La clase media y el poder que ya no se toca
El hombre revisa la pantalla del teléfono mientras espera que hierva el agua para el mate. Afuera, un perro ladra a la nada. Adentro, las noticias se suceden en un carrusel de cifras que ya no asustan, solo cansan. Inflación, dólar, deuda. Palabras gastadas, como monedas viejas. Su padre, sentado en el mismo sillón de siempre, mira la televisión sin volumen. Dos hombres de traje discuten en silencio. No hace falta escuchar para saber de qué hablan.
La política se volvió un espectáculo mudo en muchos hogares. Algo que ocurre detrás de un vidrio, como esos autos blindados que pasan rápido por la avenida. El poder ya no huele a multitud ni a discurso en la plaza. Huele a wifi y a desconfianza. Se ejerce desde lugares que no tienen dirección, desde pantallas que muestran una realidad distinta según quién las toque.
El relato que se fragmenta en la mesa
Los domingos, la familia todavía se junta. Pero la conversación ya no es la de antes. El hijo mayor habla de trabajar para una empresa de otro país, desde su habitación. Gana en dólares, pero no los ve. Existen como números en una cuenta que no puede tocar. La hija menor muestra un video en TikTok donde un chico de su edad explica por qué la educación formal es una estafa. Los abuelos callan. Su mérito, el de toda una vida en la misma fábrica, ahora suena a anécdota vieja, a algo que no sirve para explicar nada.
En el centro de la mesa, el celular de cada uno vibra con notificaciones. Cada vibración es un tirón hacia un mundo distinto. La verdad ya no es una. Es un algoritmo que te muestra lo que quiere que veas, o lo que vos le dejás ver al darle like. La manipulación ya no llega con el tono grave de un locutor. Llega disfrazada de meme, de comentario de un amigo, de video casero que parece sincero.
La clase media argentina navega este mar de versiones con el instinto de quien sabe que algo no cierra. Revisa los precios en el supermercado y sabe que la cuenta no da. Escucha a un político prometer y recuerda que ese mismo hombre prometió algo distinto hace dos años. Lee sobre inteligencia artificial y siente que el futuro se acelera mientras su presente se encoge, como un jean que lavaron muchas veces.
La dignidad y la cola del banco
Hay una moral nueva que se negocia día a día. No es la de los manuales, ni la de la iglesia. Es la moral práctica del que elige entre pagar la cuota del colegio o arreglar el auto que necesita para trabajar. Es la dignidad herida del profesional que, después de años de estudio, cobra por una transferencia y paga impuestos por una hipoteca que no puede sostener. El Estado, esa palabra grande, se siente lejano. A veces es un formulario eterno en internet, otras es la cara de cansancio del empleado municipal que no tiene respuestas.
La inseguridad ya no es solo la del chorro en la esquina. Es la inseguridad de no saber si el mes que viene el sueldo va a alcanzar. Es la soledad del que trabaja frente a una pantalla, sin compañeros para tomar un café, sin jefe al que mirarle a los ojos para pedir un aumento. La familia, ese refugio, también se tensiona. Los hijos hablan un lenguaje nuevo, de redes sociales y trabajos flexibles que los padres no terminan de entender. Los padres insisten con la cultura del esfuerzo, pero suenan como un disco rayado en un living donde el esfuerzo visible no se traduce en resultados concretos.
La polarización no es solo política. Está en la mesa, cuando uno defiende un modelo económico que leyó en un hilo de Twitter y otro defiende un recuerdo, la época en que con un sueldo se compraba un auto. No discuten ideas, discuten nostalgias contra esperanzas digitales. Y en el medio, la memoria se va perdiendo. No la memoria grande, la de los libros de historia, sino la pequeña: la del precio que tenía la carne hace seis meses, la del valor que tenía el peso antes de la última crisis. Se borra, como se borran los chats viejos del celular para liberar espacio.
El consumo que ya no consume
Ir de compras ya no es un paseo. Es una investigación. Se compara en diez sitios web, se leen comentarios de otros compradores, se espera el envío de algo que viene de otra provincia, o de otro país. El objeto llega, a veces, y tiene el gusto amargo de saber que se pagó con una tarjeta que estará en rojo tres meses. El consumo dejó de ser un acto de placer para ser un acto de logística y deuda.
Los medios tradicionales hablan de esta realidad, pero con un lenguaje que ya no conecta. Usan gráficos, invitan a expertos, muestran números. Pero no capturan el olor a preocupación en un departamento a la noche, cuando los chicos duermen y los números no cierran. No explican la sensación de orfandad de una generación que estudió lo que le dijeron, trabajó como le enseñaron, y ahora mira un mundo donde esas reglas no valen.
La juventud, esa palabra que siempre suena a futuro, está atrapada en un presente eterno. Algunos emigran con un clic, trabajando para el exterior. Otros se reinventan cada seis meses, persiguiendo tendencias en internet. Muchos se quedan quietos, paralizados por la incertidumbre. Su identidad ya no se construye en el club del barrio o en la facultad, sino en los grupos de WhatsApp y en los perfiles de redes sociales, donde se puede ser, por un rato, la versión ideal de uno mismo.
Al final del día, el hombre apaga el celular. El silencio de la casa se llena con los ruidos de siempre: la heladera, un auto que pasa, la respiración tranquila de su padre dormido en el sillón. Afuera, el país sigue su rumbo incierto. Adentro, queda la sensación de que el poder real se escapó de las instituciones y ahora vive en circuitos que no se pueden tocar, en códigos que no se pueden descifrar, en una economía que premia la especulación y castiga el trabajo constante.
Se levanta a cerrar la ventana. En la calle vacía, una cámara de seguridad gira lentamente, su ojo rojo brillando en la oscuridad. Es el Estado que vigila, piensa. O es solo otro aparato más, comprado a crédito, que graba la soledad de una calle donde ya no juegan los chicos. No lo sabe. Cierra la ventana y se va a dormir. Mañana será otro día de números que no cierran, de pantallas que muestran versiones de una verdad esquiva, de buscar, entre los escombros del relato colectivo, un pedazo de dignidad que todavía se pueda sostener con las manos.
