el defensor y el delantero pateen penales hasta que uno gane. No hay VAR, pero hay un acuerdo cara a cara. La tecnología no resolvió el conflicto; lo hizo el diálogo, la presencia, el cuerpo.

Quizás la pregunta no sea cómo hacer más transparente el VAR, sino cómo recuperar ese cara a cara en las decisiones que nos afectan. Cómo exigir que detrás de cada pantalla haya alguien que responda. Cómo construir instituciones, empresas y Estados que no usen la tecnología como escudo, sino como herramienta que se puede discutir.

Mientras tanto, seguiremos mirando la repetición, esperando que el árbitro nos dé la razón. Pero el árbitro ya cobró por mirar el VAR, y nosotros seguimos pagando la entrada.

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